Mística, playa y rock: quién es el argentino que está detrás del festival de música más elogiado de Punta Ballena
El productor Leandro Quiroga abrió Medio y Medio en 1995 y lo convirtió en un clásico de la temporada esteña
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PUNTA BALLENA.—“Esta tierra tiene mística”, dice Leandro Quiroga, el argentino que hace 14 años se instaló en Punta Ballena y convirtió a Medio y Medio en un templo de la gastronomía y de la música. Jaime Roos, Luis Alberto Spinetta, Charly García, Fito Páez, Rubén Rada, Julieta Venegas y Zorrito Von Quintiero son algunas de las figuras que se encantaron con la propuesta del festival, que es al mismo tiempo un restaurante de cocina de autor y un bar de alta coctelería. Un clásico made in Uruguay que expande un efecto de alegría entre quienes lo habitan.
En diálogo con LA NACION, el productor musical y fundador de Medio y Medio contó cómo fue su decisión de mudarse al país vecino y reveló los desafíos de llevar adelante uno de los festivales más elogiados por los músicos rioplatenses.

—Medio y Medio, en Punta Ballena, logró convertirse en un clásico del verano esteño para muchos artistas y amantes de la música...
—La historia de Punta Ballena es muy fuerte: por este territorio pasaron artistas muy importantes. Esta tierra tiene una cantidad de nombres propios que vivieron acá, como Margarita Xirgu, y uno de los escritores de habla hispana más grandes del siglo, Rafael Alberti. El arquitecto Antonio Bonet, Julio Bocca, Ricardo Mollo, Carlos Pericavale, Antonio Gasalla... Medio y Medio no podría existir en otro lugar que no sea Punta Ballena. El territorio afecta; toda esa gente nutrió este suelo. Hay más de 1000 nombres propios que pasaron por Medio y Medio.
—Hay una mística...
—Tiene su mística y es mucha la cantidad de gente que dejó su energía en esta tierra. La celebración de los 30 años —que se festejaron este verano— nos hizo pensar mucho en eso. Por eso, para la gráfica que usamos este año, elegimos un collage sobre la silueta de don Antonio Lusi, que era el propietario de esta tierra, y dentro de esa silueta están mezcladas imágenes de mi familia, mi abuela, mis padres casándose y mi abuelo, que fue quien trabajó junto con Bonet en la urbanización de Punta Ballena.
—Era una aventura total venirse a estas tierras en ese momento...
—Mi abuelo llegó con Antonio Bonet y con Rafael Alberti, que era un gran amigo de la adolescencia de mi abuelo, para urbanizar el lugar. Él le armó la casa a Margarita Xirgu [la actriz española habitó Punta Ballena los últimos años de su vida, de su exilio prolongado]. Acá en esta tierra hay un trasfondo; hubo un grupo de artistas anarquistas españoles de la posguerra civil que fundaron estas tierras. Y esa energía se siente. Mis abuelos se enamoraron de esta tierra y se quedaron viviendo acá, por eso mi madre nace acá.
—¿En qué año fue que llegaron al pueblo?
—En el 44 más o menos fue la urbanización; mi madre nació en el 48.
—¿Tu mamá nació en Punta Ballena?
—Mis abuelos vivían acá, pero mi abuela fue a tenerla a mi mamá a Buenos Aires, pero solo a tenerla y a los 15 días volvió, o sea que es más de acá que de allá. El aniversario por los 30 años del Festival nos llevó a pensar cómo y por qué estamos acá. Y creo que tiene que ver con lo que hicimos nosotros, pero mucho también tiene que ver lo que hicieron antes que nosotros.
—Vos vivías en Buenos Aires y en determinado momento decidiste instalarte en Punta Ballena, ¿cómo fue esa decisión?
—Hace casi 14 años que estoy viviendo fijo acá en Punta Ballena, pero en realidad vine todos los veranos de mi vida desde que nací. Venirme acá con toda mi familia fue una decisión que hice a los 35 años con mis hijos muy chiquititos. Yo en ese momento trabajaba con un par de artistas, era manager de Liliana Herrero y de Jaime Ross. Me acuerdo que Jaime me dijo: “¿Te das cuenta de que estás tomando una decisión que la gente toma a los 60, a los 35 años?” [risas]. Vine en búsqueda de calidad de vida, de estar en la industria y a la vez no estar; yo tenía mi productora muy activa en la Argentina, pero tenía la necesidad de cambiar la dinámica de vida. Te diría que casi desde ese momento que me vine para acá empecé a vivir todos los años como si fueran el último. No lo digo de forma drástica, ni dramática; para mí es algo interesante pensar: ¿qué elegiría y qué no elegiría si fuera el último año? Entonces, eso me ha hecho elegir bastante bien y me ha traído donde estoy hoy. Viviendo donde quiero, trabajando de lo que quiero, disfrutando mucho de lo que hago, de mi familia y de Medio y Medio.
—¿Cómo convertiste a Medio y Medio en un clásico del verano esteño?
—Programé los conciertos desde diciembre de 1995, no hay un solo concierto de Medio y Medio que no haya programado. Empezó con un lugar muy chiquitito, con algún concierto aislado, y después se transformó en un club de jazz y después en un festival. Si bien ya hacíamos conciertos afuera, en 2007 inauguramos el escenario al aire libre con toda la estructura de madera y plantas. Lo inauguró Luis Alberto Spinetta, que vino varias veces a la casa. Y hoy en día es lo que es, un festival con un formato bastante original: son 10 semanas con más de 40 y pico de noches de show, con más de 60 artistas por año. Ves artistas que normalmente tocan en un estadio tocar frente a hasta 1000 personas en un anfiteatro de madera con un escenario lleno de plantas, en medio de un bosque a 100 metros del mar. Se junta un artista de jazz, con uno de tango, con uno de rock, con uno de trap, de rap.
—Un escenario especial...
—¡A todos les encanta y todos vuelven! La clave de los boliches es que tengan mística. Y nosotros hemos trabajado mucho en la mística de Medio y Medio: hoy la mística no es nuestra, es de todos; es lo que nosotros le aportamos, el contexto que nosotros dimos, pero también la de los artistas que han pasado. Es un lugar donde puede venir Charly García a pasarla bien en un camarín, donde un artista puede festejar un cumpleaños; este año festejaron Ciro, el Zorrito y El Ruso, de Conociendo Rusia. Ese es el mayor premio que te pueden dar como boliche: que los artistas se sientan tan cómodos y felices acá que vienen con sus amigos a celebrar.

—¿Siempre fue tu idea llevar adelante un lugar así?
—No podía haber proyectado a los 18 años lo que hoy tengo y tampoco puedo proyectar ahora lo que voy a tener dentro de 20 años, pero la vida te va marcando caminos, te va mostrando cosas y yo tenía la energía de crear un lugar muy feliz para los artistas y para la gente que escucha música. Tenemos más de 100 empleados y trabajamos más de 500 cubiertos por día en el restaurante; en los shows en el formato de pie pueden entrar hasta mil personas. ¡Es mucha gente la que pasa todos los días por acá por temporada!
—¿Cómo se despliega tu rol de productor musical?
—Es como un director de orquesta. Tengo mi equipo, mis encargados, que a la vez tienen sus empleados. Nos encargamos de que esta maquinaria funcione y que parezca que nadie está haciendo nada sustancial para que suceda. En realidad, hay mucha gente haciendo cosas sustanciales, pero vos acá no ves gente ni corriendo ni gritando porque atrás hay un equipo. Tenemos un equipo que disfruta de estar trabajando acá.
“Es amor por la música”
—¿Dónde se aprende a ser productor musical?
—En la calle, porque cuando yo me formé, cuando yo empecé esto, todavía no existían las carreras de información, de gestión cultural, que tampoco creo que te den esto. Te dan información técnica, pero esto es amor por la música, capacidad de trabajo y oficio empresarial para que las cosas cierren, porque todo esto está divino, pero si no cierran los números, no funciona ni para nosotros ni para los artistas.

—¿Pensás que podrías hacer algo similar en la Argentina?
—Creo que podría hacerse en cualquier lugar bello, interesante, una linda tierra que tenga historia y donde exista un productor con ganas de hacerlo. No digo que sea fácil de replicar, ni loco, porque ni para mí, que tengo la experiencia, es fácil de replicar en otro lado... Si bien tenemos ya nuestros formatos en Río de Janeiro hace 3 años y dentro de poco vamos a abrir en Madrid, son formatos más reducidos. La idea es llevar la esencia de acá a otro lugar para generar un puente de conexión, pero sin replicarlo exactamente. Los buenos productores, los que perduran, se sostienen amando la música y amando a los artistas. Te puedes salir un negocio, pero esto que sucede acá no pasa si vos no amás la música y en la Argentina, obviamente, hay muchos productores que aman la música.

—¿Cómo nació tu pasión por la música?
—En mi casa no hay ninguna historia de músico ni de productor, pero sí de grandes escuchas. Todo el mundo escuchaba mucho y se emocionaba mucho con la música. Hay solo un precedente de mi familia cuando en 1986 y 1987 existió otro Medio y Medio, más chiquitito, que lo abrió mi padre con un tío. Duró 2 años nomás, se llamaba igual, por eso tomamos el nombre en honor a ese Medio y Medio, que también es el nombre de una bebida típica tradicional del Uruguay. Además, la idea de Medio y Medio habla de nuestras dos grandes mitades: la música y la gastronomía.

—¿Hubo música en ese primer Medio y Medio...?
—Sí, en aquel primer viejo Medio y Medio hubo dos shows, uno por temporada de Jaime Roos. Y eso también fue fundacional para mí. Yo tenía 9 años; me acuerdo de esa experiencia, fue muy movilizante. De hecho, muchos años después, yo terminé también produciendo a Jaime Roos. Lo vi aquella vez siendo un niño y me lo encontré muchos años después, a los 22 años. Yo ya era productor de Liliana Herrera y ella me lo presentó en un camarín. Enseguida le dije: “Mi padre tenía un boliche, que vos fuiste a tocar, yo era chiquito”. ¡Y Jaime se acordaba todo! Me dice: “Yo me acuerdo de vos, vos hacías muchas preguntas, te interesaba demasiado todo para tu edad... ¡Y nos sacamos una foto juntos! Muchos años después encontramos aquella foto y no lo podíamos creer.
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