
Barenboim: un huracán de excelencia
En doce días el prestigioso director argentino ofreció once conciertos notables con distintos repertorios
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Aida, ópera de Verdi en versión concierto. Solistas: Oksana Dyka (Aída), Ekaterina Gubanova (Amneris), Salvatore Licitra (Radamés), Kwangchul Youn (Ramfis), Carlo Cigni (el rey de Egipto), Antonello Ceron (Mensajero), Sae Kyung Rim (Sacerdotisa). Orquesta y Coro del Teatro alla Scala de Milán. Director: Daniel Barenboim. Teatro Colón.
Nuestra opinión: excelente
Una de las premisas básicas del lenguaje escrito es evitar la reiteración, la redundancia, todo aquello que pueda sonar a ya remarcado y remachado y, consecuentemente, ya leído. Pero no hay alternativa. Como en sus once funciones anteriores, todas diferentes y llevadas a cabo en sólo doce días -un récord imposible, una especie de triatlón musical y artístico verdaderamente sobrehumano-, Daniel Barenboim se mostró extraordinario, e inevitablemente las loas, las glorificaciones y la sobreabundancia de argumentaciones y calificativos deberán ser repetidos, una vez más, para verbalizar su genialidad, su unicidad. El huracán Barenboim, brillante, potente y, ciertamente, nada dañino, arrasa con cuanto objetivo se proponga. De Beethoven a Boulez, de Mozart a Verdi, nada lo distrae. El acomete frente a cualquier obstáculo y lo vence. No importa que la orquesta y el coro cambien, ni que los solistas sean otros. Todo cae rendido a sus pies o, mejor dicho, frente a su personalidad, su mentalidad ganadora, sus conocimientos profundos y su tremendo oficio. Todo esto debería quedar absolutamente en claro si alguien, simplificando los tantos, pudiera afirmar que con esta orquesta, este coro y este elenco superlativos cualquier director hubiera alcanzado la misma perfección. Pues no: esta representación en concierto de Ai da, magistral e inolvidable, tuvo, de principio a fin la marca y la huella indelebles de Daniel Barenboim.
Una apuesta distinta
El hecho de ofrecer Ai da con todos los involucrados sobre el escenario, sin cuestiones tan esenciales a la ópera como son todas aquellas actividades vinculadas a la escenificación, permitió observar a Barenboim, de modo visible, comandando las acciones con absoluta claridad. Su gestualidad, sus movimientos, sus señas, su total dominio de las situaciones tenían la exacta y más rotunda continuidad y respuesta en los múltiples e infinitos sonidos que, mágicos y perfectos, provenían de una orquesta superior, un coro admirable y unos solistas de primerísimo nivel internacional.
Muchas son las maneras de valorar, admirar y deleitarse con un coro o con una orquesta. Una de ellas es prestar atención a la perfección en el momento en que los sonidos son mínimos y se acercan a lo imperceptible. El comienzo del Preludio, con los primeros y segundos violines divididos y con sordina, fue decididamente bello, afinadísimo, cálido y misterioso. En paralelo, las mismas sensaciones acudieron cuando el coro, estupendo, elevaba su canto apenas por encima del susurro. Fantásticos ambos, con gran oficio y mucha música, el Coro y la Orquesta de la Scala, siempre conducidos con mano maestra por Barenboim, fueron parte sustancial de esta puesta-sin-puesta de Aída.
Por último, merecidísimas, vayan todas las alabanzas para el elenco de solistas, ubicados por delante del coro y por detrás de la orquesta. Oksana Dyka, joven ucraniana, tiene una voz absolutamente tersa, potente, una especie de Brunilda verdiana. Salvatore Licitra, posiblemente el mejor tenor italiano de la actualidad, maravilló con su heroísmo y las sutilezas de su canto. Impactante se mostró el bajo coreano Kwangchul Youn, con una voz poderosa y de intenso vibrato. Un párrafo especial para Andrzej Dobber, un barítono polaco admirable, de intensa teatralidad vocal, y una mención especial para Ekaterina Gubanova, destinataria de la mayor ovación de la noche por su canto doloroso en el tercer acto. Con graves no tan sólidos, fue la que más adoleció por estar alejada del proscenio, detrás de la orquesta. Pero, al mismo tiempo, fue, indudablemente, la de mejor interpretación y la de mayor intensidad dramática, una tarea nada menor cuando el asunto es crear un personaje exclusivamente con la voz y el canto.
Como aquella vez que todos los cuerpos del Kírov se hicieron presentes en el Colón, con Valery Gergiev a la cabeza, esta presencia de la Scala, con Barenboim, quedará inscripta, como corresponde, dentro de las crónicas más memorables del teatro.
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