
Caetano canta Antonioni
Luego de treinta y cinco años de grabaciones nada debería sorprender en Caetano Veloso, un artista que como ninguno ha sabido mantener fresca su vigencia saltando de un riesgo a otro, equivocándose a veces, pero siempre huyendo de la mediocridad, del lugar común y de la tontería de modas con las que se divirtió sin ensuciar su música.
Si algo hay que reconocer en este gran compositor es su honestidad para confesar admiraciones, aunque sea por cultores de géneros desdeñados. Desde su remoto "álbum blanco", con una legítima versión de "Cambalache", pocos discos han pasado sin que deslizara sus favoritos del más diverso origen: mucho Gardel-Le Pera y Lennon-McCartney, quién sabe cuántos boleros clásicos, Bob Dylan, Cole Porter , Jobim, Gil y Nascimento junto a viejos sambistas y hasta el Michael Jackson de la mejor época (sólo a Veloso pudo ocurrírsele integrar a tres heroínas pop tan distintas como "Billie Jean, "Eleanor Rigby" y la "Nega maluca").
No es un secreto el amor por el cine en alguien que alguna vez caratuló "Cinema trascendental" el long play que no tenía nada que ver con ese arte y no hace mucho dedicó un álbum íntegro al matrimonio Fellini. Tampoco es la primera vez que contrabandea guiños para iniciados en proyectos donde no se acomodan naturalmente, como en "Araçá azul", con aquel retador subtítulo: "Un disco para entendidos".
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Su última y no tan reciente entrega, "Noites do norte", también incluye uno de esos apuntes incoherentes, pero tan a plena luz que termina por pasar inadvertido. Justamente en la mitad de este ciclo de canciones inspirado por la experiencia de la esclavitud, pegada al culminante "Rock´n´Raul", se injerta "Michelangelo Antonioni", la única pieza no cantada en portugués, muy intimista y sin la percusión africana que baña todo el resto. Son apenas siete versos, veintidós palabras en italiano que Veloso canta con ese encantador descuido que pone cuando habla idiomas extranjeros. Algo menos de cuatro minutos de perfecta chanson d«art que, más que un tributo explícito al gran realizador, resultan un acto de gratitud por imágenes que parecen haberlo conmovido profundamente.
Porque referencias como "visiones del silencio", "ángulos vacíos", "páginas sin palabras", "inútiles ventanas" o "rostros de piedra y vapor" no salen de alguien que alquiló por primera vez "El eclipse" la semana pasada. Se trata de un sensible conocedor de la estética de Antonioni recuperando en su memoria las sensaciones visuales, los estímulos intelectuales y la emoción que le provocaron sus primeras, sus mejores películas, aquellas que luego se agruparon como estudios de la malattía de i sentimenti.
Es difícil deducir por qué los densos conflictos de la alta burguesía italiana planteados en obras como "Las amigas", "La aventura", "La noche" o "El desierto rojo" impresionaron tanto a Veloso de joven. Qué encontró de fascinante un chico bahiano en las playas grises, calles bajo la lluvia y salones de elegancia inhóspita en los que Antonioni hizo transcurrir sus fábulas existencialistas, considerando que las canciones que comenzó a escribir poco después revelan un temperamento más afín con Ary Barroso que con Cesare Pavese
La respuesta se encierra en esta canción clandestina, condenada a vivir para siempre en un disco al que no pertenece y sin posibilidades de ejecución en vivo, a menos que se pueda reunir la orquesta de arcos con la que Jaques Morelembaun reproduce un acompañamiento tan evocativo como las músicas que Giovanni Fusco escribió para aquellos films; sin eso, "Michelangelo Antonioni" no sería la misma maravilla.
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