
A medida que la guerra de Irak se convierte en una sangrienta campaña guerrillera, cientos de soldados estadounidenses están diciendo "no más guerra".
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Las cifras oficiales no se han hecho públicas, pero una red secreta de casas seguras pertenecientes a familias cuáqueras y abogados de derechos humanos se está construyendo alrededor del mundo para apoyar a los soldados que se niegan a pelear por el Tío Sam. Miles de soldados están enviando correos electrónicos, navegando en la red y llamando a líneas telefónicas gratuitas que apoyan su nueva misión: escapar del ejército estadounidense. Estos son algunos de los que lo lograron.
Esta sentado en una vieja estación de tren al norte de Boston hablando rápidamente, con la confianza de un hombre acostumbrado a dar órdenes y a obtener lo que quiere. El sargento Camilo Mejía, del ejército estadounidense, dirigía un campamento de prisioneros y unas barricadas en Irak durante diez meses de combate. Ahora huye del Pentágono. Mejía es un desertor durante la guerra. Su castigo va desde la prisión hasta la pena de muerte.
"Si le dijera que no estoy asustado, estaría mintiendo. Estoy muy, muy, muy asustado", dice Mejía, de 28 años, durante una entrevista clandestina a comienzos de marzo. Estamos en pleno invierno en Boston y los copos de nieve que caen afuera hacen que el mundo exterior parezca distante a medida que Mejía describe por qué huyó del ejército más poderoso de la historia. "Me alisté para defender a los Estados Unidos, no para ayudar a las empresas a conseguir petróleo", dice Mejía, a quien le dieron dos semanas de vacaciones del ejército en octubre de 2003. Nunca regresó. "Esta no es una jugada contra los militares, es una jugada contra el gobierno".
Camilo Mejía no usa su tarjeta de crédito o su celular. Sabe que al ejército le encantaría tenerlo de regreso y sospecha que su teléfono y sus cuentas de crédito están bajo vigilancia. Acordamos encontrarnos en la vacía estación de tren después de una serie de reuniones y llamadas que comienzan en Manhattan. Durante meses, Mejía ha estado escondido en Nueva York, evitando la policía, tomando taxis y buses, "viviendo como un criminal". Cuando lo llevamos a la Estatua de la Libertad [está allá por primera vez], se pone tan emotivo que guarda el tiquete de entrada para enviárselo por correo a su novia en Nicaragua.
Cuando entro en el depósito vacío, él se encuentra solo y hace un derroche de energía al hacer un cálculo simple: la guerra en Irak es una aventura corporativa y no tiene nada que ver con la guerra contra el terrorismo. "La gente que está muriendo allá son civiles Iraquíes, ¡no son el enemigo! Todo el asunto no tiene sentido", dice, describiendo cómo sus colegas le disparan a los niños y a los que protestan. "Los disparos y la violencia no llevan a nada más que a disparos y violencia".
Los comandantes en el campo no estaban convencidos. Desde el campo de batalla, enviaron una andanada de correos electrónicos a su sargento desaparecido. "¡El [el comandante] me envió un correo desde Irak ordenándome regresar a la guerra!", dice Mejía con una risa de incredulidad. "Yo estaba en un cibercafé en Manhattan y le escribí contestándole: "Gracias, pero de ninguna manera".
El abandono de ejército en tiempos de guerra es un crimen que se castiga con la muerte. Su castigo, sin embargo, es probablemente una corte marcial y una sentencia de prisión cuando el ejército y el sargento Mejía se vuelvan a encontrar.
"¿Qué crees que hará el ejército?", le pregunto a Mejía.
"Diez años de prisión. Después me deportarán".
El 21 de mayo, Mejía fue condenado y su sentencia fue un año de cárcel. También le dieron de baja por mala conducta, lo que impide que lo contraten para ejercer ciertos trabajos en el mundo civil. El juez se negó a oír a sus testigos o sus historias acerca de haber visto degollar civiles o torturar prisioneros. Para la corte marcial, este sería un caso sencillo, no una mirada balanceada a las denuncias de Mejía de objetador consciente de la guerra y que su experiencia lo había hecho fundamentalmente un activista de la paz.
Cuando Mejía habla acerca de por qué está dispuesto a "defender a los Estados Unidos" no dice "defender a mi país". Mejía es un residente nicaragüense. Tiene un pasaporte estadounidense, lo que le permite vivir legalmente en territorio americano. Como los 1’200.000 miembros del ejército estadounidense, él es un voluntario y como la mayoría de ellos no es ni blanco ni rico.
En el ejército le enseñaron a manejar tanques durante la guerra y le ofrecieron una educación universitaria con descuento mientras que se mantuvo la paz. Durante ocho años, Mejía aceptó el trato. Dominó las armas de su Bradley Fighting Vehicle, incluyendo ametralladoras que disparaban mil rondas por minuto y tenía cañones descualizables para evitar que se derritieran durante la batalla. En la Universidad de Miami estudió filosofía y estaba cada vez más cerca de obtener su grado. Luego, el 16 de enero de 2003, su unidad, la Compañía C 1/24 INF de la brigada de infantería 53, viajó a lo que la prensa llamó "un país árabe cuyo nombre no se puede revelar".
Fue a Jordania, en una base aérea al borde de un pueblo, donde Mejía comenzó sus tareas de guerra. La primera misión fue cuidar una docena de prisioneros encerrados dentro de un hangar de aviones abandonado. El trabajo consistía en no dejarlos dormir. "Golpeábamos las paredes con un martillo para mantenerlos despiertos". Una parte regular de la rutina, dice Mejía, era organizar falsas ejecuciones de prisioneros. Los soldados tomaban una pistola de 9mm, la amartillaban y se la ponían a los prisioneros en el oído. "Eso los asustaba", dice Mejía, que describió el tratamiento como duro y poco convencional, echando por la borda las reglas normales de la guerra. "Nos dijeron que no los llamáramos POWs [Prisioneros de Guerra por sus siglas en inglés] porque entonces aplicaría la Convención de Ginebra".
A través de sus diez meses en combate, Mejía vio cómo un ejército de contratistas atravesaron la frontera para una expedición que costó dos billones de dólares a la semana. Vio que los trabajos y el dinero iban a parar a manos de los extranjeros. Brown and Root [una subsidiaria de la corporación Halliburton de donde el vicepresidente Dick Cheney fue presidente] construyó restaurantes portátiles para servir comidas calientes. "Los gerentes eran estadounidenses y los que servían eran filipinos, indios o ucranianos. No se permitían Iraquíes, los veían como personas de alto riesgo".
A comienzos de este año [el 15 de marzo] Camilo Mejía protestó públicamente contra la guerra, se declaró un objetador consciente y se convirtió en el primer soldado americano activo en denunciarla públicamente. El ejército lo arrestó y lo acusó de deserción.
En el momento en que esta edición entraba a la imprenta en junio, Mejía fue transferido a una base militar en Oklahoma, a mil millas de distancia de su familia en Florida. Su caso ha obtenido el apoyo de Amnistía Internacional, que lo ha nombrado el primer Prisionero de Consciencia de la invasión estadounidense a Irak. Mejía dice que a pesar de estar en prisión, se siente libre. También dice que no lo tratan mal. "Lo único que no me gusta es que no puedo encontrarme con reporteros. No puedo dejar la base y los periodistas no pueden entrar. Me dicen que todo esto lo hacen por los soldados AWOL [ausentes sin permiso, por sus siglas en inglés], pero no lo creo. Creo que me quieren callar".
cuando el ejercito entrevisto a 700 soldados en Irak, a fines del año pasado, los resultados fueron claros: 72% de los soldados dijo que la moral en su unidad era "muy baja" y los suicidios habían subido 30%. Durante los primeros meses de 2004, la tasa de reclutamientos del ejército estuvo mil soldados por debajo de sus metas. Entonces, cuando los periodistas comenzaron a preguntar cuántos soldados estaban huyendo, la respuesta se vuelve tan difícil como encontrar a los mismos soldados. "Ninguno de nosotros hablará sobre asuntos AWOL", dice Rhona Paige, de la oficina de Asuntos Públicos del Ejército en el Pentágono, cuando se le pregunta sobre si ella o un colega pueden ayudar a encontrar las cifras que indiquen el número de soldados que han huído de Irak. "Nuestros comandantes han determinado que ese no es un asunto sobre el cual debamos estar hablando".
"Los militares no van a revelar esas cifras y aún si lo hacen, no podríamos confiar en ellos", dice Marti Hiken, un abogado de San Francisco, California, que se especializa en justicia militar. "Estoy recibiendo muchas, muchas llamadas y pensaría que está por el orden de los miles".
Hiken está en el centro de una creciente red internacional de abogados, activistas de paz y, cada vez más, soldados en servicio activo que se están organizando para ayudar a los soldados que huyen. Aunque legalmente están sólo aconsejando a los soldados en sus derechos, esta red claramente se opone a la guerra y está tratando de promover la idea de que los soldados que han huído son víctimas y no criminales.
"Las llamadas y las cartas están llegando a iglesias y abogados provenientes de soldados y centros de paz. Este país tiene un sistema central de paz extenso y aún la más pequeña de las comunidades tiene una habitación con personal en algún lado [para recibir a un soldado que ha huído]", dice Hiken, que hace parte de la Asociación Nacional de Abogados, Fuerza de Tareas de Derecho Militar. "¡Hay demasiados! No podemos ayudarlos a todos, pero estimo que tenemos recursos para ayudar tal vez a un 30% de los soldados que nos contactan".
En Oakland, la red californiana de apoyo a los soldados, ha organizado el GI Rights Hotline, una línea telefónica gratuita y un sitio web para ayudar a los soldados que quieren conocer sus derechos mientras que están en las Fuerzas Armadas. "Estamos recibiendo unas 4.000 llamadas mensuales", dice Teresa Panepinto, directora ad honorem. Al preguntarle aproximadamente cuántas llamadas recibe de soldados que quieren dejar de inmediato la guerra en Irak, ella responde: "Me inclino hacia los miles. De esas 4.000 llamadas, muchas se relacionan con Irak".
Los soldados que se han fugado son motivados por una serie de errores mortales en los cálculos que han realizado los analistas del Pentágono, comenzando por el rosado escenario del corto plazo que les pintaron cuando hablaban de la ocupación y la pacificación de Irak. A los soldados que pensaron que saldrían de Irak para mayo de 2003, les están diciendo ahora que se quedarán hasta septiembre de 2004, probablemente hasta 2005. A medida que aumenta a miles el número de muertos en combate y una nueva generación de hombres jóvenes regresa a casa con su cerebro destrozado, la oposición en las filas florece. Por ahora, el Pentágono está tratando de castigar con dureza a los hombres.
"Ellos saben que la guerra es bastante impopular entre las tropas. Los soldados quieren desesperadamente regresar a casa y no volver a ese lugar. El Ejército, sabiendo esto, está trazando duros lineamientos para quienes los rompan sean destruidos", dice Tod Ensign, un abogado que trabaja con Citizen Soldier, que presta servicios de apoyo para el personal militar. "Al final de Vietnam, los últimos dos años, no los castigaban duro, solamente les daban la baja y los dejaban ir. Eso no ocurre ahora".
El capitán Josh Shuey, un abogado penalista que trabaja para el ejército, confirma la táctica. "Antes [de la guerra] aceptábamos dar la baja en lugar de hacer una corte marcial, pero desde que comenzó la guerra mundial contra el terrorismo somos mucho más lentos a la hora de aprobar eso. Necesitamos dar ejemplo para asegurarnos de que los soldados comprendan que habrá castigos duros para desestimular ese tipo de comportamiento".
el soldado kenneth carter, del ejercito estadounidense, no era ni un asesino ni un comando en Irak. Como la gran mayoría de soldados, trabajaba en mantenimiento; como mecánico de tanques y camiones ayudaba a mantener funcionando la masiva operación del ejército. Basado en Kuwait con la tercera división de infantería, el soldado Carter no se encontraba a gusto con su nuevo mundo, desde el calor del desierto hasta los más tontos accidentes. "Dijo que tantos accidentes estúpidos ocurren que en Irak hay que dormir siempre con un ojo abierto", recuerda su madre, Barbara Butler, en una entrevista telefónica desde su casa en Miami.
Primero fue a Kuwait por siete meses durante la construcción de la guerra en Irak. Cuando su unidad se devolvió al fuerte Benning, en Georgia, los vientos de guerra soplaban con fuerza y el 7 de enero, horas antes del vuelo, el soldado Kenneth Carter decidió que no iría. Cuando todos sus colegas empacaron sus maletas y se presentaron para una inspección final, Carter fue con las manos vacías. "El comandante de la compañía le preguntó: «¿dónde están sus maletas?». El contestó que no las había llevado, entonces le ordenaron ir a casa a buscarlas. Fue a casa, pero no regresó", dice el capitán Josh Shuey, el abogado que tomó el caso contra Carter. "Le tenía miedo a la guerra".
Lo que el comandante no supo fue que Carter había estado hablando con otros soldados, y descubrió que docenas de colegas estaban recitando la misma frase: "¿cómo diablos podremos salir de Irak?". El Pentágono no hará pública la cifra oficial de cuántos miembros del HHC Segundo Batallón Acorazado 69, tercera División de Infantería, huyeron de la guerra, pero en entrevistas con abogados y miembros de la unidad, el consenso general es que entre diez y 16 soldados no regresaron nunca al servicio activo. "Pudieron haber sido 13 en total. Todos los que fueron arrestados, tuvieron que somertese a corte marcial, y a algunos no los hemos aprehendido", dijo el Capitán Shuey, que enfatizó que "ahora hacemos mucho más de lo que hacíamos antes de la guerra".
"Los abogados del Ejército nos dijeron que esta era la unidad con más índice de deserciones en el ejército", dice Barbara Butler. "Sé que muchos de sus mejores amigos se fueron y nunca regresaron, me dijo que en total eran 14". Los oficiales del ejército se niegan a comentar las cifras, citando privacidad, entre otras afirmaciones. Las entrevistas con otros miembros de la unidad confirmaron que por lo menos una docena de miembros del HHC Segundo Batallón dejaron el ejército.
El soldado Carter nunca pensó que su decisión fuera una declaración política o una protesta; para él, la decisión de dejar el ejército fue una cuestión personal, enmarcada por la enfermedad de su madre y el nacimiento de su primera hija.
Y fue una bomba de gasolina rota lo que llevó a Carter a ser arrestado. Un día, mientras se encontraba manejando con su madre discapacitada, el carro se varó y Carter llamó una grúa. La compañía de grúas escribió el número de la placa en una base de datos nacional y recibió una respuesta inmediata: buscado por la policía. Orden de arresto. "Estábamos parados ahí, sacando cosas del auto cuando tres policías, con sus armas afuera, comenzaron a interrogarlo", recuerda Butler, su madre. "Le dijeron que el Ejército lo estaba buscando y que se encontraba bajo arresto".
La siguiente semana fue la peor de su vida. Recluido en la cárcel del condado, Carter dice que los guardias abusaron de él y se mofaron de su cobardía y de el supuesto abandono a su país. Como parte de un castigo especial, según Carter, se negaron a darle comida durante los dos primeros días. Con su boca hinchada de la sed y su cabeza aturdida por los abusos, Carter se quedó de una pieza cuando sus guardias le dijeron que estaban teniendo problemas porque el ejército no quería recogerlo. "El Ejército no te quiere", recuerda que los guardias le decían. Seis días después llegaron los oficiales, lo metieron en un avión y se lo llevaron al Fuerte Benning para someterlo a juicio.
El juicio duró solamente una mañana y a Carter lo bajaron dos rangos y le dieron la baja por mala conducta, lo que acarrea inhabilidades para desempeñar muchos cargos civiles. También le cobraron una multa por $795 dólares al mes durante seis meses y fue sentenciado a seis meses en la prisión militar de Fort Knox, Kentucky. Cuando Carter llegó a Fort Knox, descubrió que había tantos soldados que habían desertado del ejército que la cárcel se conocía con el nombre de "la prisión AWOL [de desertores]". En su celda, encontró amigos del HHC Segundo Batallón que también habían sido capturados.
Para finales de este mes, el soldado Carter estará de nuevo incorporado a la vida civil. Sus prospectos laborales son pocos, su hija de un año no lo conoce y tendrá terribles recuerdos del Ejército en su cabeza.
Ahora es el anti-recluta, y si cualquier hombre joven del barrio pregunta sobre los militares, él les aconsejará que se mantengan alejados. "Muchos de los amigos de Kenny dicen que no se van a volver a alistar, están saliéndose. Otros amigos oyen las historias [de combates en Irak] y están diciendo: «yo no voy al ejército, [si me quieren reclutar para la guerra] me tienen que encontrar».
Las implicaciones de un reclutamiento militar son tan explosivas políticamente que pocos políticos en Estados Unidos mencionarían la palabra. Sin embargo, debido al aumento de bajas en las sangrientas noticias de cada noche, –lo que convierte a Irak en un sinónimo del desastre de Vietnam–, cada vez menos estadounidenses están eligiendo voluntarizarse para la guerra.
El ejército ha comenzado a ofrecer bonos en efectivo de hasta diez mil dólares para los soldados que vuelvan a alistarse y todavía las estadísticas oficiales de los primeros meses de 2004 muestran que el ejército tendrá miles de soldados menos de los que necesita para fines de este año. Para esconder la magnitud de la crisis, el ejército ha ordenado unilateralmente que unos 44.000 soldados se queden en la vida militar aún después de haber terminado su servicio legal. Conocido como "Stop Loss" [detenimiento de pérdida], el programa es en realidad un reclutamiento en el que el gobierno estadounidense no les permite a los soldados dejar el ejército hasta que la guerra con Irak esté bajo control –o, en otras palabras, indefinidamente–.
"Hay una tremenda militarización de familias civiles, soldados que ahora se les está pidiendo quedarse por dos o tres años más. Esto convierte a las familias civiles en militares", dice Hiken, que afirma que las familias están ahora considerando demandar el gobierno estadounidense para que se resuelva, en palabras de Hiken, "¿cuándo puede el presidente de Estados Unidos liberar, por contrato, a miles de ciudadanos americanos?".
el soldado jeremy hinzman se aseguró de que el ejército nunca lo encontrara. Hinzman, un paracaidista con el cuerpo élite 82 basado en Fort Bragg, North Carolina, luchó en Afganistán y el 20 de diciembre de 2003, le notificaron a su unidad que sería enviada a Irak. La unidad de Hinzman era el segundo batallón de la 504 Brigada de Paracaidistas. Su experiencia residia en tomar el control de aeropuertos. Hinzman cambió la misión drásticamente: decidió evitar a toda costa los aeropuertos.
El 2 de enero, la noche anterior al vuelo, montó a su familia en un automóvil y manejó durante toda la noche. Llegó a Canadá y se convirtió en el primer soldado estadounidense en buscar estatus de refugiado para evitar pelear en Irak. Una pareja de cuáqueros con visiones pacifistas y una enorme casa en Toronto acogieron a Hinzman, a su esposa y a su hijo. Hoy Hinzman es un pionero en la nueva guerra de Irak.
"Jeremy fue el primer soldado de la guerra de Irak en buscar protección", dice Jeffrey House, un abogado penalista de Toronto que defiende a Hinzman. "No quiere pelear en Irak y hará cualquier cosa legal para quedarse en Canadá".
Hinzman había pasado papeles hacía seis meses argumentando que estaba en contra de la violencia y la guerra, además de no estaba calificado para el servicio militar. El ejército primero perdió su aplicación y luego ignoró sus peticiones. Cuando el nuevo llamado a la guerra llegó, Hinzman recordó un juramento que había hecho: "Me prometí a mí mismo, a mi esposa y a mi hijo, que no iría a Irak. Para mí era una guerra que se luchaba bajo premisas falsas. El doctor Blix [el ex director de inspectores de armas de la ONU] fue una y otra vez [a Irak] y dijo que no había armas de destrucción masiva". No sólo está cien por ciento contra la guerra de Irak sino que ha hecho pública su protesta. El 20 de marzo dio un discurso en Toronto en el que habló en una manifestación antibélica de 7.000 personas. "Están explotando lo que ocurrió el 11-S, basados en la ambición y nuestra necesidad de petróleo", dijo en público.
Oficialmente, Hinzman es un desertor y en lugar de estar luchando contra los insurgentes lo está haciendo contra el gobierno estadounidense en las cortes canadienses. Se espera que su caso sea una prueba a las leyes de inmigación canadienses y los veteranos se preparan para lo que esperan será una nueva ola de soldados que escapan.
Hinzman es un pionero en esta nueva estrategia. Ahora se encuentra trabajando con otros soldados para promocionar Canadá como un destino para los desertores. Aunque no puede impulsar públicamente la rebelión, continúa dando discursos y contactando otros soldados que han cruzado la frontera, como Brandon Huey, de 18 años, que desertó de Fort Hood, Texas. Y a pesar de que estos dos son los únicos soldados que se sabe que han huído a Canadá, una red subterránea está construyéndose. La estrategia es simple. Si un grupo importante de soldados sigue el camino hacia el norte, el público canadiense [que se opone con firmeza a la guerra] va a pedir apoyo. Las imágenes y el cubrimiento de prensa de la policía montada canadiense entregando a los soldados a la policía militar estadounidense sería dinamita política. Y es justamente ese tipo de explosiones lo que los activistas de grupos como American Carl Rising Moon están esperando provocar.
En una controvertida gira por Canadá a comienzos de este año, Rising Moon les pidió a los canadienses construir el "subterráneo de la libertad", en el que casas seguras de cuáqueros se convertirían en paradas durante la ruta a la salvación. En una mesa redonda en Vancouver, Rising Moon resumió su discurso así: "Según los principios de Nuremberg, cada ciudadano de cada país tiene la responsabilidad de pelear contra su nación si sienten que se equivoca. La pregunta es ¿este país se convertirá en parte del movimiento?".
tanto en el campo de batalla como en casa, las tropas del ejército se están organizando al respecto de los asuntos de la guerra. Cuando se quejan de la falta de protección física, les envían correos electrónicos a los padres y amigos para que manden un cargamento privado por correo expreso. Cuando hablan contra la guerra, los abogados de derechos civiles hacen fila para representarlos.
Cuando las tropas de tierra están mejor conectadas que sus propios comandantes, la disciplina, la moral y la lealtad parecen ser mucho mas difíciles de controlar. Y aislar a los soldados en el frente se está convirtiendo en una tarea imposible. Los soldados pueden enviar por correo electrónico fotos desde el frente, verificar la versión de sus comandantes al respecto de la guerra y unirse al grupo Military Families Speak Out [Las familias de militares hablan], una red de internet de familias de militares contra la guerra. "Una cosa que no hemos visto aún son las negativas masivas a pelear; aún no", dice Nanci Lessing, cofundadora de la organización, basada en Boston. "En Vietnam les llevó una década. Hoy, la gran manera de hacer oposición es no volver a alistar. Hay muchas tropas de la reserva y la guardia nacional que pensaron que harían una carrera militar. Ahora estamos escuchando que no quieren volver. Les están diciendo eso a sus seres queridos. Esa va a ser la forma de resistencia".
A medida que esta red de soldados se organiza, ¿se convertirá, como Vietnam, en una forma abierta de rebelión? Hiken, un abogado de San Francisco, contó una historia que aún si llegara a ser mentira, continúa siendo un símbolo del desacuerdo que está ahora rondando las filas. "Cuando Rumsfeld [el secretario de Defensa de Estados Unidos] fue la última vez a Irak, estaban temerosos de las tropas. No se atrevían ni siquiera a usar soldados para que lo protegieran, sino que tenían una fuerza de seguridad privada. En una carta que envió un soldado, leímos que, con el nivel de rabia tan alto, no se atrevían a dejar que los soldados se acercaran a Rumsfeld".
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