Murió João Gilberto, el hombre que diseñó el ADN de la bossa nova

Fue uno de los grandes creadores de la música del Brasil
Fue uno de los grandes creadores de la música del Brasil
Mauro Apicella
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6 de julio de 2019  • 19:26

Este sábado, a los 88 años, murió el guitarrista João Gilberto, uno de los pilares fundamentales de la música de Brasil y uno de los creadores, junto con Tom Jobim y Vinicius de Moraes, de la bossa nova. Fue el hombre que le dio identidad a uno de los géneros más representativos de Brasil. Porque ese refinamiento estético que desarrolló con su guitarra, a lo largo de su carrera, fue ni más ni menos que el espejo de una música que resultó de la sofisticación del popular samba y su punto de contacto con el jazz.

Este sábado por la tarde, a través de las redes sociales, sus familiares comunicaron la noticia sobre su fallecimiento en su casa de Río de Janeiro. Sin embargo, no informaron sobre la causa de la muerte.

Este año se cumplen seis décadas del LP Chega da saudade, que no solo fue su primer álbum en solitario, sino que terminó siendo reconocido con los años como uno de los discos fundacionales y referenciales de la bossa nova.

La precuela de su carrera en solitario había sido el disco Canção do Amor Demais, de la cantante Elizeth Cardoso, que traía temas de Jobim con letras de Vinicius.

De ahí en adelante la bossa nova era la "nueva ola" que, lejos de las tendencias juveniles mundiales efusivas y extravertidas de esos años -porque no hay que olvidar que a muchos kilómetros al norte de Brasil estaba naciendo el rock & roll-, proponía intimidad y sofisticación.

Las canciones eran nuevas, pero João Gilberto tenía el talento también para hacer versiones de clásicos del samba, por ejemplo, con este nuevo lenguaje.

El músico que se convirtió en uno de los más grandes que ha dado Brasil nació en Juazeiro, el 10 de junio de 1931, como João Gilberto Prado Pereira de Oliveira.

Aprendió a tocar la guitarra de manera autodidacta. A los 19 años se mudó a Río de Janeiro e integró la banda Garotos da Lua, con la que grabó un par de discos.

Sin embargo, su destino no estaba allí, sino en ese mágico diálogo de sus dedos con la guitarra y en los proyectos que compartió con otros músicos famosos.

Ya en los sesenta la bossa nova tenía fama mundial. Había traspasado las fronteras de Brasil y músicos del jazz como Stan Getz buscaban una conexión brasileña para sus proyectos. Y lo logró, de hecho el disco que grabó con Gilberto obtuvo un Premio Grammy.

En toda su carrera Gilberto registró cerca de 20 discos. Entre estos hay varias grabaciones en vivo, una serie de registros que comenzó con el Getz-Gilberto, que es el testimonio de un concierto que ofrecieron en 1965 en el Carnagie Hall y culminó con un espectáculo en Tokio en 2004.

De sus discos de estudio más destacados, el último es Voz e Violão, con un repertorio de temas muy clásicos de su carrera. En aquella discografía también hay grabaciones realizadas en México, de principios de la década de los setenta, cuando se instaló en aquel país, y álbumes en los que se exhibe su acercamiento a los tropicalistas Caetano Veloso, Gilberto Gil y Maria Bethânia, con quienes trabajó para el disco Brasil, en 1981.

Tal vez su trabajo discográfico más singular sea João, porque para ese CD de 1991 prescindió de la obra de Jobim y se hizo de canciones en castellano y de temas de Caetano.

El arte de su música estaba en ese estilo tan retraído que tenía para sentarse frente al público, con una guitarra. Tanto que en algunos momentos de su vida eso pudo atentar contra la posibilidad de continuar con su actividad de conciertos.

Desde mediados de la década del noventa sus actuaciones comenzaron a ser más esporádicas. Afortunadamente, el público porteño tuvo la posibilidad de disfrutarlo, a veces solo, con su guitarra, y la última, en 1999, con un invitado de lujo: Caetano Veloso.

Dejó, además, un legado musical dentro de su familia en la voz de Bebel Gilberto -hija del segundo matrimonio del artista con la hermana de Chico Buarque, la cantante Miúcha-.

También el músico João Gilberto fue un hombre común y corriente, con las mismas virtudes y defectos; con problemas financieros que lo obligaron, el año pasado, a dejar el departamento de Leblon, en Río de Janeiro, que alquilaba. Pero en algunos años nadie se acordará de eso. Solo quedará aquello que trasciende. El sonido pequeño de su voz y la "batida" de su guitarra ya son eternos.

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