
Las elecciones dejaron a los argentinos pintados de un color. Y todo apunta a manicomializar a quienes se opongan. Una vez más, la razón tiene que medirse con la fuerza. Venceremos.
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Un alcahuete es una persona que se entromete para facilitar relaciones ilícitas o una persona que sirve para encubrir aquello que se quiere ocultar. Eso dice el diccionario. En las calles de la Argentina llamamos alcahuete a un chupamedias que, más o menos, termina cumpliendo las funciones que dice el diccionario. Es una gran palabra: alcahuete. La digo en voz alta, ahora que me enamoro de mí mismo pensando la manera en que voy a cerrar el día: con media botella de vino de 7 pesos, o con un cuarto de valium, o dando vueltas en bici alrededor de los lagos de Palermo, corriendo, con lo que tenga de piernas. Y las tres alternativas me gustan. Y veo caminar a mi gente alrededor del lago (donde fui a parar con el pensamiento), mi gente que usa ropa deportiva de marca, mis compañeros de clase social, de hábitos, de buenas y malas costumbres, esa gente con la que me cruzo en un cine, en un cumpleaños, en un bar y, entonces, me paro en los pedales cuando las ruedas giran como locas y les grito: "¡Alcahuetes, alcahuetes!". Se dan vuelta dos o tres y el resto no me escucha, porque están con los walkman. Y vuelvo a aquí y ahora y escribo "alcahuete". Y lo digo en voz alta como en una clase de teatro a la que fui una vez y había que decir de maneras distintas la palabra salame y digo, enfáticamente, "alcahuete", y ahora, con bronca, "alcahuete", y con sorna, "alcahuete", y también digo "salame", de todas las maneras..., como me enseñaron en el Rojas.
Ahora pienso, pienso que en la escuela era grave ser un alcahuete. "Profesora Pappalardo, ¡qué tostada que está!" Qué alcahuete, Pérez. Y mis vecinos alcahuetes (que estudian teatro o que estudiaron o que estudiarán, como yo estudié una semana) me hacen acordar que hay una categoría de alcahuete que es el falso alcahuete o alcahuete temporal. Los que alcahueteamos por un día. Por la nota, para pedir un favor y sólo uno, el que lo hace para perder minutos de clase, para postergar un examen. Entonces, que hay alcahuetes de alma y alcahuetes ocasionales.
En el Palacio
Viajo al pasado; algunas semanas, nada más. Me traslado en cuerpo y alma, ahora que pienso en el cierre del día y en su forma individual, de sudar conmigo mismo, de tambalear conmigo, de relajarme solo, y estoy, hace dos semanas, muy abrigado con una campera verde rellena de plumas para el frío, lo último importante que compré con el uno a uno, el día final de la última liquidación del último invierno de la convertibilidad en una casa que manufactura la ropa en el sudeste asiático.
Es que no había guardarropa disponible en el Palacio San Miguel donde Aníbal Ibarra y Jorge Telerman, su compañero de la cabeza rapada, habían puesto a esperar sus ganas de más, el domingo del ballotage en "la ciudad", la forma salame de decir "la capital". Y sudaba ahí, acompañado de cientos de vecinos, de aeróbicos compañeros de clase, de clase social, de clase media, que sufrían por la falta de datos antes de las 6 de la tarde, que discutían la veracidad de las bocas de urna. Pensaba: hay gente que con toda petulancia niega la existencia de Dios pero después repite los datos de una encuesta, citando al encuestador por el nombre de pila, sin ironía y sin vergüenza.
Yo he visto a Ibarra festejar su triunfo, su haber ganado en los penales. Ese asuntito familiar que era esa elección para él, con la hermana de portavoz, vestida con un palazzo verde manzana de Verde/Manzana, senadora porteña Vilma Ibarra, increíblemente senadora, una idea partida por la mitad, por todo concepto. Sabe que San Martín murió en Francia y lo dice y queda de cama, exhausta. Usa celular, Vilma, y está nerviosa, siempre, igual que su otro hermano, Rubén, empleado del Etoss, un ente público. Se jugaban mucho estos Campanelli. "Dejamos el pasado atrás", repetía después de la admisión de la derrota que hizo Mauricio Macri, como si tuviera que seguir el jueguito del mecanismo publicitario donde el hijo de Franco era Carlos Menem e Ibarra seguía siendo, cruelmente, Ibarra. Por alguna razón, nuestros hermanos de clase artistas cuentan esas historias sórdidas en la tele, en las llamadas miniseries, y son siempre pobres, presos o locos, los sórdidos. Nunca los de traje y corbata, ni los de la chombita de la marca del cocodrilo o los de la camisa del caballito, limpia y planchada para el domingo después de la 6 de la tarde en el San Miguel. Nunca el retrato de un secretario de Cultura en la tele.
Muy saludada Vilma, sudada, además, porque era la estratega, según decían los diarios. Todos tendrán fotos patéticas..., yo he visto en vivo directo estos festejos del ibarrismo. He visto a un documentalista ex montonero, de los jactanciosos ("yo estuve ahí, no sabés lo que fueron esos años, esas marchas") abrazarse con un ex empleado de Chacho Alvarez, como dos sobrevivientes de los Andes. Salvados los laburos. Mirándolos y conociendo el chamuyo setentista que es la prehistoria de ese abrazo y que anotan en el currículo como mérito. Me acuerdo de la solicitada que víctimas, familiares de víctimas y conocidos de víctimas de la dictadura militar sacaron en los diarios, antes del ballotage, llamando a votar a Ibarra o en contra de Macri, porque Macri era o es la dictadura y cada uno firmaba y ponían su grado de mérito como víctima, padre o hijo de desaparecido, ex detenido desaparecido e, incluso, la más discutible "exiliado", como si haber aguantado acá esos años no fuera un mérito. Lo más grave del asunto es haber convertido en algo útil ser una víctima. ¿Cualquier circunstancia justifica plantarse ante los demás como víctima? ¿Cuántas discusiones anula exponer familiaridad con los desaparecidos? Quienes en esa solicitada firmaban como "exiliados", ¿se consideran una suerte de nobleza? "Y, ahora, hablan las víctimas." Y sus palabras recortan moralmente una discusión, cualquiera sea. Hubo un uso penal del pasado en esta elección. Vengo de allá, te aplico la ley.
Luego vi paseando por los salones a un sociólogo, muy cínico, que en una fiesta de cumpleaños, antes de la primera vuelta electoral, me dijo que iba a votar a Aníbal Ibarra porque él era, se definió como, un "ibarralaboral". Lo dio como primera razón y como no estaba trabajando, no le pregunté qué haría si fuera un macrilaboral. Como ésa era la primera razón, para qué abundar en las que le seguían. Pero no faltaba el sociólogo en el Palacio San Miguel, saludaba gente, se llevaba impresiones. ¿Escribirá sobre eso? Quién sabe. Sobre el clientelismo de clase media, tal vez. Gente que no cambia sus votos por un Plan Trabajar sino por contratos municipales. Es notable la burla de los porteños a los habitantes de Lanús porque votan repetidamente a Manuel Quindimil como intendente, un hombre muy mayor, campeón mundial de la política clientelar que sabe lo que es cambiar votos por chapas, por ladrillos, por ataúdes de pino verde.
Acorde con el paisaje de teatros, cines y facultades, un porcentaje muy significativo de porteños vota por más y mejores capuchinos. Como la escolaridad es más alta y los efectos de la modernización de los 90, más evidentes, el clientelismo en la capital es cool. Es así: si una ciudad fabrica abogados a lo pavote, habrá departamento legal en cualquier emprendimiento público o privado, y si fabrica actores, bailarines, yogis, cineastas, se inventan festivales para darles laburo y carpitas culturales, y estudios abiertos, y cerrados, y muertos de frío. Lo que parece fascinante, ¡tanta vida cultural!, no es sino el efecto secundario de un país sin industrias y con una deuda externa monumental contraída, entre otras cosas, para mantener la clientela de clase media que le dio el 50 por ciento de los votos a Carlos Menem en 1995, el uno a uno y las camaritas de video y las notebooks donde se escriben tantos guiones, en bares irlandeses, acerca de arquitectos tontos y celosos que bucean.
El pensamiento único
En esos años menemistas era muy difícil decir que aquello era un disparate. El ahora resucitado Chacho Alvarez había reconocido su fastidio, su arrepentimiento, por no haber votado la convertibilidad a mediados de los 90. Esos días, los medios de comunicación nacionales vivían de los avisos de las empresas privadas y no había que incomodar el pensamiento único de las privatizaciones, el ajuste y el déficit cero. Ahora que los medios nacionales necesitan fuertemente de la pauta publicitaria del sector público y se parecen en su oficialismo a un diario correntino o salteño, nos enfrentamos a un nuevo pensamiento único. El que dicta el boletín oficial. La oficialitis no es un chiste: ya es una desgracia. La provincia de Santa Cruz, allá lejos, de donde viene nuestro Presidente, era definida como un Estado donde la prensa era adicta; el Parlamento, adicto y la Justicia, alcahueta. Excepto por la Justicia (y por el momento) las cosas se le van pareciendo.
Junto con la deserción de la prensa (no de los periodistas en general, porque muchos se las irán rebuscando para hacer su trabajo), estos días poselectorales encienden otra alarma sobre los parlamentos de un solo color en la Nación y en las provincias. No hay nada que indique que en los próximos años los dirigentes actuarán con probidad, sirviendo honestamente a sus representados y sin ejercer nepotismo. No, va a ser más de lo mismo. Y no por peronistas, sino por impunes. Porque no hay oposición, porque nadie vigila. Y porque abajo, el que no necesita una chapa está por hacer una performance en el Estudio Abierto en Padelai.
¿Quiénes serán los rebeldes de estos años, entonces?
Con los piqueteros domesticados por los planes Trabajar; los artistas en estado de automatismo telermaniano, a pura muestra, a toda carpa; con los periodistas condenados a la censura de sus editores. ¿De dónde saldrán las palabras, las imágenes, los cuerpos que condenen o pongan en contradicción a un gobierno que se expresa con laconismo, con soberbia y canchereando? Una vez más, como ayer y como siempre, el combate desigual entre el poder y la razón se empezará a zanjar cuando se arriesgue algo. Cuando se diga "no" o "no, en nuestro nombre". ¿Estaremos para eso? ¿Durará la siesta? ¿Despertaremos?
De no hacerlo, la democracia será aún de menos calidad y se la estaremos dando regalada a los ladrones.
Una duda
De regreso al San Miguel, a esa fiesta de nuestros compañeros de yoga, de cerámica y que se toman el 37, observé también a unos ganapanes abnegados que matan el hambre en el Gobierno de la Ciudad y que estaban ahí cumpliendo, poniendo la face, pero sin alardes y sin escándalos, con un poco de vergüenza. Sobre los demás, habrá que entender que un trago amargo de esta vida es captar que hay gente dotada, muy dotada, para el saltito oportunista, y que canta, hace veinte años que canta, que tal o cual lo mira por tv, no siempre el mismo, casi siempre otro. Y que no son grandes militantes ni gente feliz. Estos que nos ocupan, que ayudan a ganar elecciones, por razones misteriosas que no pueden explicar, saltan cada dos años y cansados llegan a sus casas y atraviesan el pasillo y miran la cocina con asuntos que resolver y el baño con azulejos saltados y saltan hasta la cama del nene o la nena y le dicen: "Mamá (o papá) tiene trabajo". Y lo besan, la ternura del alcahuete, y la tranquilidad con que esa nena o nene va a la escuela y juega en el patio al otro día de sol o de lluvia compensa la miseria que la produjo, el círculo vicioso.
Supongo, y esta es la duda, que habrá que tener hijos y no tener más estas noches, a veces solitarias, de bici, valium o vino, de piedra, papel o tijera, para ver más y mejor, para comprender más y juzgar menos, porque si no todo parece ruin, siendo que a lo mejor no lo es tanto; que, simplemente, es lo que es, y no mucho más de interesante o digno puede extraerse del empedrado de la vida.
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