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Está claro que lo que menos le va a faltar a la película de Horcas es banda de sonido: unas 120 canciones repartidas en diez discos de estudio (y un par más en vivo) sobran para ese fin. Pero en todo soundtrack hay un tema especial, un leitmotiv, el que se usa en el tráiler: ese, en este caso, es "Solución suicida". Ahora, una madrugada calurosa de enero en el Club Tucumán de Quilmes, "Solución suicida" suena sobre el final del primer show de Horcas de 2019, en lo que serían los bises, si la banda se preocupara por hacer la pantomima rockera de bajar del escenario, quedarse un ratito al costado y volver a salir.
Siempre la tocan a último momento y siempre es festejada por el público con rabia, desde que el grupo la grabó en Oíd mortales el grito sangrado (92), su segundo disco: "Pronto utiliza tus fuerzas/ Para vencer/ A quienes día tras día/ Ocultan la luz/ Dejando en ti las ideas/ De la corrupción y el dolor".
La letra es de Ricardo Iorio y la música es de Ricardo "Chofa" Moreno, dos ex V8 que sin saberlo estaban contando la historia de ascenso, caída y redención del grupo de otro ex V8: Osvaldo Civile, el mito, el fundador, el que los bautizó "Horcas" porque "estamos todos con la soga al cuello". (Hoy, según le dicen a un colega, podrían llamarse Perseverancia, Aguante o Respeto.) Civile es el personaje central de la película, el que lleva la trama, aunque solo aparece en flashbacks.
Como a ninguna otra banda, a Horcas la corre el pasado. "Nuestra cruz es esa", dice Norberto "Topo" Yáñez, uno de los históricos que, sin embargo, tampoco estaba en el primer ensayo (se calzó el bajo en el 91, justo después del primer disco, para reemplazar a Eddie Walker). "Acá, hagas lo que hagas, te van a criticar. Cuando vos estás en el montón, nadie habla de vos. Pero, cuando asomás un poquito, es fácil apuntarte." De hecho, ese es precisamente el karma de Horcas, el que le enrostran cada vez que pueden sus detractores: que siguen en pie aunque no quede ninguno de los miembros originales, ya sea porque se fueron o –en el caso de Civile– murieron. Los que quedaron y llegaron se pusieron como misión mantener vivo el legado, tocando sin cambiarse el nombre, en un club de barrio del conurbano o en el Rainbow de Los Ángeles.
Hubo un tiempo en el que los sobrevivientes de Horcas –como dice "Solución suicida"– estuvieron a un paso de la oscuridad, producto de estas mentes que los quisieron ahogar en el pantano cruel de la violencia. "Tenemos más discos sin Osvaldo que con Osvaldo, y lo primero que ves en YouTube es: ‘Eh, dejen de robar con Osvaldo, garcas’. Y eso te afecta, loco", dice el Topo. Walter Meza, el cantante y otro de los protagonistas del hipotético film por haber llegado a compartir banda con Civile durante dos años (entró en el 97), tiene el peor recuerdo de aquellos primeros tiempos de ausencia del amigo caído: "Nos hizo muy mal", dice. "Nos volvimos unas fieras. Yo me la pasaba cazando gente. No podía salir a la noche porque me encontraba con uno que me decía: ‘Gordo careta’ y me cagaba a trompadas."
Suena "Solución suicida", además, por la forma en la que Osvaldo se fue. No tanto por la obviedad de que se haya quitado la vida de un balazo en el pecho el 28 de abril de 1999, sino más bien por el paralelismo con una canción homónima en inglés: "Suicide Solution", aquella que Ozzy Osbourne grabó en Blizzard of Ozz de 1980 para pedir ayuda veladamente por sus problemas con el alcohol. "El vino está bien, pero el whisky es más rápido, el suicidio es lento con licor", cantaba el (entonces) ex Black Sabbath, presagiando involuntariamente el tormento de su colega metalero argentino casi dos décadas después.
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Vamos al show en Quilmes por Mitre y por Calchaquí derecho, con Sebastián Coria, guitarrista desde el 94, el tercero de los actores principales. Nos acompaña Ernesto, amigo de la banda desde siempre, que justo está cumpliendo años. Se habla de Civile, como casi todo el tiempo. Ernesto recuerda los desayunos con botellas enteras de Legui, las meriendas con alcohol fino y Tang de naranja, las largas desapariciones, la vez que salió sobrio de Aeroparque y llegó puesto a Misiones porque se hizo amigo de un chino y le tomó entero el canuto de whisky. Las excentricidades del compañero díscolo se reviven con risas, pero también se cuela algún silencio agrio. El mundo Horcas entendió de la manera más dura que el reviente no es "rock", no se festeja. Se lloró demasiado como para cometer ahora semejante acto de irresponsabilidad.
Civile tenía otra adicción menos conocida: el Scalextric. Había que atajarlo para que, después de cobrar algún billete, no se lo gastara en autitos de carrera a control remoto y se pasara el día haciéndolos dar vueltas por la pista. Sobre todo porque si algo no sobraba en aquellos días era la plata. "No teníamos para comer", cuenta el Topo. "Vivíamos en pensiones y calentábamos las salchichas en una estufa de cuarzo." Civile estaba destinado al bronce: tocó el instrumento-falo del rock & roll en la primera gran banda de metal pesado del país, en una época anterior a las redes sociales en la que los músicos eran entes etéreos que no se humanizaban con selfies y canjes, y, para peor, se murió a los 40 años y de una forma que el rockero medio, siempre afecto a confundir autodestrucción con autenticidad, mira con cierta admiración morbosa. Pero detrás del personaje unidimensional de guión falopa había un hombre que no siempre entraba en los cánones mitológicos.
¿Era difícil Osvaldo?
Meza: No era Pomelo, eh. Era un chabón intimista. La gente pedía de él lo que él sabía hacer, que era estar recontra loco. La gente lo quemó también y nadie se hace cargo. Le incendiaban el cerebro. Le gritaban: "Borracho, borracho", y a él no le gustaba eso. Era muy familiero, muy de estar con nosotros, tomar un mate, leche chocolatada, y le decías: "¿Vamos a ensayar, Osvaldo?", y decía: "Vamos". El loco estaba con su abstinencia y tenía ganas de tocar con nosotros. Esas son satisfacciones que nos llevamos: de verdad tenía ganas de tocar con nosotros.
Coria: En una época lo internamos, estuvo bien y... ¿sabés lo difícil que era no entrar una cerveza a un camarín? Era más difícil que llamar a Trump en este momento. Todo el mundo: "Ehhh, borracho". Y nosotros aguantamos un montón de cosas que nadie sabe.
Las "cosas que nadie sabe" son el quid de la cuestión: se las disputan para adjudicarse la razón los que se quedaron a pelearla y los que hablan pestes de ellos. Al libreto "público" de la biopic de Horcas le faltan un par de datos de insider, de esos que hacen terrenales las historias. El Topo aporta uno: "Se cobraba muy poco en ese momento. Yo les sacaba plata a todos ellos y lo internábamos uno o dos meses y nos duraba bien nueve meses. Dos internaciones le hicimos. En la última, no llegué", dice, para después hacer la pausa que necesitan los hombres del metal cuando se les va de las manos el sentimiento. Entonces repite, corriendo la mirada: "En la última no llegué".

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Más cosas que nadie o casi nadie sabe: Civile grabó cuatro discos con Horcas entre el 90 y el 99 (el último, Eternos, salió días después de su muerte), pero su presencia creativa podría no ser la que el mito le atribuye. "Horcas tenía a Civile, pero no era Osvaldo el que hacía todo. Ese laburo que estaba alrededor de Osvaldo era Horcas, una banda", dice Coria. Sigue el Topo: "Él no hacía música, no hacía letras... él ponía los solos. Después, el laburo era todo de nosotros en la sala. Él venía y ni sabía la canción. Caía al estudio, ponía el solo y recién después de que el disco salía lo escuchaba".
Flashback a la noche más triste, al gran conflicto de esta narración. Están Meza, Coria y el Topo en la casa de este último, en algo que es –según Meza– "como una película, como un sueño". Osvaldo no estaba más y lo había decidido él, empujado por la caterva de demonios que le vivían llenando el vaso. ¿Qué margen había para intentar la irreverencia de disfrutar la música sin el amigo? ¿Cómo seguir tocando metal sin un V8?
Meza: En ese momento estábamos devastados, pero dijimos: "Hay que seguir". ¿Por qué vamos a tirar a la basura todo el trabajo que hizo Osvaldo? ¿Por qué nos vamos a llamar Poronga en lugar de Horcas? ¿Por qué? Si somos Horcas. Lo acompañamos hasta lo último, el loco nos eligió. Algunos aplaudieron, y otros nos dieron dos shows de vida.
Topo: Otros nos decían: "No pongan otro violero, sigan ustedes". Escuchamos de todo.
Coria: ¿Por qué seguimos con Horcas? Por todo el laburo que hicimos con Osvaldo desde el noventa y pico, que nos rompimos el culo, firmamos contrato, grabamos Vence y Eternos... Teníamos que defender eso porque lo laburamos un montón. Si no seguíamos, iba a quedar todo tirado. Si no seguíamos, no se iba a saber nada.

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Al momento de la muerte de Civile, Horcas solía tocar para unas mil personas. "A los dos meses, vinieron 50", dice Meza. "¿Sabés lo que fue eso para nosotros? Quedamos solos, perdimos todo." En una voltereta extraña de la trama, seguir era volver al principio: "Los managers de aquel momento, con Osvaldo, decían: ‘Horcas es cabeza de cartel’. Después, íbamos nosotros y decíamos: ‘Che, vamos a seguir tocando con Horcas’, y nos decían: "¿Qué? ¿Sin Osvaldo? Dejá’".
En pleno nudo del argumento, Meza se convirtió en un manager de lo más sui generis. La selecta lista de requisitos de Horcas para aceptar shows en el interior del país en esta etapa era: pasajes, hotel y punto. "Una locura", dice Meza. "Viajábamos en micros de línea. Pero nos convirtió en unas bestias, éramos una máquina de tocar." Así empezaron los 2000: saltando de un Chevallier semicama a un catre de una plaza en una posada en la concha de la lora, pero también haciendo catarsis y perfeccionándose.
Hasta que, en enero de 2004, telonearon a Iron Maiden y se empezó a dar vuelta la taba. En la escena pesada corría la bola de que Horcas era "un quilombo", una sombra de lo que habían sido, pero aquella noche se mostraron tal cual eran: un relojito cuarteado en dos millones de horas de heavy metal en tinglados lejanos. La gente empezó a volver. Compartieron escenario con Sepultura, con Megadeth, con Slayer. Salió un Metal Fest con Rata Blanca y otro con Almafuerte. Se fueron a España a tocar con Barón Rojo. Abrieron el último show de la vida de Riff en el Cosquín Rock. Empezaron a pensar en un Obras propio y todo se encaminaba. Pero este guión no escapa a las generales de la ley: en el tercer acto, cuando la crisis parece terminada, hay un último estertor de conflicto.
"Nos volvimos locos", dice Meza. "No teníamos experiencia. Teníamos cuatro asistentes, dos managers, andábamos con fotógrafo, compramos micro de gira, yo dejé de laburar en la fábrica. Y así nos robaron los managers, pasó de todo." En eso explotaron las redes sociales y recrudeció el desfile de puteadas, porque ya no eran los pobrecitos que habían perdido a un amigo sino una exitosa banda de rock. "Después de que salió Horcas (2002), que fue de los discos que más se vendieron, dijeron: ‘Ah, ¿así que van a asomar la cabeza? Ahora les damos’", recuerda Coria.
Funde a negro. Suspenso.
Ahora sí, el final feliz. Ya empezó 2019 y Meza, el Topo y Coria se cagan vigorosamente de risa entre pizzas, cerveza y agua mineral, por el motivo que sea (la camisa verde de Meza, por ejemplo), en el backstage del Club Tucumán. A la par de ellos están los nuevos: Lucas "Castor" Simcic, que se hizo cargo de la guitarra en 2012 reemplazando a Gabriel Lis; y Mariano Martín, el hombre del doble bombo que aporta la furia que mamó en Mastifal desde que se fue Guillermo de Lucca hace un par de años. "Borramos todo lo negativo y nos nutrimos de estos dos, que son unas fieras", dice Meza. "Nosotros nos enroscamos, pero los escuchamos a ellos y decimos: ‘Loco, vamos a subir al escenario y a hacer las canciones’, y nos mentalizamos distinto."
Hoy Horcas son 16 personas, entre músicos, asistentes, sonidista, iluminador, manager y demás. Se propusieron mantener un nivel "de banda de afuera" sin fijarse en la inversión ("Si yo cargara los Marshall, o si en vez de ir al estudio El Pie grabáramos en la casa de Seba, entraría más plata", dice Meza). Se sacaron de encima, jura el Topo, la culpa metalera que impone a todo aquel que toque pesado una suerte de voto de pobreza: "Nosotros hemos hecho notas donde decíamos: ‘A mí no me pagás si toco, eh. A mí dame birra, yo no cobro para tocar, yo toco gratis’. Le hicimos mucho mal a la música, macho". El año pasado editaron su primer disco independiente, Gritando verdades, con temas como "Rabia", "Soberbia" o "Infame", que los devuelven a la combatividad después de trabajos más introspectivos como Por tu honor (2013). En vivo suenan jóvenes, y una multitud módica que ronda los 30 años (con excepciones para arriba) los espera hasta las dos y pico de la mañana con un calor inverosímil para corear "Civile, Civile", estirando las segundas íes, recordándole a cualquier dormido que Osvaldo vive. Todo el mundo parece muy satisfecho justo antes de los créditos, cuando el baterista marca cuatro y Horcas empieza a tocar, cómo no, "Solución suicida": "Activa tu mente para eliminar/ El duende perverso/ Que dentro tuyo está/ Cargándote de/ Negativas fuerzas".


