Murió Peter Fonda, un símbolo de la rebeldía en el cine

Peter Fonda tenía 79 años
Peter Fonda tenía 79 años Fuente: Archivo - Crédito: Reuters
Marcelo Stiletano
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16 de agosto de 2019  • 20:35

A los 79 años murió Peter Fonda, integrante de una de las familias actorales de mayor arraigo en Hollywood y, al mismo tiempo, símbolo de una corriente contracultural que en los años 70 decidió enfrentarse con ese sistema. Lo hizo, sobre todo, a través de una película que marcó como ni ninguna ese tiempo histórico: Busco mi destino.

Fue hijo del ilustre Henry Fonda, uno de los mayores actores del Hollywood clásico, y hermano menor de Jane Fonda, reconocida estrella que también se identificó en su momento con las acciones más radicalizadas del mundo actoral contra el propio sistema del que llegaron a formar parte. Sus dos hijos también heredaron la identidad artística que caracteriza a toda la familia: Bridget, reconocida actriz y figura de películas como Jackie Brown, y el menos conocido Justin Fonda.

El actor, guionista y director llevaba mucho tiempo luchando contra un cáncer de pulmón y falleció esta mañana en su casa de Los Ángeles por una falla respiratoria, según informó su representante. "Estoy muy triste. Pude compartir a solas con él hermosos momentos en los últimos días. Estaba riendo cuando nos dejó", dijo Jane Fonda en una declaración.

Como correspondía a alguien de su apellido, su acercamiento a la actuación llegó muy temprano. Todavía era un estudiante de la Universidad de Omaha cuando tuvo su primer reconocimiento como protagonista de una puesta de Harvey, y no tardó en llegar a Broadway, donde debutó en 1961.

Encontró su lugar en el cine y en el mundo a partir de 1967, como protagonista de una sucesión de películas identificadas con un tiempo de cuestionamientos contundentes a la cultura y afirmación de alternativas ligadas al movimiento hippie, en las que también se reivindicaba la libertad sexual y el consumo de drogas alucinógenas como el LSD.

Todo empezó de la mano de Roger Corman, quien lo convirtió en protagonista de su primera película en la que aparece subido a una motocicleta: Los ángeles salvajes (1966). Luego llegaron El viaje (1967), todo un retrato de una travesía psicodélica estimulada por las drogas, y la posterior alianza con su compañero de elenco Dennis Hopper, con quien llevó adelante la experiencia de Busco mi destino, todo un emblema del cine de los 70, un viaje geográfico y personal " en busca de Estados Unidos" en motocicleta que además fue un inmenso éxito comercial y le dio a Fonda su primera nominación al Oscar como guionista.

Tres décadas después, lejos de aquéllas imágenes de rebeldía y provocación, un Fonda mucho más sereno y cercano en apostura y presencia cinematográfica a la imagen de su padre, recuperó los primeros planos como figura central de El oro de Ulises, la historia de un veterano de Vietnam que le dio otra nominación de la Academia de Hollywood, pero como protagonista.

Nacido en Nueva York en 1939, Fonda fue un personaje célebre en Hollywood por su tendencia a vivir en soledad, alejado de cualquier círculo social. Sus últimas apariciones destacadas se remontan a una década atrás, acompañando a Nicolas Cage en Ghost Rider, el vengador fantasma, de nuevo sobre una moto, y como relevante actor de reparto de dos títulos de culto: Vengar la sangre, de Steven Soderbergh, y la remake del western El tren de las 3.10 a Yuma.

Fonda en Buenos Aires

Esa inclinación al aislamiento quedó a la vista durante el paso de Fonda por Buenos Aires, en 2005, como integrante del elenco de Cobrador, una coproducción internacional dirigida por el mexicano Paul Leduc, que pasó completamente inadvertida dos años después cuando se estrenó entre nosotros. Durante el rodaje Fonda fue una figura casi anónima, de nulo contacto con los medios. Eso no quiere decir que haya optado siempre por el silencio. En verdad siempre fue una coraza que utilizó para tomar distancia de cualquier tipo de estructura institucional, corriente de pensamiento o tendencia cultural. Siempre se mostró como un independiente acérrimo y militante. Una vez se autodefinió frente al diario español El País como "un perro malo que disfruta mientras desobedece".

En verdad, la rebeldía de Fonda quedó a la vista justamente a partir de esta conducta y no desde una postura militante ligada a alguna postura ideológica. Su condición de hijo de una leyenda viviente del cine y una figura de personalidad muy fuerte como Henry Fonda y el hecho de integrar una familia cuyos actos siempre quedaron expuestos a la vida pública lo colocó a veces en un lugar incómodo, del que siempre quiso salir y a través del cual se ganó el mote de "oveja negra" del clan familiar. Se entiende así que haya titulado su libro de memorias "Don't Tell Dad" (No se lo digas a papá).

Como si quisiera expresar a conciencia desde otro lugar esa rivalidad padre-hijo, Fonda siempre reconoció que Busco mi destino era una suerte de western contemporáneo en el que las motos sustituyen a los caballos. "Un largo viaje hacia el Este a través de la América de John Ford", dijo. De la misma manera, contó allí que la travesía de los Hell's Angels equivale a la que encaran John Wayne y Jeffrey Hunter en Más corazón que odio (obra maestra de Ford) para rescatar a Natalie Wood. Dos años después de Busco mi destino, Fonda dirigió y protagonizó The Hired Hand (estrenada en la Argentina como Pistolero sin destino), con la misma reminiscencia del cine del Viejo Oeste. Dirigir era una deuda que tenía desde Busco mi destino, cuyo crédito de realizador le pertenece a Dennis Hopper. Con el tiempo ambos rivalizaron revindicando mutuamente su condición de autores de aquélla película.

Busco mi destino marcó a Fonda de la mejor y la peor manera. De un lado le dio fama, reconocimiento, ganancias considerables y una identidad que le permitió marcar diferencias con el resto de la familia, especialmente con su padre. Del otro, le entregó un papel que lo forzó a cierta postura estereotipada de la que no pudo (o quizás no quiso) alejarse en las décadas posteriores. De hecho, en su madurez, Fonda apareció en un par de películas que resultaron certeros y logrados homenajes (Escape de Los Angeles, de John Carpenter, y la citada remake del western El tren de las 3.10 a Yuma) con ese perfil.

"Yo ya tuve mi momento de gloria -dijo en tiempos del estreno de El oro de Ulises, toda una reivindicación para su figura-. Y en realidad para mí un momento de gloria es sentarme en la puerta de mi casa y mirar el hermoso valle en el que vivo. O estar a la orilla del río pescando truchas". Sin filmar demasiado mantuvo siempre en alto su apellido. Tan distante al comienzo de su padre es muy posible que con los años haya adquirido algunos de sus rasgos, no solamente desde la fisonomía. Cuando Henry murió, contó una vez Peter que su hermana Jane se quejó porque las últimas palabras paternas estaban dirigidas al hijo mayor. Las últimas heridas de ese vínculo fraterno muchas veces roto terminaron de restañarse en las últimas horas. Jane Fonda escribió sobre la reconciliación definitiva de ambos hermanos en los últimos días y dijo, con dolor, que se había ido el "parlanchín de la familia". Hablaba de Peter Fonda, que en el cine había encontrado durante el tramo final de su carrera, en pocas y certeras apariciones, la representación de muchos de los rasgos de su padre. Una figura silenciosa, digna, calma, de mirada transparente. Alguien que decía: "Prefiero ser el capitán del barco antes que un civil en tierra".

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