
Hoy puede estar tocando tambores por las calles de Montevideo y mañana compartir escenario o estudios con Sting, Joan Manuel Serrat, Milton Nascimento y Jon Anderson. Rubén Rada es una leyenda de la música uruguaya y supo llenar estadios en la Argentina.
1 minuto de lectura'
Carlos Gardel 1017. allí comienza esta historia. En esa callecita antigua y pintoresca del Barrio Sur de Montevideo se encuentra el taller The Power, propiedad de Fernando Lobo Núñez, fabricante de tambores, percusionista y uno de los inspiradores de la agrupación La Dominguera. La casa es centenaria –allí vivieron, también, sus padres y abuelos– y cuenta con varias habitaciones, algunas de ellas destinadas a talleres y sala de ensayo. El lugar es frecuentado por gente muy diversa: músicos que vienen a encargar tambores, miembros de la comparsa, botijas que buscan descubrir los misterios de la percusión, viejos amigos, vecinos humildes del Barrio Sur y, además, celebridades como Fito Páez, Danilo Pérez o Paquito D’Rivera. También suele visitarla Rubén Rada, por supuesto, que conoce al anfitrión desde hace muchos años y, cada vez que puede, suele aparecer en su casa para tocar.
La Dominguera es la agrupación con la que Rada sale todos los domingos a candombear por las calles del Barrio Sur. Rada retomó los parches en 1995, cuando volvió al Uruguay "porque extrañaba los tambores y a Peñarol". Pero hoy, 5 de febrero, es un día muy especial. A las siete de la tarde comienza la Llamada, el desfile de comparsas que recorre las calles Carlos Gardel e Isla de Flores, en los barrios Sur y Palermo. Es una de las tradiciones más atractivas del Carnaval oriental. Las comparsas son asociaciones de negros y lubolos –blancos pintados de negro– dedicadas a preservar y desarrollar la cultura del candombe (que conviene no confundir con la murga, cuyo origen es europeo). Con el tiempo, numerosos blancos se han integrado a estas asociaciones, probablemente las representaciones más fieles del folklore afrouruguayo. La fiesta recibió su bendición oficial en 1956; desde entonces, cuenta con el auspicio de la Intendencia Municipal de Montevideo, que otorga una serie de premios en dinero en efectivo. Durante los últimos años, bajo la intendencia del frenteamplista Mariano Arana –muy querido por la gente–, la actividad cultural ha recibido un impulso considerable.
Para la ultima Llamada del siglo, La Dominguera ha sido admitida por primera vez en el desfile oficial. En la casa de Lobo y en las veredas vecinas los preparativos son febriles: se ponen a punto los tambores, se dan los últimos toques a los vestidos y las banderas. Caminar unas cuadras junto a Rada por esa calle pequeña es toda una experiencia. Desde puertas y ventanas lo saludan vecinos de todas las edades y él debe detenerse –literalmente– casa por casa: saluda a unos y otros, se saca fotos con los botijas.
El acontecimiento tiene connotaciones muy especiales para Rada. La última vez que desfiló fue con la tradicional comparsa Morenada, cuando tenía 25 años… y de esto hace ya 30. Pero la historia se remonta mucho más atrás.
rada comenzo a cantar, cuando aun era un niño, con la murga La Nueva Milonga, de Tito Pastrana. "Para mí fue el maestro de las murgas", dice. Poco después salió con Morenada, en la que, aprovechando su impresionante rango vocal, realizaba imitaciones de Nat King Cole, Gardel, Sinatra, Brenda Lee, Jaramillo, Ray Charles, Louis Armstrong, Aretha Franklin, Violeta Rivas. "Todos ellos estaban de moda en aquella época. Yo parecía una radio descompuesta, con un dial enloquecido", me dice, y comienza a ensayar algunas de esas imitaciones como para demostrarme que no las ha olvidado.
Con Morenada ganó premios cuando tenía 12 años. Se ríe al recordar que en aquella época lo llamaban Zapatito, "porque tenía 12 años… y ya calzaba 43, igual que ahora. No me creció nunca más; del complejo, el pie me quedó chico…"
Luego de varios años de imitaciones, Rada comenzó a encontrar su propio camino artístico. Era la época de su primer lp como solista, Las manzanas, de 1969. Ese álbum que prenunció su estilo incluía "Malísimo", una de sus canciones características. Rada admite que la versión definitiva es la del grupo Opa, con la voz de Hugo Fattoruso, pero sin embargo piensa volver a grabar el tema en su próximo disco, que probablemente se titule El latinazo.
"Las manzanas", uno de sus primeros candombes, fue un éxito gigantesco en el Uruguay: "Lo conocen todos los niños desde hace tres décadas". A partir de ahí, Rada se convirtió en una estrella.
Pero poco antes de eso estuvo El Kinto, grupo al que se le acredita la creación del candombe beat, algo así como el equivalente uruguayo de lo que en la Argentina se denominó "rock nacional". Los miembros de la agrupación mezclaron la influencia beatle con el candombe y la bossa nova, comenzaron a cantar en castellano cuando el resto lo hacía en inglés, e incluyeron congas en un grupo de rock cuando aún no estaba difundida la música de Santana.
Las dos principales fuerzas creativas de El Kinto eran Rubén Rada y Eduardo Mateo ("el John Lennon de Uruguay", según Rada). Mateo falleció en 1990 y, desde entonces, su figura ha ido alcanzando la dimensión del mito. "A Mateo y a mí nos gustaba el candombe y encontramos el camino en los Beatles; hasta ese momento, todos los candombes uruguayos se referían al Africa, al negrito bembé, al escobero, a los tamboriles… Nosotros empezamos a hablar de lo que nos pasaba y de lo que sucedía en el mundo. Estábamos todo el día componiendo; habremos hecho unas trescientas canciones... que ahora no recuerdo. Estaban anotadas en un cuaderno… No sé quien lo tendrá". Si bien en su momento la banda fue incomprendida, la influencia de El Kinto se ha hecho sentir sobre varias generaciones de artistas uruguayos (Jaime Roos, entre ellos) y marcó un antes y un después en la música oriental.
estamos en la rada producciones –en el barrio Parque Batlle, donde Rada se crió y vivió buena parte de su infancia y adolescencia–, que es también la casa de Lea Bensassón; amiga, manager y corista de la banda de Rubén, fue ella quien "ordenó" la carrera del músico. La oficina es modesta pero alegre y bien puesta. La Rada organiza conciertos, produce espectáculos y ayuda a otros artistas. Urbano Moraes es uno de ellos: talentoso cantante y ex integrante de El Kinto, acaba de editar un álbum (Desde todos los sueños) en el que Rada produjo, tocó y compuso algunos temas. El sueño de Rubén es tener su propio estudio, para grabar y producir a algunos de sus artistas uruguayos preferidos: Martín Buscaglia, Samantha Navarro, Leo Maslíah, Laura Canoura, Hugo Fattoruso.
Sin embargo, en estos momentos está concentrado en el lanzamiento de su nuevo álbum, Black, una recorrida por distintas vertientes de la música negra. Aunque tiene muy presentes sus raíces, Rada se resiste a cualquier encasillamiento.
"Este disco tiene de todo. Yo soy candombero de alma, pero también soy un tipo muy amplio con la música. Amo a Goyeneche, a Cuchi Leguizamón, a Spinetta; y respeto muchísimo lo que hace La Mona Jiménez, porque es un tipo auténtico: hace lo que él sabe hacer, no es un invento. Black es una pincelada de toda la música negra. Incluso tiene un rock & roll –«Físico de rock»– que respeta el ritmo como era tocado originariamente. Porque el rock era música bailable; después lo tomaron los ingleses y lo hicieron sinfónico. Yo estoy con Little Richard, a muerte, y con Chuck Berry; y por eso pongo rock en el disco, porque el rock en sus orígenes era música negra. Y hay otros temas: «Malvín» se emparienta con el reggae; la balada «Austral» tiene una onda Ray Charles; «Amanecí» es un funky mezclado con un aire de samba brasileño."
El único tema de Black que no tiene raíces negras es su particular versión de "Strangers in the Night". Pero Rada tiene sus motivos para haberlo incluido: "En los últimos discos que he grabado, siempre incluí una balada. En Montevideo fue «El día que me quieras». La idea es rescatar la melodía. Y decirle a la gente nueva: todo lo que hacés es bárbaro, pero cada vez que recuerdes un momento lindo, un momento de amor, siempre habrá una balada".
El tema de difusión de Black es "Loco de amor", que Rada interpreta junto a Ketama. "Es una salsa; ellos le dieron un toque de rumba flamenca. Y ése es un matiz que tiene que ver, porque los Ketama metieron la música latina dentro del flamenco: son salseros de alma. Es una canción que escribí en México, cuando estaba trabajando como compositor, con la intención de venderla; hace poco, revolviendo los cajones, reapareció… y la grabé. Me parecía bárbara por la letra: «Compuse una canción de amor con mil ideas locas, juro que por momentos yo fui Juan Salvador Gaviota» ¡Ni en pedo, nunca!"(risas).
La intervención de Ketama fue sugerida por su nueva compañía discográfica, Universal, cuando el grupo español vino a presentarse a Buenos Aires. "Después de la grabación ellos me invitaron a Santander, donde tocamos ante 30 mil personas. Terminó el show con las dos bandas tocando juntas esa canción y todo el público, que no me conocía, coreando «Loco de amor»."
Rada está contento con el sonido potente y actual de su nuevo álbum –grabado en el estudio Circo Beat, de Fito Páez–, y sólo tiene palabras de elogio para su productor, Carlos Villavicencio. También para el arreglador de su banda, el tecladista Andrés Arnicho, "que es un tipo joven y súper moderno; sé que todo lo que yo toque va a sonar muy de esta época". Sin embargo, piensa que Black no es un disco fácil. "Hay que escucharlo varias veces. No es ese disco facilongo que tiene una canción que va a vender millones. Es un álbum destinado a perdurar."
al entrar en el taller del lobo nuñez, lo primero que se percibe es un penetrante olor a madera, el pino Brasil que –luego de un misterioso tratamiento con agua y calor– asumirá la inconfundible silueta de los tambores. Estos tienen distintos nombres, según su tamaño y función; de mayor a menor, se llaman piano, repique y chico. Hay uno más grande aún, el bombo, pero ha caído en desuso.
El Lobo, integrante de la banda de Rada –al igual que su hijo, Noé– y alguna vez miembro del grupo de Jaime Roos, ya no interviene en La Dominguera: deja que sean sus hijos quienes se encarguen de llevarla adelante. Se cansó de dirigir (y de lidiar con) más de cien personas –que si el tiempo es bueno pueden llegar a ser unas trescientas– y prefiere conducir su propio grupo, La Calenda, que incluye percusión y cuerpo de baile. Sin embargo, se siente orgulloso de La Dominguera porque, asegura, es fiel representante de "la tradición" del Barrio Sur. Esto implica un ritmo de candombe más lento y relajado, menos "comercial" que el acelerado pulso que caracteriza al barrio de Palermo.
Rada dice que a medida que las asociaciones se van abriendo y mezclando, se pierden de a poco los toques característicos de los distintos barrios, "aunque algunos se mantienen bastante, como Cuareim, Ansina, Cordón, Buceo". Se preocupa por resaltar la autenticidad de La Dominguera, una de cuyas características es utilizar solamente parches de lonja [cuero], en oposición a otras que usan parches de plástico, de sonido más agudo y artificial. "Si vos ponés diez parches de plástico, de lejos parece una escola de samba. Nosotros no: esto es Africa. El candombe es Africa pura."
El desfile de Llamadas es una fiesta visual y auditiva. A la cabeza de cada agrupación están los estandartes y las banderas, y luego los característicos personajes de las comparsas: el escobero, la mama vieja y los gramilleros –con sus particulares movimientos forzados, que los hacen parecer ancianos achacosos–, seguidos por las vedettes y los bailarines. Pero lo que estremece los cuerpos y las almas es la cuerda de tambores. El ritmo, como un animal salvaje, se tensa, se agazapa, se apacigua, estalla. El ambiente respira sensualidad. Al paso de las comparsas, mujeres de todas las edades y razas bailan sobre las sillas, en las veredas, en las puertas de sus casas, algunas casi sin desplazarse de una baldosa, con movimientos que sólo los oscuros misterios de la memoria genética podrían explicar.
Mientras tanto, en la oscuridad casi total de una calle vecina, los integrantes de La Dominguera se preparan para salir a desfilar. Conversan, cantan y se dan ánimo, rodeados de simpatizantes, amigos y curiosos. Los momentos previos son de una intensidad casi surrealista. El espectáculo más impresionante lo constituyen las fogatas –hechas con cartones y papeles de diario– encendidas para calentar los cueros, que van tensándose con el fuego. Cuando salen al ruedo, la explosión es indescriptible.
Rada va tocando el tambor repique como uno más, la cara tapada por un inmenso sombrero. A pocos metros, sudando anónimamente en la última fila de tambores, hay otra leyenda: Hugo Fattoruso.
"Yo pasé con el sombrero bajo, para que me dejaran tocar", intenta explicar Rada, "porque si me sacaba el sombrero quedaría como si fuera Sting tocando con La Dominguera, haciendo pinta". Agrega que es necesaria una intensa concentración para mantener la regularidad del ritmo. Aún así, mucha gente lo descubre: aparecen espontáneas muestras de adhesión, incredulidad y cariño, en un espectro de edades que oscila entre los 2 y los 80 años.
–Hay personas que me conocen desde que edité mi primer álbum, en 1969, y por ese entonces ya tenían 40 o 50 años –cuenta–. Ahora algunos tienen 70: me conocen de toda la vida. Está la gente que escuchaba a Tótem en la década del 70, los que me siguen desde mi etapa argentina en los 80, y toda la gente de ahora, que llegó con los últimos discos. Montevideo y Miscelánea negra vendieron muy bien en el Uruguay: cerca de 10 mil copias. Y Black ya salió de entrada como disco de platino [en el Uruguay, 6 mil unidades].
–¿Y qué sentiste ahora, al volver a desfilar?
–Una alegría y una emoción increíbles. Para mí, fue como hacerle un gol sobre la hora a Nacional.
gracias a su programa de television, el teléfono –un popular ciclo de entretenimientos donde hace chistes, reparte premios y actúa en vivo con una banda (La Telefónica)– Rada se ha convertido en un ídolo de los niños. Uno de los momentos más festejados del show es cuando toca las tumbadoras, relata un cuento clásico infantil ("La Cenicienta", por ejemplo) y lo condimenta con elementos de la actualidad cotidiana, inclusive con apuntes políticos. Los botijas no se van a dormir sin haberlo escuchado.
De todas maneras, aunque la tevé lo divierte, confiesa que le gustaría dedicarse totalmente a la música. "La televisión me dio la posibilidad de quedarme en el Uruguay y de poder vivir dignamente con mi familia. Siempre trabajé como actor cómico y me encantan las monerías, pero si tuviera poco tiempo no haría televisión: es la música la que me absorbe."
Algo así sucedió cuando actuaba en Buenos Aires en Gasoleros y debió cancelar su participación: "Me iba muy bien con la música. Fui a Portugal, como representante del Uruguay en la Expo-Lisboa; a Santander, a tocar con Ketama; empecé a grabar el disco Black, y no podía seguir con el programa, que me exigía estar cuatro días de la semana en la Argentina. Pero me divertí haciendo Gasoleros; en general sólo tenía que hacer de Negro Rada: no había escenas muy comprometidas. Y me estaba yendo bárbaro, tanto que en Buenos Aires, por la calle, me llaman Líber", dice, refiriéndose a su personaje en la serie.
Con el apoyo de su nueva compañía, Rada espera trascender en América latina y cumplir una ambición que ha tratado de concretar durante toda su carrera: darle al candombe proyección internacional, así como los brasileños exportaron el samba o la bossa nova. Lo intentó en los 70 con Tótem, un poco después con Opa y, más recientemente, con el álbum Montevideo (1996), grabado en los Estados Unidos para el sello Big World, del productor Neil Weiss.
Artísticamente, Montevideo es uno de los puntos más altos en toda la carrera de Rada pero, según él, no tuvo el apoyo esperado. "La compañía es muy pequeña, y Neil es un tipo con talento para producir discos, pero no tiene el tiempo físico como para promoverlos como se debe; siempre está metido en el estudio. Cuando termina de grabar conmigo comienza a producir el próximo de Hugo Fattoruso, el de Toninho Horta, o las grabaciones inéditas de Jaco Pastorius en vivo…" Weiss todavía guarda un segundo disco, Montevideo II, registrado durante las mismas sesiones del anterior.
A pesar de su escasa difusión, la presentación de Montevideo le permitió montar una especie de dream team con algunos de los músicos que habían participado en la grabación: su eterno compañero Hugo Fattoruso, el africano Bakithi Kumalo (bajista de Paul Simon) y el guitarrista estrella Hiram Bullock. "Fue como tocar el cielo, pero yo sabía que el cielo se caería abajo: no hay forma de pagarles a esos músicos, a menos que tengas el apoyo de una gran compañía."
Esos exitosos conciertos le permitieron volver a llamar la atención del público argentino, y resultaron una suerte de compensación por los momentos difíciles que pasó cuando tuvo que abandonar Buenos Aires, a comienzos de los 90, corrido por la falta de trabajo. "Lo que pasa es que yo en la Argentina divagué mucho, no supe manejar mi carrera", reconoce.
Su primera incursión en nuestro país había sido a mediados de los 60. Sus amigos Hugo y Osvaldo Fattoruso, que eran superstars con Los Shakers, lo convocaron para que hiciera una prueba en EMI, la compañía para la que grababan. Los directivos quedaron asombrados con la voz de Rada, pero no supieron qué hacer con ella. Tuvo que volver al Uruguay.
En 1970 volvió a la carga con Tótem, un grupo impresionante con letras combativas y música afro en una onda Santana. Tótem se presentó en el festival B. A. Rock, pero sobrevino el desastre: el público, rockero intransigente, quería escuchar a Vox Dei y le tiró de todo. Luego, Rada regresó con S.O.S. (Sonido Experimental del Sur), un grupo de jazz-rock adelantado a su época, con músicos como Héctor Finito Bingert, Gustavo Bergalli y Luis Cerávolo, y un sonido que incluía extensas jams y avanzados arreglos de vientos. Se presentó en la inauguración del Hotel Sheraton, pero tampoco fue comprendido.
Hubo además una incursión actoral como miembro del elenco original de Hair, el legendario musical antibélico estrenado en el Teatro Argentino cuya "tribu" integraban Horacio Fontova, Mirtha Busnelli, Valeria Lynch, Sergio Makaroff, Carolina Fasulo (Carola) y el malogrado Julio Ocampo.
Pero, musicalmente, recién pudo hacerse conocido en la Argentina gracias a Opa, el grupo que formó junto a los hermanos Fattoruso en los Estados Unidos, cuyo álbum Magic Time se vendió muchísimo en El Agujerito –una de las poquísimas disquerías que traía discos importados– y tuvo repercusión en cierta prensa, como la revista Expreso Imaginario. Eso preparó el camino para su llegada al país, en 1978, para formar La Banda junto a reconocidos intérpretes de jazz, entre ellos Bernardo Baraj, Jorge Navarro y el fallecido Benny Izaguirre. Entonces comenzó una etapa exitosa, que se prolongó con dos de sus álbumes como solista: La Rada y En familia.
Fue su época de oro en la Argentina, cuando llenaba el estadio Obras al calor de éxitos como "Blumana", "La mandanga" y "Rock de las calles". En ese tiempo participó como invitado en innumerables grabaciones de otros artistas pero, hacia el final de la década, la sobreexposición, algunos álbumes desafortunados y la llegada de una nueva camada de grupos que comenzaron a ganar el favor del público, amenazaron con dejarlo sin trabajo.
"Vino la etapa de la bailanta: «El petiso», La Pantera, La Mona Jiménez, la Bomba Tucumana. Empezó a llegar toda esa música, y también aparecieron los Cadillacs, los Pericos… grupos que estaban pidiendo paso. Me parece maravilloso, porque todo el mundo tiene derecho a encontrar su momento y su época para trabajar. Pero lo único que le reprocho a la Argentina es que haya sido tan despiadada con Baglietto, Charly, Fito, León Gieco, Víctor Heredia, Piero, Dulces 16, el Dúo Fantasía, Celeste Carballo, Sandra Mihanovich, Marilina Ross, Zas, Jorge Cumbo, La Torre, Riff, Punch, Pedro y Pablo, todo un movimiento de músicos que había colaborado para el regreso de la democracia y que, de a poco, casi imperceptiblemente, empezó a desaparecer de las radios. Y en un momento desapareció todo: era «lo nuevo o nada». Eso hiizo que yo me fuera de la Argentina casi a hurtadillas, sin hacer mucha bulla. Ofrecí mi último concierto en el Alvear, y había unas cincuenta personas."
aun con oido universalista y un profundo conocimiento de una amplia cantidad de géneros, Rada escucha principalmente a sus colegas uruguayos y latinoamericanos. Evita prestarle mucha atención a la música anglosajona para, según dice, conservar algo de lo poco que le queda. "Mi disco podrá ser regular, pero tiene algo de Rada. Y eso es lo que interesa para tener un lugar en este mundo. Si no, te vas y quedás entre el montón de tipos que hacen grandes discos, con grandes sonidos, pero que son parecidos a otros. Escuchás a Jamiroquai, a toda esa gente que tiene una producción terrible, y te pasan por arriba. Y se te empiezan a pegar: me ha pasado de mostrarles una canción o un arreglo a mis músicos, y que me dijeran: «Esto suena parecido a algo: olvidalo». Entonces escucho a Sinatra, a Stevie Wonder, a Milton [Nascimento]: tipos que tienen un estilo y a los que no les puedo sacar nada".
Rada profesa una gran admiración por personajes tan emblemáticos y (aparentemente) tan distantes entre sí como John Lennon y Carlos Gardel, a cada uno de los cuales dedicó una canción ("Candombe para Gardel" y "Lovely John"). "Los amo a los dos", afirma. "Gardel fue uno de los cantantes más grandes de todos los tiempos. Y Lennon tuvo toda la gloria, todo el dinero y mantuvo una sencillez y una sensibilidad que le permitieron cantarle a la gente. Veía algo que estaba mal y salía a luchar, a pelear. En cambio, McCartney es un maravilloso cantante y compositor, pero es un artista, nada más. Lennon era mucho más que un artista. Como Joe Louis y Muhammad Ali: el primero fue uno de los boxeadores más grandes de la historia; el segundo, mucho más que eso. O Discépolo, cuya dimensión superó la de un simple compositor. Es imposible componer un tango como «Cambalache», todos rogamos embocar un pleno de ésos…".
Después de su decepcionante paso por México, donde trabajó como músico de sesión en la banda de Tania Libertad, regresó al Uruguay en 1995. "No tenía un mango, pero al poco tiempo empezaron a aparecer laburos y fui levantando. Gané muy buena guita con la propaganda de una rifa de los estudiantes de Arquitectura, y después me junté con Lea, mi manager, y empezamos a armar shows y a cambiar un poco mi imagen. Hasta hoy llama gente diciendo: «¿No podrá venir Rada a tocar con una guitarrita y unos tamborileros? Total es una fiesta chiquita, para cincuenta personas». Y hay que decirles que no, que Rada va con trece músicos, con sonido, con luces, y que cada show, como base, cuesta 6 mil dólares."
"Ni un día más", una de las canciones de Black, hace referencia a su experiencia en México: "Son mis propias vivencias. Cuando volví estaba deprimido y todas las notas que hacía eran un lamento. Entonces me dije: «Ni un día más voy a llorar por mí». No tuve que ir a ningún psicólogo, pero salí adelante. Igual necesito ayuda: tengo muchas cosas por resolver. Esto se lo digo a mi mujer, que es psicóloga: algún día voy a ir…".



