
Los gestos, mensajes por descifrar
Una de las fuentes temáticas de esta columna es abrir al azar el Diccionario del teatro , de Patrice Pavis y, frente a la definición de una palabra cualquiera, reflexionar sobre ella. Hoy se trata de la voz "gesto", que Pavis define así: "Movimiento corporal, muy a menudo voluntario y controlado por el actor, orientado a una significación más o menos dependiente del texto expresado, o bien completamente autónoma".
Tanto en la representación dramática como en la vida cotidiana, observamos con ojo crítico la gesticulación del prójimo. Reconocemos de inmediato el "estilo" de un actor, o el de un amigo, o pariente, aún viéndolo de lejos y de espaldas. Distinguimos entre los que abusan de la gesticulación y convierten su trabajo en un festival de muecas, y el extremo contrario, los que hacen de la sobriedad, y hasta la impavidez, un atributo esencial de su arte.
Atribuimos ciertas cualidades interpretativas a los orígenes étnicos: italianos, españoles, griegos y rusos tenderían a ser más demostrativos e intensos en su expresividad que los nórdicos. Lo paradójico es que éstos parecerían más capaces de ahondar en las motivaciones de los personajes.
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Pero todas estas especulaciones son relativas, como todo juicio basado en las apariencias (¿acaso hay otros?). Así, según Pavis, la concepción clásica "hace del gesto un medio de expresión externa de un contenido psíquico interior que el cuerpo tiene como misión comunicar a otro". Al contrario, en la concepción del célebre director polaco Jerzy Grotowsky, el gesto es algo a descifrar, como un jeroglífico, o un ideograma: "Nuevos ideogramas deben ser buscados constantemente -dice- y su composición aparecerá inmediata y espontáneamente. El punto de partida de estas formas gestuales es la estimulación y el descubrimiento en sí mismo de las reacciones humanas primitivas". Opone Meyerhold: "El teatro sólo debería utilizar los movimientos que son inmediatamente descifrables; todo el resto es superfluo".
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Lo importante sería esquivar los lugares comunes, la repetición por el actor de ciertas convenciones gestuales que lo empobrecen. A la vez, cada ser viviente posee su propio arsenal de gestos (lo vemos hasta en los animales), mezcla de los individuales con los heredados. Cuyo efecto depende también de los códigos de cada sociedad: en el Japón, las oscilaciones de la cabeza al asentir o negar, son exactamente opuestas a las comunes en Occidente; el teatro hindú confiere fundamental importancia a la mirada y a las manos.
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