Los artistas de la reina Isabel I

Pola Suárez Urtubey
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8 de mayo de 2003  

Aunque el 2003 no se ha iniciado con los mejores auspicios para los ingleses y su primer ministro, la guerra de Irak tampoco les ha impuesto pasar de largo un aniversario de campanillas. Como que se evocan los cuatro siglos de la muerte de Isabel I, una soberana con todas las de la ley, cuyas acciones, sentimientos y reinado no han dejado de alimentar la imaginación literaria y artística, y no sólo de los súbditos de la corona. El cine ha sido un vehículo ideal de permanencia, pues su imagen, su autoritarismo, sus virtudes y affaires sentimentales se han visto renovados a través de otras reinas del celuloide, como Bette Davis o Glenda Jackson entre varias más, a las que se suma ahora Miriam Dooley, para una miniserie televisiva británica, según se leyó en estos días. Pero Isabel I también revive en la convocatoria a sus poetas y dramaturgos, ante todo a Shakespeare, que la sobrevivió trece años, o a Christopher Marlowe, que se fue de urgencia de este mundo apuñalado en una taberna de Londres, diez años antes que la soberana para cuyo servicio secreto realizó oscuras tareas. Y también se impone el recuerdo de esta hija de Enrique VIII y Ana Bolena cada vez que se escucha en un clave, un laúd o una guitarra moderna, en un grupo instrumental (consort) o en las voces, aquel impresionante caudal de música inglesa que inundó el reino en sus años de dominio (1558-1603) y lo llevó de un solo golpe a ubicarse entre las potencias artísticas del continente. Porque si es indudable que la música no empezó con ella, es sólo a partir de su reinado cuando, tras beber con fruición en las fuentes de la creatividad italiana y francesa, pudieron los ingleses crear un estilo propio de madrigales, obras instrumentales y música coral religiosa y profana, para arribar a un prestigio espectacular ante las restantes culturas de Europa.

* * *

Es que la era isabelina fue período de siembra y de cosecha. Mientras en el XV disponer de un conjunto de músicos era privilegio de grandes señores, al final de su reinado las familias de menor nivel social contaban con libros de música, instrumentos, ejecutantes y compositores asalariados. Si hasta Francis Drake, que no sólo pirateó fortunas sino saqueó territorios para su reina, viajaba por el mundo con su troupe de músicos...

Pero quizás una de las pruebas más significativas de ese extraordinario despertar lo constituyeron las publicaciones de partituras y métodos de aprendizaje, en un movimiento editorial sin precedente, fomentado por la propia monarca.

Hablar de los grandes creadores de la era isabelina significa mencionar a William Byrd, gran polifonista y autor de misas católicas y servicios anglicanos. O a Thomas Morley o a John Bull, un colosal virtuoso del teclado. O al laudista John Dowland, que pudo vanagloriarse de haber publicado sus obras en ocho de los más célebres centros artísticos de Europa. Por eso es de esperar que la BBC la diseñe en este envase televisivo servida por la mejor música de su tiempo. Que es también del nuestro, porque sobrevive para deleite de los intérpretes y los oyentes de hoy.

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