
Los 75 años de la TV
El 26 de enero de 1926, por primera vez la pantalla chica mostró imágenes en movimiento
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Un día como hoy, hace 75 años, por suerte para algunos y por desgracia para otros, el mundo moderno empezó a cambiar. Quizás en el momento los testigos no lo hayan notado, pero el 26 de enero de 1926, comenzó una revolución. Ese día, en un laboratorio científico de Londres se realizó la primera demostración de lo que más tarde se conocería como la televisión.
El responsable de semejante hazaña fue John Logie Baird, un inventor escocés que dedicó su vida a perfeccionar lo que hoy tan despectivamente algunos llaman "la caja boba". Claro que este señor, al que apodaban "El loco" por su obsesión con las imágenes, sólo es responsable de la invención del aparato y del perfeccionamiento de la tecnología, no de los contenidos. De todas maneras así como se cita a la imprenta de Gutenberg cada vez que se recuerda ese momento en que la cultura oral fue desplazada por la escrita, vale la pena recordar cómo empezó la historia de la pantalla chica.
De la misma forma en que los hermanos Lumiére permanecen en la memoria colectiva por ser los inventores del cinematógrafo -un hallazgo que tenía más de científico que de artístico-, el mismo papel debería ocupar Baird. Sin embargo, su nombre es conocido por unos pocos y de su trabajo no se sabe casi nada. Será que desde su mismo nacimiento la TV sufrió el estigma de ser la hermana menor y bastarda del cine.
El inventor escocés, que murió casi en la miseria en 1947 lejos de la riqueza que su televisor le traería a tantos otros, no sólo creó la televisión mecánica, antecesora de la eléctrica en uso en la actualidad y abuela de la futura TV digital, sino que también es responsable de los primeros prototipos de radares y fibras ópticas. A pesar de que todos sus inventos eran trabajos en proceso, es decir, mejorables, los logros de Baird fueron sustanciales: entre sus experimentos se cuentan la primera transmisión transatlántica de televisión y la primera TV color de alta definición.
Padres de la criatura
"En las ciencias el reconocimiento se lo lleva el hombre que convence al mundo, y no el que primero tuvo la idea", dijo Frances Darwin, el hijo de Charles Darwin. Tal vez esa certeza guió el trabajo de Baird, que desde un comienzo utilizó tecnología ya probada para facilitar la puesta en marcha de su proyecto. Ninguna idea nace del vacío y ésta no es la excepción. Algunos años antes de la Primera Guerra Mundial, este inquieto inventor se interesó por los escritos de un colega alemán, Paul Nipkow, y creyó que podía triunfar allí donde el otro había fallado.
Después de años de constantes fracasos y retrocesos, en 1924 logró reproducir en pantalla una Cruz de Malta. En abril de 1925 le mostró su invento al mundo -en realidad a los clientes de una gran tienda londinense-: el Televisor, así con mayúsculas.
Un grupo de sorprendidos espectadores se reunió en un pequeño y oscuro cuarto y se esforzó por ver la parpadeante imagen de Bill, un muñeco de ventrílocuo, especie de Chirolita que protagonizaba las primeras transmisiones experimentales. Aquellas primitivas imágenes no ocupaban toda la pantalla, en realidad sólo medían seis centímetros de largo y dos de ancho.
Además, en vez de ser en blanco y negro, la silueta del muñeco se veía en negro y rojo debido al color del gas de neón que llenaba el tubo del aparato.
Apenas unos meses más tarde el Hombre haría su debut en la pantalla chica. El primer protagonista en la historia de la TV fue William Taynton, un oficinista adolescente que, muerto de miedo, fue sobornado para aceptar quedarse frente a las calurosas luces que grababan su silueta. Algo así como la prehistoria de los modernos reality shows en los que personas comunes aceptan someterse al seguimiento de las cámaras tentadas por una jugosa recompensa.
Baird y sus inversores sabían que el invento debía demostrar sus posibilidades y eso implicaba lograr transmitir imágenes en movimiento. Semejante espectáculo fue reservado para el 26 de enero de 1926, cuando miembros del instituto Real de Ciencias de Londres visitaron el taller del inventor y vieron la televisión por primera vez. No es difícil imaginar a esos señores parados frente a la pantalla cuadrada sin saber qué hacer. La fascinación y el amor incondicional por el control remoto estaban a años luz de distancia.
Un grupo de caras humanas en movimiento y claramente reconocibles marcaron el destino de un medio que se llevaría la historia por delante.
El negocio de la TV
Baird tenía un éxito entre sus manos y sólo le quedaba convencer al resto del mundo de lo interesante de su aparato. Pronto fundó dos emisoras de televisión experimentales en asociación con la oficina de correos, y gracias al sistema de cables de la empresa hizo la primera transmisión de televisión por cable.
La prensa apoyaba a Baird: decía que era un visionario y que la radio oficial, la famosa BBC de Londres, debía ser reemplazada por la televisión. La institución, temerosa de los cambios y desconfiada ante el atractivo que el invento ejercía entre el público, rechazaba todos los intentos del inventor por conseguir una licencia de transmisión. Frente a eso, Baird respondía con emisiones piratas que violaban la ley inglesa. Una suerte de TV trucha que finalmente, ante la presión ejercida por la prensa y el inventor, fue aceptada por la BBC.
Desde 1929, el "loco de latele" empezó a crear programas experimentales que a pesar de sufrir miles de dificultades técnicas no conseguían aplacar el interés del público por ese aparato casi mágico que emitía imágenes creadas a distancia. La opinión de la mayoría de los ingleses suponía que no pasaría mucho tiempo antes de que el televisor ocupara un lugar de privilegio en sus hogares. Aunque a la larga la historia probó la veracidad de lo que en su momento sólo eran expresiones de deseo, en aquel tiempo a la televisión le quedaba un extenso camino por recorrer. Es que las imágenes que emitía tenían el tamaño de una tarjeta personal y a raíz de la baja definición de sus treinta líneas de barrido se limitaban a mostrar primeros planos. A pesar de sus limitaciones, en esas tempranas imágenes era posible reconocer individuos y hasta sus cambios de expresión.
Baird estaba encaminado. Ya contaba con los contenidos y con un auditorio ansioso por recibirlos, sólo quedaba desarrollar la técnica para la construcción de los televisores. En 1929, tres años después de la primera emisión pública, y a pesar de que Baird creía que aún quedaba mucho por hacer, los televisores comenzaron a fabricarse en gran escala. Un año más tarde, alrededor de 20.000 aparatos se habían vendido en Inglaterra y el resto de Europa.
La televisión, como la había imaginado John Logie Baird, no duró mucho tiempo más. Pronto, el afán por sacar cada vez más beneficios económicos de su invento dejó de lado el televisor mecánico y lo reemplazó por el eléctrico, y mientras la pantalla chica se convertía en un medio de comunicación por derecho propio el nombre de su creador era exiliado a las menos consultadas páginas de las enciclopedias. Ya se sabe, para la televisión el tiempo es tirano.
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