Marcelo Tinelli: la vida secreta del gran prestidigitador

Mañana vuelve con su circo criollo y la gran pista de baile de ShowMatch; por el momento no hará política, pero no descarta esa posibilidad; en la intimidad prefiere las emociones pequeñas, las series, la música de Caetano y el cine de Ettore Scola
Víctor Hugo Ghitta
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28 de mayo de 2017  

Crédito: Gza. Jorge Luengo

Está sentado en uno de los sillones de la biblioteca del Palacio Duhau. Se pone de pie, sonríe con cautela, mira a los ojos, saluda con un beso, tomando con la mano derecha la nuca de la persona a la que acaba de conocer como quien procura establecer pronto cercanía y comodidad; es el gesto de afabilidad de quien sabe seducir tanto a las multitudes como a quien ingresa en su estrecho mundo privado por primera vez, un gesto a primera vista tan distinto de las estridencias del gran show televisivo que él viene conduciendo desde hace 28 años y que mañana lo traerá de regreso a la pantalla.

El hombre que está frente a mí es muy distinto de ese vendaval televisivo que trae el estrépito (y a veces las vulgaridades) de una estudiantina masculina. En la intimidad o en este espejismo de la intimidad que es una entrevista en la que dos desconocidos insinúan cierta empatía y que es tan sólo un atisbo de la verdad, hay otro Marcelo, secreto y dado a las emociones, sensible y de vivencias interiores, más vulnerable y querible, que en cierto sentido es una suerte de versión acústica del ruidoso prestidigitador que suele embrujar a una masa de espectadores con su circo criollo con raíces en las extravagancias del grotesco, algo fatigado ya, pero al que su maestro de ceremonias siempre consigue añadirle un truco más y retener la mirada de la multitud gracias a su fenomenal capacidad de improvisación.

Si el lector pudiese correr el velo que a menudo protege al conductor, se sorprendería de encontrarse con la música de Caetano Veloso y las películas de Ettore Scola, o de la sincera emoción con que evoca el mediodía tardío de un sábado en que vio en el teatro Mi hijo camina un poco más lento, la obra de Ivor Martinic que promueve la aceptación de las diferencias. Éste que deja entrever ese mundo privado es un hombre sensible que gusta de las cosas pequeñas, los invisibles sentimientos cotidianos, las expresiones artísticas más sutiles, aunque en su vida pública no pueda rehuir del estrépito ni de las exigencias del gran negocio del entretenimiento. En el fondo de esa sencillez, de esa añoranza de las historias mínimas, está Bolívar, el pueblo donde nació hace 57 años: el campo abierto, el camino de tierra, la plaza, el sulky, un árbol de moras, el olor a tinta de su padre.

La conversación tiene lugar en medio del silencio atroz de la biblioteca. Se inaugura con un largo tramo acerca de los avatares de la televisión y los vaivenes de la industria. La memoria hará lo suyo después.

-Las exigencias del negocio reducen las posibilidades de tomar riesgos.

-La televisión se ha reducido mucho, sí. Cambiaron los hábitos, los modos de consumo. Desapareció la escena familiar frente a la pantalla del televisor. Son otros los números, es mucha la dependencia del minuto a minuto. En un programa de 14 puntos, que es mi estimación para esta temporada, una variación de 0.8 puntos tiene un impacto enorme. Se modificaron los modos de producción. En los años 90, cuando yo empecé con VideoMatch, me preguntaban cuál era el éxito del programa. El éxito muchas veces no es tanto lo que se pone en pantalla como la capacidad de corte, la posibilidad de dejar afuera mucho material. Ese volumen de producción, sostenido en presupuestos más abultados, permitía tomar otros riesgos, experimentar. Hoy esa posibilidad no existe, no podemos producir diez escenas y dejar seis. Hemos perdido ese momento en que hacíamos la elección de la fruta, de las naranjas y las manzanas. Se produce menos. Ha cambiado el negocio. Exige una adaptación. Un programa semanal permite montar cierta producción; un programa diario tiene otras necesidades y sobre todo otros límites. Tenemos que trabajar mucho la oferta técnica (el equipamiento, la iluminación y la escenografía, la cámara, el maquillaje y el vestuario) y después ver qué cosas podemos sumarle al certamen de baile: el humor, algo ficcionado (este año lo voy a hacer una vez por semana). El programa de mañana es un golpe directo. Sólo puedo permitírmelo en la apertura del show o en alguna ocasión especial. En el desarrollo diario, no. Y no hay manera de sostener esa producción en un programa semanal: no es posible sostener la estructura de costos. Lo que hacemos es una especie de reality ficcionado, y como productor debo entender cuáles son los conflictos que pueden hacer avanzar el cuento. Y entender a quién te dirigís, cuál es la audiencia. En una televisión que ha perdido mucho encendido, a las 10 de la noche, el control remoto sigue estando en manos de las mujeres mayores de 40 años. Siempre tuvimos esa composición de la audiencia. Hay que comprender las necesidades de ese segmento. Analizar el número.

Crédito: Gza. Jorge Luengo

-¿Cuál es el cuento de la apertura?

-Nos reímos de las cosas que nos ocurren. No haber tenido más el estudio cuando vendí la productora, cuando llegó C5N. El cuento es que nos echan, están haciendo limpieza, tenemos que empezar de cero, buscar coachs, maquillaje, vestuario, Esa es la apertura grabada; después, habrá una gran producción en vivo en distintos escenarios de Buenos Aires.

-¿El paciente que llega al consultorio de Mirtha Legrand está aquejado por esas pérdidas?

-No, está en medio de los vaivenes de la AFA, recurre a una doctora que lo deriva a una profesora de yoga y a una analista. Fue muy interesante, con Mirtha nos fuimos de libro muy rápidamente. Es una escena larga, estoy muy agradecido con ella.

-¿Cuánto hay de autobiografía en esa escena?

-Nunca hice terapias alternativas, yoga. Psicoanálisis, sí: hace 25 años que me psicoanalizo. Me gusta consultar muchas cosas. El tema del estrés no fue ajeno a las últimas consultas.

-¿La AFA fue un error?

-De ninguna manera. Para mí fue un gran acierto. La tomo como una experiencia muy positiva.

-Pero que tuvo costos.

-El fútbol es difícil. A mí me gusta mucho verme en las fotos periodísticas. Más allá de que hago un seguimiento médico, psicoanálisis, me ocupo de mí, escucho mucho las críticas cuando converso con mis amigos, me gusta mirarme en las imágenes periodísticas que van registrando mi vida. Las fotos de los diarios. Y no me veía bien, no me veía feliz. Pero no es culpa de nadie. Me gusta mucho ser dirigente deportivo. En San Lorenzo hicimos un cambio muy grande, y pensé que ese cambio podía trasladarse al fútbol argentino. Pero ganó otra lista, me invitaron a participar y creí que era bueno colaborar desde adentro. Era candidato a presidente de la Superliga, fui responsable de las selecciones nacionales en los días en que le impusieron la sanción a Messi, manejaba el fútbol del club, más el básquet, más mi programa, más la película que estamos haciendo con Valeria Bertuccelli, más mi vida, más la edad que tengo, más mi vida familiar, y en un momento tuve un episodio de estrés, nada grave, pero en los estudios algunos índices no dieron bien y, hablando con mi analista, me dijo: "Algo tenés que dejar". No el fútbol, necesariamente, pero algo. Cuando miré esas fotos me di cuenta de que no tenía más ganas de estar en ese lugar. No iba a poder con todo. Entendí que ése era mi límite. Lo comuniqué bien, me fui muy agradecido con todos. No me hicieron nada malo.

-Con esa sobrecarga, ¿por qué no descartás ingresar en la política?

-He dicho eso y lo sostengo: no lo descarto. Pero no será ahora. Siempre me interesa mejorar la calidad de vida de la gente. Tengo una vocación de servicio que se plasma en las actividades de mi fundación y en otras que no tienen visibilidad ni espero que la tengan. Quizá esté ahí la raíz de esa posibilidad. Cuando lo dije se activaron las alarmas, me llamaron todos , intendentes y gobernadores, de diferente signo político. Si algún día decido incursionar en la política, me gustaría estudiar, capacitarme en historia, en economía. prepararme. No estoy pensando en eso ahora. Cuando empecé en el programa Piedra libre en la FM, Juan Alberto Badía me invitó a hacer televisión y le dije que no. Después me vi saliendo al aire con Emilio Ariño, con Ana María Campoy, con José De Zer, con Juan Alberto. No lo descarto.

-¿El nacimiento de #NiUnaMenos te hizo revisar el humor machista del programa?

-Hay cosas que no volvería a hacer. Hace un tiempo hacíamos un sketch que terminaba con alguien disparando y repitiendo aquella frase de Schwarzenegger: "Hasta la vista, baby". Mi analista me hizo pensar sobre eso, me dijo que en la audiencia podía haber alguien que no estuviese emocionalmente equilibrado a quien podía dañar. En otro tiempo hacíamos otro sketch que se llamaba "Topus". Dejé de hacer ambos. No cortaría más las polleritas de las mujeres. No haría el caño. Quiero tener otra responsabilidad, ser respetuoso de las diferencias.

-¿Habrá un editorial político en la apertura?

-Siento que no es el momento oportuno. Desde el momento en que dije que no descarto la posibilidad de incursionar en política todo se lee con mucho detalle, más todavía de como había ocurrido hasta ahora. Prefiero no editorializar al aire ni alimentar malentendidos. Siempre han querido vincularme con distintos presidentes, siempre me adjudicaron intencionalidades políticas que jamás existieron. Si bien reconozco el poder que tiene el programa, su llegada a una gran audiencia, jamás hicimos nada para favorecer ni perjudicar a nadie. Nos manejamos con la realidad, con los temas que tienen impacto en la gente. Quisieron asociarme a De la Rúa cuando me vieron cenar en Miami junto con Antonito, Aíto y Shakira, y sí, teníamos una gran relación; quisieron responsabilizarme de la caída del ex presidente cuando vino al programa. Había ocurrido antes con Menem y ocurrió después con Kirchner,

-¿Va a haber humor político?

-Sí, pero no con una casa de Gran Cuñado porque no nos dio bien el minuto a minuto. ¿Va a estar Freddy? Sí. ¿Lo va a hacer a Macri? Sí. ¿Va a estar Bossi haciendo a Cristina? Sí. En tantos años de programa ha sucedido todo. Estarán Rodríguez Larreta y Urtubey, pero no Massa ni Stolbizer; no llegaron por las agendas, no hay que hacer ninguna interpretación. Hay una necesidad de blanco y negro, de definir posiciones políticas. Yo soy muy pragmático.

-¿Qué espectador sos en la intimidad de tu casa?

-Soy un gran consumidor de series. En estos momentos estoy con Billions [se refiere a la serie sobre las batallas legales que se libran a partir de delitos financieros en los Estados Unidos que tiene como protagonista a Paul Giamatti]. Tiene algo de la película de Di Caprio, El lobo de Wall Street, con sus fiscales y delitos económicos. Breaking Bad, Homeland, Bates Motel. Me enganché mucho con Bates Motel por Hitchcock, claro. No veo ficción en la televisión abierta o de cable, sí en el servicioon demand. Bates Motel me mató, fui un consumidor muy de esta época, la fui viendo allí donde estaba, me clavaba un capítulo en donde me encontrara. Soy un espectador frecuente de teatro, también. Me gusta mucho el teatro. Obras del off. Un sábado a las 2 de la tarde terminé llorando con los actores de Mi hijo camina un poco más lento, la obra del croata Ivor Martinic. Mi cabeza voló a las películas de Emir Kusturica, a la música de los Balcanes. Me conmueve la sencillez de esos artistas. La simpleza me conmueve mucho. El artista al desnudo con sus emociones. Con esa obra me fui a un cine italiano-europeo, me fui al cine de Ettore Scola. Adoro el cine europeo. O el de Woody Allen. Más que el tanque hollywoodense, películas de autor. El cine italiano es mi casa. No solamente Scola, La familia, Feos sucios y malos. El cine francés, también. Pero me identifico mucho con mi raíz italiana, mi familia de Piacenza. Cuando miro Italia, nos veo a nosotros.

-¿Música? ¿Libros?

-Músicos franceses o italianos raros. Caetano Veloso y mucha música brasileña. Me pasa también con la literatura: suelo elegir escritores menos transitados. Ahora estoy leyendo Nos vemos allá arriba, de Pierre Lemaitre, que es el autor de Recursos inhumanos. Son cosas personales. Me engancho con cosas de Vargas Llosa. No son obras que vaya a trasladar a la tele. No se me ocurriría llevar La fiesta del chivo a la televisión. Pero tengo una vida con gustos personales.

-Juguemos un pequeño juego. Tenés un cheque en blanco. Sos un hombre libre. ¿Qué producirías?

-Ficción en la televisión. Me encantó hacerlo. Estoy trabajando con un autor en una historia sobre mujeres que ojalá pueda producir en 2018.

-¿Es un regreso a los días de Okupas y Tumberos?

-En cierta manera, sí, puede ser. Cuando se estrenó Pizza, birra, faso me conmovió el trabajo en la dirección de Adrián Caetano. En ese momento convocamos a Bruno Stagnaro, y creo que en el campo de la ficción televisiva Okupas dejó una marca. Hay algo atractivo en lo experimental, me seduce mucho. Quizá es así porque el tanque, el golpe de efecto, lo tengo todas las noches.

-Ese gusto por lo más pequeño, ¿será un modo de regresar a Bolívar?

-Sí, es posible. Siempre estoy volviendo, quizá nunca me fui del todo. Fue muy fuerte la última vez que regresé. Era el momento en que estaba con el tema de la AFA. Quizá pesen los años, no lo sé, pero me voy poniendo más emotivo, aunque hago esfuerzos para no caer en aquello de que todo pasado fue mejor. No siempre es cierto y me da viejazo. Pero en Bolívar se juegan otras cosas. En este último viaje lloré mucho. Me volví a ver en la camioneta tomando mate con un amigo. Fue un viaje con pausas. Antes siempre fui apurado, en avión. Me quise tomar cierto tiempo esta vez. Paramos en la misma estación de servicio de Saladillo, recuperé el camino, los asados, la charla con la gente. El encuentro con papá y mamá. Siempre los reencuentro en lo que de ellos me dice la gente, los vuelvo a ver. Me abrazo a ese lugar del que me fui a los 10 años. Cuando hablo de Scola es porque me lleva otra vez a ese paisaje. Hoy vuelvo a ver La familia, y cuando la cámara recorre ese pasillo me acuerdo de mi abuelo, la casa, el diario del que él era dueño, el sulky... Aparecen un montón de recuerdos, el pasado. Me encanta revisar esas imágenes, reencontrarme con aquel chico que fui.

-Si pudieras elegir sólo una escena de esa infancia, ¿a cuál regresarías?

-Estoy trepándome al árbol de moras, camino del colegio. Estoy corriendo hacia ese árbol frente a la iglesia donde se casaron mi papá y mi mamá, la bandera flameando en el mástil de la escuela. Mis 9 años. Es una escena linda. Hay otras, que pertenecen a una infancia muy dura. Mi papá sufrió mucho el alcoholismo, tuvimos que irnos de Bolívar porque se moría de una cirrosis, y finalmente se murió muy joven, a los 38 años. Mi mamá tuvo problemas de depresión que derivaron en una situación psiquiátrica muy compleja. Una mujer de mucha candidez, se apoyaba mucho en mi papá. A veces me llevaba en sulky al colegio, cruzábamos la laguna... Me sentaba con ella a corregir las pruebas y llevo todavía conmigo el olor del mimeógrafo. No tuve una infancia particularmente feliz. Hubo muchos claroscuros. Recuerdo alguna charla en la plaza con mi papá, cuando ya no estaba bien. Tengo todavía el olor de mi viejo. Es difícil describir ese olor, todas las palabra suenan cursis como cuando se habla del amor. Pero yo lo siento como si estuviese ahora conmigo: el olor de mi papá. Quizá sea la tinta del diario. A mis 8 años lo acompañaba al club y escribía la formación de los equipos... Recuerdo la firma de mi papá. Y tengo escenas lindas y a la vez raras que conté alguna vez. Era muy divertido, pero se oscurecía hacia la noche, cuando tomaba. Me regalaba una camisa de colores estridentes, me alentaba a usarla cuando yo dudaba, y apenas salía de la casa me gritaba payaso delante de mis amigos. Era un poco fellinesco. El cielo y el infierno. Me hubiera gustado mucho tenerlo más tiempo. Que me hubiese visto crecer en el oficio que él me legó. Tenerlo conmigo acá. Conmigo, ahora.

Una apertura que es seña de identidad

Suele ser la niña mimada del lanzamiento, y el mayor enigma. Y suele ser una muestra del poderío de producción, aunque a veces esa ambición redunde estilísticamente en una desmesurada mezcla de estilos. Pero Tinelli y su equipo confían en el gran impacto de ese segmento que asegura puntos de rating. Este año, la gran escena se grabó durante siete días y demandó diez horas por jornada y cincuenta personas que se desplazaron por 16 locaciones. La duración del segmento será de entre 25 y 30 minutos. La apertura musical se rodó en siete locaciones, entre ellas, la Casa de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, la Villa Olímpica, el Puente de la Mujer y la escultura de la flor en Figueroa Alcorta. Estarán Valeria Lynch, Ulises Bueno, El Pepo, Oriana Sabatini, el Cirque du Soleil, Mahatma y, como cierre, Luis Fonzi con su hit "Despacito".

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