Los bomberos locos
La popularidad en tiempos de los próceres
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No es lo que supone. El bombero loco (el rociador con el que se lanza agua) aún no integraba el paquete de accesorios para salir a divertirse en Carnaval. Los bomberos locos de este relato tienen que ver con los incendios.
La policía era quien acudía en cuanto un fuego se iniciaba. En tiempo de las carretas, el aguatero que estuviera cerca tenía la obligación -bajo pena de multa y retiro de la licencia- de concurrir y ceder su carga. Todos ponían buena voluntad para tapar la falta de profesionalismo. Incluso se sumaban vecinos a colaborar con sus tachos, su escasa provisión de agua y sus brazos. Para ser fieles a nuestra idiosincrasia, hizo falta un terrible incendio en Buenos Aires que obligara a tomar conciencia. Ocurrió el 13 de septiembre de 1865, cuando ardió un almacén en Belgrano y Chacabuco. No hubo víctimas mortales, aunque sí varios quemados y heridos.
La consecuencia de ese incendio fue la creación, a comienzo de 1866, de una compañía de bomberos integrada por diez agentes de policía que no se dedicarían de manera exclusiva a la tarea de combatir las llamas, pero al menos recibirían una instrucción más especializada que el resto. A la vez surgió el primer cuerpo de bomberos voluntarios del país. Estaba integrado por jóvenes comerciantes que se autodenominaron Caballeros Voluntarios.
Sólo se conocen los nombres de tres integrantes del grupo: Bartolito Mitre (hijo del entonces presidente de la Nación), Gabriel Ocampo y Miguel Beccar (hermano de Cosme, quien se casó con María Varela y dio origen a la familia Beccar Varela). Es muy probable que el promotor de la creación de los Caballeros Voluntarios haya sido Miguel Beccar, ya que había venido participando en la extinción de incendios, por las suyas, desde que tenía 15 años.
Los Voluntarios se organizaron. Recaudaron fondos entre comerciantes, compraron una bomba manual de agua y cascos de bronce relucientes y vistosos. A pesar del equipamiento y la buena voluntad, su participación en los incendios era inoperante. A veces, sus ocupaciones les impedían sumarse; a veces, el amateurismo quedaba de manifiesto. Esta falta de efectividad hizo que fueran objetos de bromas. Hasta que un día asumieron su impotencia. Donaron la bomba a la policía y -para demostrar que el humor no lo habían perdido, a pesar de las críticas- regalaron los cascos al Hospicio de San Buenaventura, futuro hospital Borda. Allí fue donde aparecieron los primitivos bomberos locos de nuestra historia.
Aquella disolución tuvo lugar en 1867. Ese año, el 24 de diciembre, un nuevo incendio preocupó a las autoridades. Luego de varias vueltas en el carrusel de la burocracia se creó en forma definitiva el cuerpo de bomberos. Había que equiparlo y el presupuesto escaseaba. Hicieron un trueque. Juntaron un montón de ropa en desuso y la llevaron al hospicio para cambiárselas a los internos por los cascos de bronce.
Esos fueron los primeros cascos que tuvieron integrantes del flamante Cuerpo de Bomberos de la Argentina.
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