
Los trabajos y los días
El monje zen Ricardo Dokyu, de Parque Centenario a Japón
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Ricardo Dokyu describe la experiencia que cambió su vida con una metáfora: "El herrero siempre pone primero la pieza al fuego para moldearla. Al sacarla del fuego, meta martillazos de aquí y de allí, le va dando forma. Cuando le parece que está cerca, al agua, fshhhhh... Se enfría y de nuevo al fuego y la maza, y así sucesivamente. Muchas veces me sentía la pieza a tomar forma, pero a la vez era el propio herrero".
Así se refiere Dokyu (Do, camino; kyu, eterno), argentino, de 43 años, a la década que pasó entre 1991 y 2001 en un templo de Nagoya y el monasterio de Eiheiji, como aprendiz y monje zen, lejos, muy lejos de su barrio, Parque Centenario, y no sólo por la distancia geográfica.
"No extrañaba, aunque pasé por diferentes crisis y muchas veces pensé en abandonar todo", relata Dokyu, ahora de vuelta en el país para transmitir conocimientos y vivencias. "Todo en Japón es diferente. La cultura, la forma de ver las cosas; hasta el abecedario, compuesto por ideogramas o kanjis, es distinto."
Antes de viajar a Oriente, en Buenos Aires Ricardo aplicaba shiatzu, técnica de masajes terapéuticos, Do-in y Anma, gimnasia para la salud. Hasta que en 1984 se reunió en Ouro Preto, Brasil, con el maestro Tokuda Igarashi, que lo inspiró a ir aún más lejos. Finalmente, viajó a Japón para profundizar su entrenamiento en Nagoya.
Rutina, aprendizaje
Vivió los primeros cinco años en un templo de la ciudad, donde aprendió japonés y la rutina del lugar. "En esa primera época estaba con un brasileño, mi hermano de ordenación, con el que hablábamos portugués -cuenta Dokyu, que vivió casi 3 años en Brasil-. Pero ya en pleno período de entrenamiento fui el único extranjero entre 200 monjes."
Al principio, el idioma le resultó difícil. "Era volver a aprender a leer y escribir igual que en primer grado, m-a-m-a: mamá, y así... Cuando hacíamos las tareas diarias, algunas veces no entendía bien qué había que hacer. Si todos iban a la izquierda, yo iba a la izquierda, y si todos iban a la derecha, yo iba a la derecha, y así acompañaba el movimiento", sigue Dokyu. Y agrega: "En esas primeras épocas siempre encontré en el camino una palabra de aliento de mis compañeros o de practicantes veteranos que ni conocía, y al pasar me decían: Gambare (ánimo, con fuerza, en japonés). Uno no está solo", señala.
"El día de un monje zen comienza con zazen y termina con zazen, la meditación -resume-. Los horarios varían. En verano, la actividad comienza a las 3.30, y en invierno, a las 4.30." Apenas se levantan, se lavan la cara mientras recitan pequeños sutras u oraciones y se congregan en la sala de meditación.
Sólo después del desayuno, alrededor de las 6.30, en Eiheiji, comienza un largo día de trabajo. En primavera, verano y otoño, los practicantes cuidan los espacios verdes que rodean al monasterio; en invierno, cuando hay mucha nieve, se estudia caligrafía, canto, textos budistas y se preparan las ceremonias. Los monjes también tienen sus días de descanso, aquellos que en el almanaque terminan en 4 y 9. "Entonces no hay ninguna actividad programada, y dedican el tiempo para sí mismos; para rasurarse o raparse la cabeza -se dice que la ignorancia crece como el pelo-, estudiar, lavar su ropa o tomar un baño", explica Dokyu.
Sin condiciones
Para incorporarse a un monasterio de la escuela Soto no hay requisito previo, ya que, según explica Dokyu (dispuesto a responder a todo tipo de dudas que le lleguen a ricardokyu@hotmail.com), la práctica de zazen no depende de capacidades o conocimientos especiales, sino simplemente del deseo y la voluntad de llevar una vida acorde con las reglas del lugar.
"Dentro del zen no hay diferencia entre práctica e iluminación, zazen y vida cotidiana -aclara-. Sólo se trata de comer a la hora de comer y de dormir a la hora de dormir, llevando una vida simple de acuerdo con las circunstancias que nos rodean en cada momento."





