
Los Brujos y una nueva dimensión desconocida
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El último fin de semana, Los Brujos completaron su regreso con dos conciertos (se habían separado en 1998). No fue uno de aquellos fines de semana salvajes de los 90 en los que la banda construyó su propio mito, pero sí fueron dos noches de rock con estilo. En una versión si se quiere más surfer en cuanto a lo sonoro y elegante en su vestuario, Los Brujos cruzaron con éxito esa puerta dimensional que debe afrontar cada una de las agrupaciones que se suben al plan regreso. Sus clásicos convivieron en armonía con las canciones de su nuevo álbum, en el que también se mezclan viejas grabaciones de un disco que no pudo ser en 1998 con composiciones actuales. Entre canciones filosas recibidas con felicidad por un público en su mayoría nostálgico (el domingo casi no hubo presencia de adolescentes o de jóvenes que no hayan visto a la banda en su momento) y una puesta distinta, increíblemente simple pero totalmente eficaz, por el teatro sobrevolaron dos preguntas clave para el futuro brujo. Una: ¿por qué en estos dieciséis años ninguna banda local levantó el guante estético-musical tan original y atractivo que impusieron Los Brujos en la década del 90? Y dos: ¿podrán estos ahora cuarentones mantener su llama encendida más allá de sus esporádicas apariciones y convertirse nuevamente en una banda con presencia real en la escena?
Es un hecho: Los Brujos atravesaron la puerta hacia esta nueva dimensión sin daños colaterales, pero el mundo ha cambiado y en vez de jóvenes en busca de adrenalina y experiencias culturales extremas ahora se enfrentan a un puñado de celulares en alto para captar sus piruetas en alta definición. ¿Podrán Los Brujos salir de su laberinto? Todo está en sus manos... y en sus bonetes.





