
Molière, de un sillón a otro
Hacia 1820, se dice, un campesino mal entrazado se detuvo frente a la Biblioteca Nacional, en París, y entró en el majestuoso edificio para ofrecer lo que traía en su carreta: un montón de papeles amarilleados por el tiempo y medio comidos por las lauchas. No pasó de la "cour d´honneur". Su solo aspecto movió al portero a despedirlo sin más; y éste, al contar más tarde el episodio a sus superiores, añadió que el contenido de la carreta no tenía ninguna importancia: "Eran papeles de Molière", informó. Nunca más se supo del campesino, ni de su burro.
En su biografía de Molière -¡setecientas ochenta y nueve páginas!-, editada por Fayard, Roger Duchene presume que la anécdota es apócrifa, pero se sirve de ella para basar su tesis: en realidad, sabemos muy poco del dramaturgo sobre quien descansa, prácticamente, la gloria del teatro francés. Corneille y Racine son, acaso, más trascendentes (la eterna cuestión: ¿es la tragedia más importante que la comedia?), pero la cereza de la torta, como suele decirse, es, sin duda, Jean-Baptiste Poquelin -su verdadero nombre-, nacido en París el 15 de enero de 1622 y muerto en la misma ciudad, el 17 de febrero de 1673, pocas horas después de haber interpretado al protagonista de su obra "El enfermo imaginario".
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Uno de los tesoros más preciados en el Museo de la Comedia Francesa es el sillón que usó Molière en esa oportunidad y en el cual, se dice, expiró. Hubo otro en la barbaría de Pézenas, al sur de Francia. Aparte de estos asientos, que deben su fama a las ilustres posaderas que supieron albergar, y del registro de contabilidad que llevaba uno de sus actores, La Grange (también conservado en la Comédie), con los ingresos y los gastos de la compañía, apenas si se conocen otros datos de la vida íntima del célebre autor: por ejemplo, que la cama en que nació tenía dosel y cortinas verdes, o que a su muerte se hallaron en un arcón nada menos que treinta y seis pares de zapatos.
Pero no quedan manuscritos originales, ni cartas de su mano, ni aportes de amigos, admiradores o mecenas. Hijo de un respetable burgués, maestro tapicero del rey y hombre de fortuna, el teatro atrajo al joven Jean-Baptiste, de veintidós años, a través de los encantos de una actriz, Madeleine Béjart. Juntos fundaron una compañía con el portentoso nombre de El Ilustre Teatro. Velozmente fueron a la quiebra, y Molière a la cárcel por no poder pagar la factura de unos velones de cera. A partir de allí, se suceden trece años de picaresca y de aventuras, transcurridos en giras por las provincias.
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Por ahí aparece un registro parroquial, o un permiso para actuar. Pero no se sabe con exactitud cuándo empezó Molière a escribir para el teatro, o cómo fueron sus primeras obras. Probablemente, dice el biógrafo, farsas improvisadas, a la manera de la Comedia del Arte. Sea como fuere, en 1658, la compañía vuelve a París, bajo la protección de encumbrados personajes: el príncipe de Conti, luego el hermano de Luis XIV, Monsieur, el duque de Orleáns, y por fin el rey mismo.
Las treinta y tres piezas que han sobrevivido fueron escritas durante los quince últimos años de la vida de Molière. Pero los tropiezos y las intrigas que rodean esa etapa exceden los límites de esta columna y bien merecen que se les conceda otra, muy pronto.
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