
Sobrevivieron a las drogas y a las groupies. Regresaron con la gira más exitosa de 2005 y cada uno se lleva medio millón por semana.
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Si Mick Mars no estuviera sobre el escenario todas las noches, viendo a chicas apenas mayores de edad mostrándole las tetas, estaría muerto. Hace unos meses, antes de que el guitarrista de Mötley Crüe, de 53 años, se juntara con sus compañeros de banda para lo que resultó la gira más exitosa de 2005, estaba encerrado en una casita de Los Angeles, durmiendo sobre un colchón inflable. Su cara estaba enmarcada por una tupida barba, pesaba 45 kilos y no podía caminar solo. Había entrado en una depresión severa desde que se había separado de su novia –la tercera de una serie de esas cazafortunas con las que tiene tendencia a engancharse– y había sido forzado a abandonar su casa antes de que terminara de contaminarse con el moho, que igual ya le había causado una neumonía tan fuerte que su médico le dijo que tenía dos días para irse. Tenía adicción al OxyContin y tomaba tantos calmantes que estaba convencido de que unos extraterrestres estaban tratando
Sobre un colchón inflable. Su cara estaba enmarcada por una tupida barba, pesaba 45 kilos y no podía caminar solo. Había entrado en una depresión severa desde que se había separado de su novia –la tercera de una serie de esas cazafortunas con las que tiene tendencia a engancharse– y había sido forzado a abandonar su casa antes de que terminara de contaminarse con el moho, que igual ya le había causado una neumonía tan fuerte que su médico le dijo que tenía dos días para irse. Tenía adicción al OxyContin y tomaba tantos calmantes que estaba convencido de que unos extraterrestres estaban tratando de abducirlo. En definitiva, Mars estaba completamente ido.
Pero el otoño pasado, Mars se vio a sí mismo en una habitación junto al resto de Mötley Crüe –el cantante Vince Neil, el bajista Nikki Sixx y el baterista Tommy Lee–, algo que no ocurría desde hacía casi cuatro años.
Inspirado por un promotor inglés que buscaba que se reuniera Crüe, el mánager de la banda, Allen Kovac, empezó a ver si podía armar una gira de regreso. Hacer que los tipos olvidaran sus rencillas era tarea fácil comparada con poner a Mars en forma.
El guitarrista había sufrido gran parte de su vida de un mal congénito que degenera los huesos, llamado espondilitis anquilosante, que hizo que las vértebras de su espina dorsal fueran gradualmente fundiéndose entre sí, lo que terminó impidiéndole pararse completamente derecho. Pero el otoño pasado su condición había empeorado tanto que necesitaba un urgente reemplazo de cadera; y Kovac y sus compañeros de banda convencieron a Mars de que se sometiera al duro trance. “Le dije que iba a ser más fácil conseguir un guitarrista estrella en su lugar, como Dave Navarro, que ayudarlo a que estuviera mejor”, dice Kovac. “Pero queríamos hacer esta gira con él, porque, si no, no sería realmente Mötley Crüe.”
“Se lo veía muy frágil”, dice Neil. “Tommy y yo teníamos nuestras dudas acerca de si iba a ser capaz de hacer este show. Creo que sin la motivación de Mötley, Mick seguiría sentado en su casa hablándole a las paredes.”
Pero eso no pasó. Mars, como el resto de la banda, está sacando medio millón de dólares por semana con una gira de once semanas, a la que se le han agregado cincuenta y siete shows más hasta octubre. Cuando algunos productores se enteraron de esta gira (Red, White and Crüe), muchos prefirieron pasar de largo. Entonces la banda arregló, sola, doce fechas, que se agotaron tan rápido que los organizadores regresaron con la cola entre las patas, y la banda pudo exigir un precio mucho más alto. Por medio millón a la semana, es fácil dejar las diferencias de lado y comportarse bien.
Sumados, los cuatro, se casaron once veces, tuvieron trece hijos, confraternizaron con cientos de groupies y aspiraron, fumaron, tragaron y se inyectaron drogas suficientes como para matar a un pequeño ejército. A mediados de los 80 les gustaba picar las pastillas de Halcion (un tranquilizante) y mezclarlo con cocaína para crear un efecto zombie que se adelantó más de una década al del Red Bull con vodka. Fueron arrestados por delitos tan nimios como exceso de velocidad y por otros de mayor escala, como homicidio culposo (en 1984, Neil, borracho al volante, atropelló y mató al baterista de Hanoi Rocks, Nicholas “Razzle” Dingley). Los 80 fueron su década, y cuando la década terminó, también terminó la relevancia de Crüe. Y como sus álbumes de comienzos de los 90 vendieron muy mal, las tensiones en la banda escalaron a una altura monstruosa y Lee abandonó el grupo (después de un encontronazo físico con Neil en el aeropuerto de Las Vegas).
De todos modos, era sólo una cuestión de tiempo hasta que la nostalgia por los 80 surgiera y el mercado pusiera de nuevo a la new wave en la radio… y resucitara a Mötley Crüe. En relación con otros regresos, éste es gigante en serio. Repasemos: con su reciente colección de grandes éxitos, Red, White and Crüe, lanzaron un single que llegó a la cima de los charts, “If I Die Tomorrow”. Su autobiografía grupal de 2001, The Dirt, está siendo adaptada para una película. Este verano, Lee lanzará su tercer álbum solista y protagonizará un reality show en nbc: Tommy Lee Goes to College. Neil tiene planeado un disco solista para la misma temporada. Sixx publicará el año próximo su autobiografía, The Heroin Diaries. Y un nuevo álbum de Crüe ya está en marcha.
Pero su prioridad es la gira de regreso, que empezó a mediados de febrero. En la primera fecha, en Fort Lauderdale, hubo muchos nervios. Mötley Crüe nunca había ensayado el concierto de dos horas y media –que incluye pirotecnia, contorsionistas femeninas semidesnudas y, por supuesto, un enano–, pero habían hecho un show de prueba en Puerto Rico unas noches antes. “El backstage era como Sodoma y Gomorra”, me cuenta Kovac. Me costó imaginármelo: en la semana que pasé junto a la banda, durante casi todo el tiempo las cosas fueron tan peligrosas como una reunión de padres. Mars y Sixx están sobrios, y Neil restringe su bebida a unos pocos vasos de vino por noche. Con excepción de Lee, cuyo micro de gira está equipado con una máquina Jägermeister y cuyo camarín está lleno de groupies, Mötley Crüe ya no es una banda dedicada a coger y drogarse por todo el país.
Salvo cuando están arriba del escenario, que son los mismos Mötley Crüe de siempre, viejos y gloriosos, haciendo sonar “Shout at the Devil” y “Dr. Feelgood” para las multitudes que se componen en partes iguales de viejos con cabezas quemadas, chicos bien de treinta y pico, jóvenes tatuados que quieren ser rockeros y putitas de todas las edades. Para cuando los Crüe, luego de dos semanas de gira, llegan a su show de localidades agotadas en el Madison Square Garden, Mars y Lee están pasando el mejor momento de sus vidas. Al final del show, Lee apunta con una cámara de video hacia varias chicas del público, quienes alegremente levantan sus remeras. Alentado por Sixx, Lee se agarra la bragueta, mueve la pelvis, sacude un poco la pija y estalla en carcajadas.
“Antes de empezar estaba un poco aprehensivo”, dice Lee. “Me preguntaba si iría a interesarle a alguien. Ahora estoy como loco. Me había olvidado que le gustábamos a tanta gente.”
Son las cuatro de la mañana, y Lee acaba de pasar una mezcla de house duro y tecno en un boliche de Atlanta, la noche libre de Crüe. En la parte trasera del club, sobre una cama tamaño king, dos o tres chicas se desesperan por captar la atención de Lee con la parte de arriba de sus vestidos y crean una escena de falso lesbianismo usualmente reservada para los videos porno. “La verdad es que esta noche, aquí, no hay ninguna chica con la que me den ganas de jugar”, dice él en un momento. “Jugar”: ése es el eufemismo que usa Lee para “fornicar”.
A las 6 am, el baterista de 42 años ha tenido suficiente. “No quiero a toda esta gente en mi micro”, le dice a su asistente. Pero cuando nos subimos, ya hay algunas chicas esperándolo en los sillones de adelante, entonces nos encaminamos a su dormitorio y cerramos la puerta. No quiere ninguna novia en este momento, y dice que está tratando de disfrutar el mayor placer que la gira le da. “Podés no creerlo, pero estoy muy exigente con las chicas”, dice. “En la gira, conseguir una es como ir a Burger King: comida rápida. Después no te sentís bien, pero tuviste lo que querías, algo de satisfacción.” Durante los cinco días que paso junto a Mötley Crüe, Lee consigue lo que quería al menos con tres chicas diferentes, incluyendo a una exótica morena de Miami con la que viajó –en primera clase y con su chihuahua– para tener algo que hacer durante el día libre en Cleveland. Lee nació en Atenas, Grecia, primogénito de Vassilikki (su madre, ex Miss Grecia) y David (su padre, un sargento de la armada norteamericana que viajaba mucho). Al poco tiempo se mudaron a un suburbio de Los Angeles. A Lee no le iba muy bien con las notas, pero sí en la banda de la escuela secundaria. Entre sus pares era conocido como el “loco de la banda”, pero decidió que si iba a ser un marginal al menos sería un marginal cool. Lee es el miembro más joven de Mötley Crüe y el que más problemas tiene con su identidad como músico. Después de todo, él es el más célebre individualmente (en gran parte gracias al video casero, filtrado en 1997, en el que se lo ve en ocho posiciones diferentes con su ex esposa Pamela Anderson). Cuando saca la pija en el escenario, por un minuto es difícil ver quién es la estrella más importante. (En su reciente autobiografía, Tommyland, su pene habla como el álter ego de Lee.) Aun así, Lee es consciente del peligro de ser el bufón. “Hay una parte de mí que dice: «No soy el Sr. Pamela Anderson, no soy Tommy de Mötley Crüe»”, confiesa. “¿No puedo ser simplemente Tommy?”
Para ser el tipo que se pasó cuatro meses en la cárcel cuando Anderson lo acusó de violencia doméstica, parece más un cachorro que un depredador: dulce, alegre, afectuoso, deseoso de complacer. Cuando voy hacia la parte delantera del micro, a eso de las 7 am, todavía hay tres chicas sentadas allí con los sacos puestos, impacientes. “¿Podés decirle a Taaaaamy que venga a decirnos «chau»?”, murmura una de ellas, que busca parecer amable pero termina sonando agria. Paso el mensaje y Lee suspira. “Estoy cansado. Sólo quiero irme a dormir”, dice. Pero después de unos minutos de hablar con las chicas, tiempo durante el cual escucho susurrar la palabra “jugar” una docena de veces, él regresa al fondo del micro, se acerca a mí y me dice: “Escuchá lo que me dijo: «Te la voy a chupar como nunca en tu vida, y después te podés ir a dormir».”. Ahoga una risa y se lame los labios por millonésima vez. Buscando aprobación, dice: “¿Cómo me puedo negar a eso?”.
Al día siguiente, la chica ya no está (la chupada estuvo “meramente bien” según su descripción), y Lee está en la cama, apoyado sobre los codos, mientras el micro avanza desde Atlanta hasta Greenville, Carolina del Sur. Me muestra los tatuajes de sus muñecas, con los nombres de sus hijos, Brandon y Dylan, escritos con trazos infantiles, copiados de los chicos por un tatuador profesional. “Si las cosas –dice pensativo– pudieran funcionar con Pamela... Estos chicos son lo más importante para mí, y Pamela es su madre...” Su voz descarrila y los ojos se le llenan de lágrimas. Me apunta con un dedo y fuerza una sonrisa. “No voy a llorar”, dice. Y, por ahora, no llora.
Al tercer dia de la gira, mick Mars pasa su día libre en Tampa, en su habitación de hotel, tocando la guitarra y viendo un especial de Patti LaBelle por vh1. Puso una toalla enroscada sobre la parte de abajo de la puerta, pero no es para evitar el chiflete. La pone por la misma razón por la que coloca una bolita de papel en el agujero del picaporte. No quiere que nadie espíe. “De esta manera, cuando me pongo así”, dice sacando el papel y apoyando su ojo azul sobre el hueco, “no saben que estoy allí”. Agachado, levanta los ojos para encontrar los míos y, con calma, agrega: “Estoy loco, ¿no?”.
Mars siempre sintió eso: antes de Crüe, estaba en una banda llamada Vendetta, que encontró tras poner este aviso en un periódico de Los Angeles: “Guitarrista extraterrestre disponible para otros aliens que quieran conquistar la Tierra”. Ahora, incluso cuando está descansando, con un pantalón de jogging negro y un buzo termal que es tres talles grande para su escasa altura, Mars parece un enfermizo personaje gótico, una de esas criaturas simpáticas que a uno le dan ganas de llevarse a su casa, y cuidar y curar. Es de pocas palabras pero, cuando habla, por lo general se trata de una broma autodenigrante. Acerca de encontrar una nueva novia, dice: “Estoy buscando a la mujer indicada. Estoy pensando en Angelina Jolie, pero es demasiado joven. ¿Cuántos años tiene Charlize Theron?”.
Mars, el integrante de Mötley Crüe de mayor edad, nació como Bob Alan Deal en Huntington, Indiana, en 1951. Comenzó a tomar drogas –mayormente antidepresivos y Seconal– al final de su adolescencia, cerca del momento en que dejó embarazada a Sharon, su novia de 16 años. (A su hijo mayor, Les Paul, le seguirían otros dos hijos.) Desde que le diagnosticaron la espondilitis anquilosante, Mars tuvo varios romances esporádicos con distintas sustancias, pero el alcohol y las pastillas siempre fueron sus favoritas, lo único que le ayudó a olvidar la agonía que estaba atravesando.
“Cuando tomaba OxyContin –dice– deliraba, estaba convencido de que unas mujeres con cara de gato se me tiraban encima y trataban de ahogarme. Y no eran mujeres-gato como Halle Berry, porque eso hubiera sido más divertido.” Finalmente, Mars dejó las pastillas en noviembre. Tiene un acompañante terapéutico durante la gira, quien le administra sus medicinas diarias: anticonvulsivos, píldoras para evitar el rechazo de su cadera de titanio y antiinflamatorios.
Todo eso vale la pena, para poder regresar con la banda a la que nunca consideró acabada. “En mi propio mundo –dice– sabía que algún día volveríamos a juntarnos. Tommy, Nikki y Vince seguirían con su espíritu bestial que trasciende la muerte, y yo seguiría con la música. Ya no soy un hombre joven, pero no soy lo suficientemente viejo como para retirarme.”
En febrero, antes del cumpleaños número 44 de Vince Neil, Sixx llamó al cantante para preguntarle qué quería de regalo. “Le pregunté si tenía un iPod”, dice Sixx, quien está desesperadamente aferrado a su iPod de 40 gigas, cargado con todo, desde los Rolling Stones hasta The Mars Volta. “Y él me respondió algo rarísimo: que no necesitaba un iPod. «No escucho tanta música», dijo.”
Neil apareció en la primera temporada de The Surreal Life, por vh1, y se sometió a una transformación de cara casi completa (cirugía de nariz, levantamiento de párpados, implantes en las mejillas) para el programa Remaking Vince Neil [rehaciendo a Vince Neil] de comienzos de este año. No era la primera vez que pasaba por el bisturí. El cantante se crió en Compton, donde una vez un miembro de Crisp que quería el dinero de su helado le cortó la cara. Aprendió que la mejor manera de defenderse de los matones era convertirse en uno. Antes de que lo echaran de la secundaria, Neil dividía su tiempo entre el surf, cantar con su banda –Rock Candy– fumar porro mezclado con polvo de ángeles y, generalmente, causar estragos.
Sin embargo, este hombre, que se abrió la cara por televisión nacional, sorprende por ser reservado en sus respuestas. Es retraído, incluso más que el extraño Mars. Tal vez sea porque es el único que fue expulsado de la banda (en 1994 fue reemplazado por el cantante John Corabi, con la esperanza de darle a la banda un sonido más actual y más grunge), pero luego fue recontratado.
Neil participó en algunos negocios paralelos, como una nueva línea de vinos de Napa, una cadena de restoranes Feelgood, un bar y una tienda de bicicletas en el Hard Rock de Las Vegas, y una pastilla contra la resaca llamada ru-21. “Todo tiene que ver con el alcohol”, señala. De todos modos, su prioridad es Mötley Crüe. “Los demás negocios son sólo negocios”, dice. “Esto es lo que yo hago. Esto es lo que amo.”
Cuando lo conozco en el hotel, está comiendo un desayuno fuerte en proteínas, con huevo y panceta. Desde que comenzó a trabajar para Remaking, sigue una rutina de ejercicios, y perdió casi diez kilos para el programa. Neil fue “rehecho” y, de alguna manera, renació. Se casó con su novia, Lia Gerardini (con la que salía desde hacía cinco años), en enero en Las Vegas, en una ceremonia oficiada por su compañero en The Surreal Life, mc Hammer. La pareja escribió sus propios votos, y después de decir los suyos, Neil comenzó a sollozar. “Me puse a llorar, Tommy se puso a llorar y después Nikki se puso a llorar”, cuenta. “Todos estos tipos grandes y rudos, llorando como bebés...”
La vida hogareña en Las Vegas es tranquila. El y Lia no planean tener hijos, dice él, aunque tal vez adopten “algún chico indigente europeo o algo así”. Tienen dos cockers spaniel –Cakes y Crakers–, y eso por ahora es suficiente. “Nuestros bebés son los perros”, dice y, mostrando por primera vez algo de entusiasmo, saca su celular. “¿Querés ver una foto? Tenemos una niñera de tiempo completo que se queda en casa y cuida a los chicos, quiero decir, a los perros. Ayer a la mañana comieron omelettes y gelatina. Al mediodía, fideos con pollo.”
Nikki sixx, cuyas incursiones sexuales del pasado incluyen haber metido el auricular del teléfono del cuarto del hotel en la parte más íntima de una groupie para luego proceder a hacer un pedido al servicio de habitación, recientemente tuvo la “charla sobre sexo” con su hijo Gunner, de 14 años. El bajista, de 46, pensaba comenzar su discurso con términos clínicos, pero cuando el mayor de sus cinco hijos giró los ojos hacia atrás, Sixx fue directo al punto. “Amigo, yo lo vi todo”, le dijo. “Si vas a conseguir una conchita y no envolvés esa cosa, te vas a morir. No es como en los viejos tiempos. Yo solía cogerme todo. Todo lo que hacía era darme una inyección de penicilina para eliminar los bichos.” Gunner abrió los ojos. “¿Bichos?”, exclamó. “No sé quién estaba más asustado, si él o yo”, dice Sixx, sacando el filtro de su cigarrillo mentolado Nat Sherman. “No quiero tener una charla sobre sexo. ¡Todavía siento que yo tengo 14 años!”
Sixx nació como Franklin Carlton Feranna en San José, California, pero en 1980 se cambió legalmente el nombre por Nikki Sixx; no quería tener el nombre del padre que lo había abandonado. Vivió con sus abuelos maternos gran parte de su infancia, y juntos se mudaron muchas veces, parando por breves períodos en México, Idaho y Texas. Siempre era el chico nuevo en la escuela, y la pasó mal tratando de encajar. Su identidad se definió por el hecho de que nunca sería como los demás.
Además de algunas líneas de la cara y algunos centímetros en la cintura, este Sixx se parece bastante al de los 80. Su pelo negro se yergue en su cabeza, y su atuendo condice con lo que se pondría un adolescente: pantalones anchos, una cadena en la cintura, una remera militar con las mangas arrancadas, borceguíes negros. Pero, al igual que sus compañeros de banda, el bajista ha crecido, le guste o no.
Hace un par de meses, en las páginas de esta misma revista, Sixx dijo que se imagina que la música que se escucha en el infierno es parecida a la de Ashlee Simpson. Después la vio por televisión con una remera de Mötley Crüe. “Me dio pena”, dice. “Alguien le puso esa remera. Alguien le escribió las canciones. Alguien hizo todo por ella. Hay que tener ganas de hacer que la gente te odie por hacer algo en lo que creés.”
Más allá de este ataque de odio contra todo lo mercantil, Sixx tiene una mente astutamente comercial. Ultimamente estuvo tratando de pensar cómo grabar un nuevo álbum de Crüe que conjugase sus intereses musicales actuales con el sonido de la vieja escuela de Crüe, ese sonido que hizo de la gira un éxito tan grande. “Tengo claro que Mötley Crüe puede crecer y cambiar”, dice.
Pero está el peligro de que un Mötley Crüe adulto –sin drogas, sexo alocado y choques automovilísticos– no tenga el mismo atractivo para los compradores jóvenes que se entusiasmaron con la banda mientras leían The Dirt. “La verdad, me chupa un huevo”, dice Sixx antes de que su cerebro cambie de canal. “Por otra parte, mi psicótica personalidad dice: «¿No estaría bueno que nos separásemos en medio de la gira?». ¿Qué chances pensás que hay? Esta gente, yo incluido, es adicta a la locura. A veces, cuando estás de gira, robar un auto no parece una idea tan mala. Gracias a Dios me recetaron Zoloft.”
Pero por más importante que Mötley Crüe sea para él, ninguna locura del rock & roll se va a interponer entre él y su sobriedad. “Cuando descubrí la heroína, descubrí una manera de matar la confusión”, dice. “Uno esconde sus sentimientos y lo que le pasa porque su padre lo abandonó o por no tener una madre que te mande una tarjeta de cumpleaños. Lo que se siente ser un fugitivo, vivir en el auto de alguien. Uno se guarda todo, pero eso crece como un cáncer, y en un punto se apodera de vos. «¿Quiero estar aquí o quiero estar allá?» Quiero estar aquí. Nunca tuve papá ni mamá. Pero conseguí ser uno. Estoy tratando de redimir mi propia infancia a través de mis hijos. Este es el lugar en el que quiero estar, y si a alguien no le gusta, que se vaya a la mierda.”





