Los cuentos que cuenta Manu Chao

De paso por Buenos Aires, el ex líder de Mano Negra habló, pasó discos y tocó tambores en San Telmo
Adriana Franco
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30 de agosto de 1998  

Un cuento se echó a rodar por los caminos, creció con la ayuda de campesinos, marineros y niños, y terminó convirtiéndose en un disco y en una feria. Contando la historia y, tal vez, agregándole nuevas pinceladas, está Manu Chao.

El disco es "Clandestino", una colección de canciones que se fueron armando en sus viajes por Galicia y por América latina. Un disco "para adentro", en el que se mezclan los ritmos y los idiomas.

La feria es la Feria das Mentiras, un circo-locura montado en Santiago de Compostela, que sirvió para "reunir tribus", según define el ex líder de Mano Negra, el nacido francés, de padres españoles. Allí, en un viejo mercado de ganado, se encontraron en julio los niños y los viejos, los rockeros y los gaiteros, bandas de percusión brasileñas, malabaristas de Buenos Aires, pandereteiras gallegas y grupos de teatro callejero de París. "Rockeros, cocineros haciendo pulpo, niños dibujando su versión del cuento, música reggae, tecno. Muchas tribus", sintetiza Manu La Feria, insiste, fue antes que nada el cuento del can gallego que viaja a América y se enamora de una cocodrila. De ese amor nace el Cancodrilo , el que llora lágrimas de oro y que, enamorado de la vaca Rozinha y con ayuda de Súper Chango, debe luchar contra el gran Pulpo, enemigo mortal de toda vida.

"Fueron tres días de fiesta -cuenta-, desde la tarde hasta bien entrada la noche, y unos días después, un grupo de chavales de un pueblito gallego armó la refesta en el bosque. Para terminar la festa , una refesta . Y así voy viviendo, de refesta en refesta."

Lo que dice Manu Chao es más que una una bonita frase. Y lo vimos en acción. Aquí, en Buenos Aires, no sólo se dedicó a brindar entrevistas. También anduvo por allí haciendo sonar tambores, junto a unos murgueros de San Telmo, y "pinchando" sus discos preferidos en La Tribu, una radio alternativa. Festa y refesta.

Ni asomo de presentar el disco, eso está claro. "No es un disco de escenario. Es para tocar en una cantina o en un bar. Es un disco de pequeño comité. No me veo cantando "Minha galera" en un estadio. El escenario lo vivo más como una descarga, tiene que ser algo enérgico. Nunca me sentí obligado a presentar los discos en vivo."

El cuento del rock latino

La primera vez que vino a Buenos Aires fue en 1992, con Mano Negra. Entonces, aquí también comenzó un cuento. El que dice que fueron ellos los que inventaron un nuevo sonido para el rock de estas tierras. "Quizás abrimos algunas puertas, pero la necesidad estaba en el aire. Llegamos surfeando justo arriba de la ola, pero la ola estaba. Ya había una inquietud, unas ganas de utilizar el propio folklore, de mezclar el rock con las raíces. Era algo necesario porque la gente estaba aburrida de lo que sale de Inglaterra y de Estados Unidos. Allí hubo cosas maravillosas, pero la fuente está un poco seca."

Después de varios años intensos con esa banda, los caminos se separaron y comenzó el otro cuento. El de Manu Chao solista.

"El paso fue natural. Me gusta hacer música solo, con músicos o, simplemente, con gente. Adaptarme al día. Luego de Mano Negra y Radio Bemba, no tengo ganas de tener una banda fija. Tengo muchos proyectos, pero cada uno de ellos tiene su gente, con la que compartes algo. A partir de ahí, si hace falta música, la haces con ellos; ves las fuerzas y las alegrías que hay e improvisas con eso. Yo quiero trabajar así."

Viajero observador

Canciones de viaje, las de "Clandestino". Manu, con una portaestudio viajera, fue registrando lo que se armaba por allí. Tiene el sabor de un disco en tránsito, "es muy para adentro, tal vez una canción comenzaba en Brasil y la terminaba, dos semanas después, en España".

Pero, aclara, este sonido no lo define para los próximos años. De las más de setenta canciones grabadas eligió estas dieciséis, así como podría haber elegido otras mucho más duras. "La idea es sacar discos muy diferentes; trabajarlos como ambientes. Hasta ahora saqué un disco cada dos o tres años; ahora quiero hacerlo mucho más seguido."

En medio de la charla aparece Gambitt, bajista con permanente grabador al hombro. El hombre que musicaliza los momentos. Y pinta, con marcadores, las manos y brazos de quien se preste. ¿Personaje de otro cuento?

La moza del hotel trae más café, y Manu, todo duende, le habla en gallego. Habla, sí, pero son sus ojos, permanentemente inquietos, los que transmiten una tremenda sed de vivir. De buscar corazones que suenen afines, de hermanarse con compañeros de ruta.

Con esos ojos fue por bares y pueblos, tocando con la gente. "Es fácil para mí. Voy a la cantina, comparto el trago y a partir de ahí todo se arma. Me instalo por un tiempo en un barrio y así te haces parte del sitio. Vas a comprar pan a la panadería, a tomar el cafecito del mediodía, tienes tu costumbre de barrio, como si hubiera sido así siempre."

Varias veces viajó por América latina. La primera, con el barco Cargo 92, qu, desde Francia venía a visitar la nueva tierra en el año del Quinto Centenario. Un tiempo después se embarcó en la tremenda aventura del Tren del Hielo: un pequeño trencito con el que recorrió Colombia. Y luego del fin de Mano Negra, nuevamente vino a estar, a hacerse uno con estas tierras.

"América latina es un universo, un laboratorio de culturas y razas; por desgracia en parte, porque fueron fruto de la conquista y la esclavitud. En Europa esa mezcla recién está llegando ahora: hay paquistaníes en Londres, nordafricanos en Francia, turcos en Alemania. Se va a enraizar poco a poco, pero aquí tienen años de experimentar eso. Y allí también esas mezclas se hacen por desgracia. La gente estaría mejor quedándose en su país; si se van es por el hambre".

Cuenta lo que todos saben, pero que sigue doliendo. La intolerancia, la no aceptación del diferente. Vivió en estos viajes las fronteras como barreras, como nuevas murallas chinas. "Va a haber tormenta -vaticina-; se habló mucho de la caída del muro de Berlín, pero se han montado otros mucho más herméticos. El estrecho de Gibraltar es un nuevo muro, en el que, así como en el de Berlín morían los que querían pasar al otro lado, muchos marroquíes se ahogan en el estrecho. Muchos."

Charla relajada y dura a la vez en el hotel de Congreso. Llegó allí luego de pasar por el Sheraton y pedir algo "más normal". Se habla del mundo y el sinsentido. De las pasiones y su costo. Y de las luchas. "Se ha montado una asociación en Francia -cuenta- para divulgar la información de que lo único que no paga impuestos en el mundo son las transacciones de la Bolsa. Van por la libre. Dicen que no hay dinero para los países pobres, pero, según un premio Nobel americano de economía, si se le pusiera una carga del 0,1 por ciento, en un año se resolverían los problemas mundiales de hambre y salud por dos años."

Manu Chao ve una globalización avara. Y la bendita palabra lleva a Marcos, de quien se escuchan unas palabras en su disco y su famosa frase de que el problema de la globalización es que los globos se pinchan.

"Son muy poderosos y al mismo tiempo muy frágiles. Un par de crisis asiáticas y todo al suelo, así está la cosa. Yo tengo un ejemplo muy bonito: había una semifinal de Copa de Europa, Real Madrid contra no se quién; toda España sentada frente a la tele, medios de todos lados, prime time y helicópteros. Y venga, que a dos minutos del inicio, un pelotazo dio contra un poste y lo rompió. Les costó una hora solucionar el embrollo y debieron cortar la transmisión. Habían previsto todo, pero se rompió un pedacito de madera y todo se fue al demonio. Los enlaces satelitales, el prime time, la televisión, los segundos de publicidad," Sí, los globos se pinchan.

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