
Lolita, una historia de traiciones
Su imaginación estaba en pausa y parecía haber quedado fuera del centro de la escena intelectual
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Después de una década como guionista en Hollywood, nuevamente divorciada y sin dejar de beber lo suficiente ni un día de su vida, Dorothy Parker regresó a Nueva York en 1952: ya no había lugar en la industria para ella, el macartismo la estaba dejando sin trabajo por sus simpatías comunistas. Con casi 60 años, sin dinero y alejada de la poesía, también se decía cansada de sus clásicas historias dialogadas y se declaraba ansiosa por escribir relatos más narrativos: "Lo de seguir escribiendo esas cosas del estilo me dijo-le dijo no va más, querido. Se terminó". Nueva York la devolvía a una especie de alegría vital: "Me levanto todas las mañanas con ganas de besar el pavimento", escribió. Sin embargo, su imaginación estaba en pausa y parecía haber quedado fuera del centro de la escena intelectual.
Seis años más joven, Vladimir Nabokov, el escritor ruso exiliado en los Estados Unidos, vivía un tiempo de esplendor y todas sus expectativas estaban depositadas en la novela en la que venía trabajando, la historia de amor entre una adolescente atrevida y caprichosa y su padrastro, un hombre de mediana edad obsesionado con las púberes. "Es lo mejor que escribí en inglés", aseguraba el señor que amaba las mariposas.
Alojada junto con su caniche Misty en el hotel Volney, en el Upper East (un lugar adorable, donde el portero de uniforme llevaba a los perritos de las huéspedes a pasear al Central Park), Parker comenzó a escribir junto con Arnaud D'Usseau una pieza teatral, Las damas del pasillo, cuya protagonista parecía tener excesivos puntos de contacto con su vida: una mujer mayor, alcohólica, potencial suicida, aterrorizada por la falta de un hombre a su lado. Pese al entusiasmo con que montaron la pieza, la crítica y la audiencia no acompañaron y la obra duró poco más de cuarenta funciones en cartel.
Nabokov tenía miedo a la reacción de los editores con su nueva novela, sabía que era dinamita. A fines de 1954, cuando la terminó, imprimió dos ejemplares, uno para Katherine White, de The New Yorker, y otro para enviar a una editorial. Llevó los ejemplares en persona ya que había cosas "que hay que explicar personalmente". "Sería un suicidio publicarla", fue la respuesta lapidaria del editor de Viking, a lo que siguió una larga lista de rechazos. Uno de los editores le sugirió probar con la francesa Olympia Press, cuyo catálogo de novelas eróticas podría ser un buen indicio. Aceptaron el manuscrito: su novela sería publicada en septiembre de 1955.
Nabokov tenía pánico de que la novela se filtrase. La había dado a leer a contadas personas y a cada uno había pedido discreción. El problema es que algunos amigos no compartían su concepción acerca de ese término. Uno de ellos era el crítico Edmund Wilson, quien, encandilado con el aura maldita y repulsiva del texto, tenía por esos meses la copia en su casa de fin de semana en Talcottville, por donde pasaban escritores, productores, editores. Y por donde pasó, bebió y leyó Dorothy Parker.
Tres semanas antes de la salida de Lolita en París, Nabokov abrió The New Yorker y el mundo se vino abajo. Casi quince años después de la aparición de su último texto en la revista, Dorothy Parker volvía a publicar, esta vez un texto narrativo, atípico en ella. El relato se llamaba "Lolita" y era la historia de una jovencita que busca escapar de las garras de una madre manipuladora casándose con un hombre mayor. Nabokov envió una carta a la revista y pidió espacio para explicar los hechos ya que su novela estaba por aparecer. Dejaba entrever que sospechaba de Katherine White como responsable de la filtración. Ella no se dio por aludida y devolvió la estocada: le dijo que se tranquilizara y que era un hombre afortunado ya que, como su novela estaba a punto de salir, nadie podría acusarlo a él de plagiar a Mrs. Parker...
Lolita fue publicada y llegó también el escándalo por acusaciones de pedofilia. Fue entonces cuando apareció una crítica de Graham Greene que inició el camino de la novela a su consagración. En 1957, Putnam la publicó en los Estados Unidos y su inolvidable comienzo ( "Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía") se lanzó como gran literatura. Sin inmutarse, Dorothy Parker dio el giro perfecto a esta historia de traiciones al escribir una elogiosa reseña para Esquire, revista con la que había logrado volver a vivir de un salario tranquilizador. "Su dominio del lenguaje es absoluto. Es a través de su escritura que Nabokov logró una obra de arte", afirmó la dama de lengua larga y cortesías cortas. Como si nada, nunca, hubiese sucedido.




