
De Mefistófeles a mandinga
La leyenda alemana del hombre que vende su alma al diablo es tan vieja como el mismísimo demonio. Aparece por vez primera en la literatura (de autor desconocido) en 1587 en Frankfurt am Main , con el título de Historia del doctor Johann Fausten . Esto significa que la historia adquiere su fijación filológica en época en que la vida religiosa alemana se hallaba dominada por las ideas de Martín Lutero. A partir de entonces, la significación metafísica del tema habría de asegurarle una trayectoria inagotable en el pensamiento de Occidente. La figura del alquimista insaciable, que entrega su alma a cambio de penetrar en los secretos de lo desconocido, de experimentar más allá de lo imaginable, de adquirir la codiciada juventud, la sabiduría total y los poderes mágicos, pasará a convertirse en símbolo de una forma del espíritu humano, y en núcleo central de grandiosas elaboraciones literarias y artísticas. Y hasta se transforma en protagonista de espectáculos de marionetas; son los Faustpuppenspiele, que aún sobreviven en la vestimenta del diablillo titiritesco.
Pero el tema adquiere, como todos sabemos, una definitiva formulación cuando en 1806 Goethe concluye la primera parte de su Faust , que se erige, por su imaginación y su aliento lírico inigualable, en la summa cultural de toda una época. Si para Schiller su tema representaba la doble naturaleza del hombre y el esfuerzo por ligar la parte divina y la física de la humanidad; para Goethe, esa discordia se convertía en una fuerza impulsora, enérgica y en constante tensión, hacia superiores estadios evolutivos.
Es en la sucesión goethiana donde se ubica Mefistofele , la ópera del compositor Arrigo Boito que se escuchará a partir de mañana, en versión de concierto, como parte de la temporada que el Colón realiza en el Teatro Coliseo de esta ciudad.
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Pero el diablo ya había metido la cola en la música, mucho antes de la consagración de la obra de Goethe en la literatura. Es que entre los teóricos musicales del medioevo y del renacimiento, surgió la locución diabolus in musica para referirse al intervalo de cuarta aumentada, por su carácter de loca disonancia y por la dificultad que presentaba la exacta entonación de dicho intervalo. Si Ud. tiene un teclado y conoce la ubicación de los sonidos, haga la prueba con el Fa y el Si. No deje de tocarlos juntos, y, por qué no, separados. Tendrá el diablo metido en su propia casa.
Los músicos han usado a discreción semejante propuesta. Y alguna vez lo han hecho para retratar a algún despreciable sujeto. Baste recordar el caso de Shostakovich, quien confiesa en sus Memorias que su Novena sinfonía es una apoteosis de la perversión de Stalin, aunque, por las dudas, la compone después de la muerte del brutal asesino. Es en el segundo movimiento donde lo retrata a través de un motivo que contiene este poderoso intervalo, el cual, por si ello fuera poco, recibe, en su presentación rítmica, el aspecto de algo que se arrastra, a la manera de la serpiente. El diabolus Stalin quedaba así musicalmente retratado.
Por eso, yo rechazo de plano si alguien se ofrece para hacerme un "retrato musical". No lo olviden. Es de desconfiar. El intervalo puede estar oculto. Es preferible acercarse a un pintor; o a un buen fotógrafo. Y mejor aún, si éste les promete que les entregará el producto a través de un cuidadoso proceso de photoshop. Ahí parecemos todas divinas y sin sombras del mandinga.







