
Pianista y musico frances.
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Su aspecto era más el de un personaje de cuento infantil que el de un pianista de jazz. Michel Petrucciani, francés hijo de italianos, pianista y músico, fue uno de los mejores. El 7 de enero murió de una afección pulmonar; desde su nacimiento padecía osteogénesis imperfecta, una enfermedad llamada comúnmente "huesos de cristal". Por eso debió inventar una técnica para tocar en los extremos graves y agudos con una sola mano, para poder sostenerse con la otra mientras quedaba, literalmente, colgado del teclado. También hizo que a los pedales se les adosaran unos alargues que le permitieran manejarlos con sus pies. Pero, por sobre todo, creó un estilo hecho de sutileza, en el que la construcción del solo, el orden arquitectónico de las variaciones y los alejamientos progresivos del ritmo y la armonía originales, ocupaban el lugar del universo.
"Lo único que no soporto de mi enfermedad", dijo en ocasión de una de sus dos visitas a Buenos Aires, "es que resulte inevitable mencionarla cuando se habla de mí como pianista. Yo cierro los ojos para tocar y mucha gente, para escuchar mejor, cierra los ojos cuando oye. ¿Qué mierda importa cuánto mide uno, si se tienen los ojos cerrados?" Por lo demás, su vida era casi normal: estaba divorciado tres veces de tres hermosas mujeres, tenía dos hijos y le gustaban las tetas generosas. Su sentido del humor era notable, cercano al cinismo, y no tenía problemas en bromear sobre su aspecto. Sus 36 años parecían muchos más y debía cuidarse obsesivamente de las fracturas y de las infecciones. Una de ellas lo mató cuando acababa de editar un disco excelente: Both Worlds, en el que tocaba con estrellas de la nueva escena europea (el trompetista Flavio Boltro y el saxofonista Stefano Di Battista) y con una leyenda del cool norteamericano: el trombonista Bob Brookmeyer, antiguo compañero de ruta de Gerry Mulligan y eximio orquestador. No llegó a ver la salida de Solo, álbum grabado en vivo en de febrero de 1997 en Frankfurt, que acaba editarse en Francia.
La muerte interrumpió el proyecto que lo había unido con Jack Lang, el ex ministro de Cultura francés: la creación de una escuela internacional de jazz en París. "Transmitir a los otros algo de lo que pude aprender a lo largo de mi carrera, me parece una prioridad a esta altura de mi vida", solía decir.
Una de las características del estilo de Petrucciani era la cualidad camarística que alcanzaba aun compartiendo el escenario con grupos grandes. Su enciclopedia iba mucho más allá de los pianistas de jazz que idolatraba (Art Tatum, Bud Powell y Oscar Peterson en su juventud; Bill Evans, Keith Jarrett, Brad Mehldau y el joven Frank Avitabile, más tarde). Amaba la música de Olivier Messiaen y, sobre todo, el Concierto en Sol de Maurice Ravel. También solía escuchar a Madonna, de quien estaba más o menos enamorado, y a Prince, de quien admiraba, sobre todo, Diamonds & Pearls.
Quedan sus discos: el increíble Power of Three, con Jim Hall y Wayne Shorter (Blue Note); su recital en el Théatre des Champs-Elysée en 1994 (Dreyfus); su disco en trío, en vivo, en el Village Vanguard (Sony) y el maravilloso Both Worlds (Dreyfus). Lo demás es, precisamente, lo que él quería olvidar.
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