
Los maridos de la Torre Eiffel
La información que se leyó en La Nación el 8 de julio pasado provocó sorpresa y hasta un cierto cosquilleo entre los muchos amantes de París y -naturalmente- de la Torre Eiffel. Según esa información, en caso de privatizarse el Crédit Foncier de France, banco estatal con accionistas que explotan el negocio de ese emblema del poderío francés finisecular, ella pasaría a manos norteamericanas, lo cual se me ocurre que no sería asunto grave ni para la torre ni para quienes la admiran. Sólo sorprende.
Lo primero que recordé fueron las palabras del compositor francés Francis Poulenc, quien, refiriéndose a una de las más famosas óperas de Jules Massenet, dijo que "el repertorio lírico francés es inimaginable sin "Manon". Como la Torre Eiffel, "Manon" forma parte del cielo de París". Es cierto que cuando la inauguró, en 1889, en el centenario de la Revolución, el ingeniero Eiffel, varios literatos y artistas firmaron una airada protesta contra esa "chimenea gigante y oscura" que entrañaba un deshonor para la ciudad. Pero este hito de la arquitectura de hierro superó la polémica e inspiró a creadores de vanguardia, como Robert Delaunay, cuyas tres grandes composiciones de la Torre Eiffel (1910) hicieron época. De tal manera, la "chimenea" se convirtió, para locales y visitantes, en una brillante "étoile", no sólo del Campo de Marte, sino, como decía Poulenc, del mismísimo cielo de París.
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Y es claro, enseguida me acordé de los músicos del Grupo de los Seis, que escribieron en 1921 una obra conjunta, con la complicidad, además, de Jean Cocteau, a la que titularon "Les mariés de la Tour Eiffel" (Los esposos de la T.E.). Es que "Los Seis", formado por Milhaud, Durey, Auric, Honegger, Poulenc y Tailleferre, se habían reunido casi al día siguiente de finalizar la Primera Guerra en torno de Eric Satie, padrino espiritual del Grupo, y de Cocteau, profeta literario de esa joven generación de compositores franceses. Con ellos habría de producirse la definitiva emancipación de la influencia alemana, y de manera especialísima, de Wagner. Fervientes devotos del circo y del music-hall parisiense, querían ofrecer sonoridades brillantes, de carácter tonal, con un enfoque terrenal del arte, como una afirmación del soleado espíritu latino frente a las brumas del trascendentalismo romántico germano. Y como para ponerle un nombre y una forma concreta a ese sentimiento, crearon este espectáculo con el que sellaban su pacto de amor con la imponente mole de 300 metros de altura. La obra tuvo su estreno el 18 de junio de 1921 en el Thé‰tre des Champs-Elysées, con realización del coreógrafo Jean Borlin, y a cargo de los Ballets Suedois, un conjunto que estuvo en Buenos Aires muy poco tiempo después. En realidad, no se trata de un ballet, sino de un disparatado espectáculo coreográfico-satírico, cuya acción gira en torno de una fiesta de bodas que se realiza en la primera plataforma de la torre, donde había un famoso restaurante. Disparates van y vienen, al vaivén de un loco vanguardismo, hasta que al final aparece un león que se come a los fotógrafos. (¡Ya entonces...!)
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¿Qué habría pasado ahora con esos fidelísimos maridos de la señora Eiffel? Porque la esposa sería entregada a cónyuges norteamericanos sin la menor ceremonia; o quizás no tan divertida como aquélla. Pero al parecer los integrantes de los Seis no tendrán que agitarse en sus ilustres tumbas: al día siguiente de la noticia, el gobierno francés aseguró que la torre no pasará a manos de nuestros vecinos del Norte. Al menos -se me ocurre- antes de que el mercado de divisas de dos billones quinientos mil millones que circulan por día en este mundo globalizado disponga otra cosa.
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