Alfred Brendel, el pianista que aprendió a pensar en las teclas

Uno de los mayores músicos del siglo XX, también escritor y poeta, presenta una colección de ensayos y repasa su larga carrera; se queja del Brexit, desdeña el virtuosismo y cree que el silencio es la base de todo
Daniel Verdú
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2 de enero de 2017  

A Brendel, que corrige sus interpretaciones en sueños, el mundo le parece un lugar absurdo
A Brendel, que corrige sus interpretaciones en sueños, el mundo le parece un lugar absurdo Crédito: Corbis

BARCELONA.- Cuando conoció el resultado de la votación sobre el Brexit, Alfred Brendel, que nació en Weisenberg (Moravia, 1931), se formó en Austria y llevaba en ese momento 45 años en Londres, pensó que vivía en el país equivocado. Sin embargo, como suele intuir este empedernido pesimista entre lúcidos fogonazos de humor, todo podía empeorar. "Con Trump, la sensación es que estoy en el mundo equivocado, que ya no pertenezco a él", sostiene al comienzo de una de las pocas entrevistas que concede el legendario pianista -retirado desde hace ocho años- para presentar Sobre la música (Acantilado), la colección completa de sus ensayos musicales. A estas alturas, para él no tiene remedio. "Ya soy demasiado viejo para mudarme. Tengo mis libros y mis pertenencias ahí. Además, no podría empezar una nueva cadena de experiencias en mi memoria, pero si esto hubiera pasado hace 20 años, muy probablemente lo habría hecho."

Hace dos décadas, el mundo era un lugar muy distinto y Brendel apuraba su legendaria carrera como pianista en los escenarios ejerciendo como gran embajador al teclado de la música centroeuropea, especialmente de Schubert y Beethoven, de quien siempre se proclamó servidor. Una carrera construida lentamente y sin las aparentes cualidades de los genios que llamaban a la puerta del éxito precoz. No era un niño prodigio, tampoco el mejor en solfeo ni judío, suele bromear. "Unos tienen una gran memoria; otros, un don especial para llevar la mente a los dedos y una afinación perfecta. Eso ayuda, pero no es necesariamente el requerimiento de un gran músico. Incluso puede perjudicar, porque hace que todo sea demasiado rápido."

-Hoy, en el piano, si uno no triunfa a los veintitantos, parece que no es nadie...

-Es una situación muy desgraciada. Hay una gran diferencia con los violinistas. Ellos suelen ser niños prodigio, pueden hacer cosas extraordinarias siendo adolescentes. Para los pianistas es distinto, tienen algo más complejo que controlar. Si quiere analizar cómo alguien toca un pasaje lento de una sonata de Beethoven, espere a los 35. Para llegar al corazón de lo que un pianista es capaz de hacer, mejor espere hasta que tenga entre cuarenta y sesenta años. No creo en el éxtasis colectivo sobre esos debuts.

-¿La técnica parece que está por encima de todo?

-Hay un público que siempre se impresionará con interpretaciones llenas de bravura, que suenen lo más rápido y fuerte posible. El estándar técnico es más alto que nunca, pero el peligro en los que pueden tocar muy rápido es que no sepan tocar despacio.

Brendel combinó desde la adolescencia su labor como pianista con la pintura, la poesía y la escritura. Aquel bagaje le permitió un acercamiento más cerebral a la música que el de algunos colegas, pero no cree que en la interpretación intelectual de las composiciones.

"No se trata de analizar una pieza y luego tocarla. Es más fructífero que uno la estudie, la toque y luego piense en qué consiste y cómo está construida."

Sin embargo, también existen límites, a menudo despreciados, que destruyen ese proceso, opina. "Si uno es un intérprete, no puede decirle al compositor qué es lo que ha compuesto. Debe tomar su mensaje de forma precisa y dejar que la pieza diga qué es. Hay que leer la música y la información que contiene. Y eso es muy difícil. La mayoría piensa que es secundario y cree que debe tocar como lo siente, lo más intensamente posible. Hay que utilizar los sentimientos, pero siempre en el contexto de la música y de la obra."

Para la entrevista pide un lugar sin ruido. Su audífono le juega malas pasadas y le cuesta seguir la conversación si hay interferencias en el ambiente. "Estoy muy agradecido cuando hay silencio, silencio total. Es la base de la música, no de la que sirve al entretenimiento, y lo respeto también tanto como el sonido."

Han pasado ocho años desde que abandonó los escenarios, pero no los echa en absoluto de menos. Tampoco el instrumento. Escribe (acaba de terminar un ensayo sobre el dadaísmo), viaja dando conferencia y asesora a cuartetos de cuerdas. Después de 60 años ofreciendo conciertos, la música permanece ahora sólo en su cabeza. A veces, incluso lo asalta por la noche y él aprovecha para seguir corrigiendo errores en sus propias interpretaciones, confiesa.

Tras los conciertos, también quedaron silenciados los aplausos del público ("unos días enloquecían con algo y al día siguiente no decían nada cuando era mejor") y la voz de los críticos. "Ése es un tema delicado -bromea-. Le diré tres cosas. Primero siento gratitud, recibieron mi primer recital muy bien y significó mucho para mi carrera y para mi madre. Segundo, les tengo respeto, especialmente cuando lidian con música contemporánea y la explican al público para abrir su apetito. Y tercero, gran escepticismo cuando se creen que son dioses."

Sus problemas de oído también han complicado su afición por los conciertos de otros intérpretes.

"Pero puedo oír bien todavía correctamente el violín si tiene el timbre y el tono adecuados. Por eso adoro a los violinistas y creo que vivimos una época dorada para estos intérpretes, más que para los pianistas, particularmente para las mujeres."

A los 85 años, después de vivir la II Guerra Mundial, el nazismo y los populismos actuales, que le traen extraños recuerdos, el mundo sigue pareciéndole a Alfred Brendel un lugar absurdo. "Pero es más fácil sobrevivir en él si nos podemos reír."

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