María Grazia Cutuli, in memóriam
Fue mi bautismo de fuego en el periodismo caliente y, paradójicamente, el estreno más frío y desconcertante sobre el impacto psíquico que puede imprimir, aun en la distancia y con ausencia de imágenes, la saña de la guerra, la truculencia -¿innata?, ¿cultural?- de la que es capaz la condición humana. Esa misma humanidad que por alguna arteria siempre sangra y que, aun así, tantas veces ensalzamos por su constante progreso.
Nunca la conocí. Sin embargo, aunque habían transcurrido varios meses de su ausencia, comencé a percibirla como una presencia. Algo de su espíritu, de su jovial aura siciliana, permanecía allí, en la histórica Redacción de Via Solferino 28, en Milán.
Recién llegada al Corriere della Sera, me apoltroné en uno de los escritorios vacantes. Sin intuirlo siquiera, escribía en la misma computadora que ella había utilizado para tratar de comprender la naturaleza de los niños genocidas en Ruanda: pasada la barbarie de la guerra entre tutsis y hutus, esos niños, quienes se habían sentido fascinados por sus kalashnikovs -fusiles que los doblaban en altura- y se habían recibido con honores de precoces asesinos, iban con naturalidad a la escuela.
Aquella "guerra" africana, plasmada vívidamente en sus crónicas, que leí meses después en un intento vano por tratar de conocerla, había quedado atrás.
En ese entonces, hasta poco antes de mi llegada, toda Italia seguía sus despachos sobre el desguace del régimen talibán tras la fulminante ofensiva de la Operación Libertad Duradera, ordenada por el presidente Bush. El próximo paso en el tablero mundial se discutía con el ardor de quien se juega su propia supervivencia: la embestida contra el Eje del Mal y con ella la supuesta urgencia de las guerras preventivas para sofocar dictaduras y fundamentalismos. Todo acto beligerante encontraba su justificación.
Con apenas dos meses en Afganistán como corresponsal de guerra, María Grazia Cutuli se había convertido, a los 39 años, en la primera baja italiana. A sangre fría, había sido acribillada por la espalda, en una emboscada de mujaidines a su convoy, a 90 kilómetros de Kabul. Junto al corresponsal del diario El Mundo, Mario Fuentes, y a los enviados de la agencia Reuters, el camarógrafo australiano Harry Burton y el fotógrafo afgano Azizullah Haidari, fue la primera periodista en sucumbir, un mediodía lluvioso, ante las kalashnikovs talibanas.
María Grazia, al menos, se salvó del degüello. Pero no del rito de humillación al enemigo, de la mutilación de dedos y orejas. A su colega afgano -traidor de Alá- le colocaron la cabeza sobre su espalda.
El salvajismo de esas escenas no se conoció hasta muchos meses después. Quizás porque las redes sociales eran entonces apenas un ensayo embrionario. La muerte de María Grazia y la de sus colegas enlutó a toda Italia. Y mientras en la Redacción crecía el silencio en el afán de no verbalizar el horror, en su escritorio hablaban las flores, que llegaban sin nombre ni destinatarios desde su pueblo de origen, Catania, y de todas partes de Italia.
No hubo en el tiempo que pasé allí una mención explícita a su desenlace como corresponsal de guerra. Sí, las flores para recordarla. No era el desdén de sus compañeros, sino la incredulidad y la impotencia ante aquello de lo que es capaz la condición humana. Jamás se mencionó su nombre ni se evocó su figura. El duelo era tácito, silencioso.
De su muerte -el cuerpo ultrajado con cuchillos a un costado de la ruta- no hubo imágenes. Ningún documento fotográfico ni ningún video dieron testimonio de semejante crueldad. Recién hoy comprendo el alivio de sus colegas por poder recordarla como la siciliana audaz y jovial que había sido, con su dignidad humana intacta.
Lo entendí claramente dos meses atrás, cuando las redes sociales multiplicaron una escena atroz: las decapitaciones de los periodistas norteamericanos James Foley y Steven Sotloff y de los asistentes humanitarios británico David Haines y Alan Henning. Detenerse en esas imágenes resulta una forma de legitimar la barbarie y aceptar su poder desestabilizador. Sólo sirve a los fines propagandísticos de Estado Islámico.
Ser siquiera rehenes visuales de los yihadistas, aun por mero morbo o curiosidad, es sucumbir al horror. Y es aceptar, también, que en pleno siglo XXI los bárbaros pueden adoctrinarnos, como en la plaza pública, aunque frente a una platea global.
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