El arte del cuarteto
Cuarteto Arditti / Inicio del ciclo Colón Contemporáneo / Obras: Cuarteto de cuerdas N° 4, de Béla Bartók; Cuarteto N° 2, de György Ligeti; Dos versiones, de Gerardo Gandini; Cuarteto N° 3, Grido, de Helmut Lachenmann / En el Teatro Colón.
Nuestra opinión: excelente.
La nueva actuación en Buenos Aires del Cuarteto Arditti, que abrió la tercera edición del ciclo Colón Contemporáneo, fue un magistral viaje al fondo de las posibilidades del cuarteto de cuerdas. Esto debe entenderse de dos maneras: lo fue, en primera instancia, por el recorrido del programa, pero también, y no con menos énfasis, por las ejecuciones. Los violinistas Irvine Arditti y Ralf Ehlers, el violista Lucas Fels y el cellista Ashot Sarkissjan son virtuosos por derecho propio, pero en el cuarteto funcionan como una unidad de orden superior.
El itinerario que propuso el Arditti se organizó de manera estrictamente cronológica, y esa misma cronología, con su intencionada neutralidad (lo que hubo antes, lo que vino después), habilitó los contrastes entre escrituras: cada una de las piezas pertenece a universos distintos, pero todas se encuentran en el territorio común del cuarteto como formación de cámara, que arrastra consigo su tradición. De 1927, el Cuarteto N ° 4 es acaso el más emblemático de los seis que compuso Béla Bartók, aquél en el que, como observó en una ocasión Milton Babbitt comparándolo con el tercero, se alcanza el estadio del "cumplimiento". El Arditti volvió transparente el expansivo tematismo de Bartók, su filigranada polifonía, y resultarán tan inolvidable la contención asordinada del segundo movimiento como el expresivo solo de cello del tercero, con ese motivo que va relevándose al primer violín y al segundo. Pocas veces se debe haber escuchado en Buenos Aires una realización más perfecta de esta pieza.
Archipiélago de lirismo
La referencia inmediata del Cuarteto N ° 2, de György Ligeti, de 1968, es sin dudas el del Bartók (ambos tienen cinco movimientos y en ambos, también, uno de ellos es pizzicato), pero la pretensión es en este caso más amplia. Ligeti quería, sin más, condesar la historia entera del cuarteto, de Beethoven a Webern, y preservar aun la forma sonata "como cadáver enterrado". Tal vez por eso, este cuarteto, incluso en su unificación, tiene fantásticas estrías, zonas de expectativa que los miembros del Arditti administraron de la mejor manera; ahí está, por ejemplo, el súbito archipiélago de lirismo del movimiento final, o ese maravilloso estatismo ligetiano, tan pleno de actividad, del segundo. Ligeti parece dejar caer su música en el vacío y la rescata en el último instante con un hilo de sonido.
Antes de empezar la segunda parte, subió al escenario Pedro Pablo García Caffi, director del Colón, para decir unas palabras de homenaje a Gerardo Gandini, cuya Dos versiones (1968) iba a escucharse enseguida. Es cierto que la reciente muerte de Gandini influyó en la decisión de incluirla (habrá intervenido sin duda Martín Bauer, director del ciclo), pero no lo es menos que Dos versiones , la única pieza para cuarteto del maestro argentino, tiene su propio lugar en la genealogía que diseñó el Arditti, aunque no es fácil determinar la manera que en participa de ella. Para decirlo de otro modo: Gandini conversa con algo más lejano. Hay alusiones antiguas e incluso, como en los trémolos, la reminiscencia de un gesto schubertiano (hay que recordar aquí que el Quinteto con dos cellos, de Schubert, era una de las piezas preferidas de Gandini). Dos versiones es una breve obra maestra que, con su punzante melancolía, se escuchó esta vez como un doloroso réquiem.
Nada más alejado de Gandini que Grido (2001), de Helmut Lachenmann. Aquí resulta fascinante la manera en la que el compositor alemán parece interpelarse a sí mismo y a sus dos cuartetos anteriores. Quedan supervivencias del concretismo de otras épocas, pero el propio Lachenmann había dicho en una entrevista de 2006 que, para él, la música concreta no residía ya en el ruido, sino en la "energía de un sonido". Tal la matriz de Grido , que el Arditti trasmitió tanto en las crispaciones como en los pianissimo en el límite de lo audible. Un linaje se había expuesto, pero, cosa rara en la música contemporánea, el cuarteto entregó dos piezas fuera de programa: un movimiento de Brian Ferneyhough y uno de los números de Fetzen, de Wolfgang Rihm. Estaciones también de una genealogía que sería inconcebible sin el Arditti.





