
El padre de la chacarera
Mañana se le realizará un homenaje por su aporte al folklore
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A Carlos Carabajal le incomoda que muchos lo consideren "padre de la chacarera", pero, más allá del título, por su trayectoria y su aporte al folklore argentino merece el homenaje que recibirá mañana, desde las 20.30, en el teatro Astral.
Don Carlos es un santiagueño del 29, con una historia musical que tiene mucho que ver con una familia numerosa (hijo, padre y tío de artistas), con su pago, La Banda, con las mudanzas y los ferrocarriles. Muchas veces fueron trenes los que lo llevaron durante la adolescencia en sus primeros sueños de musiquero, para recorrer su provincia, o los que lo trajeron a Buenos Aires, donde vivió por casi dos décadas.
"Fue gracioso. Fui invitado para venir por tres músicos -porque ninguno tocaba la guitarra- y me quedé por acá todo ese tiempo", recuerda Carabajal. Primero solo y luego con su familia, entre mediados de los cincuenta y los setenta Carlos realizó un periplo por Palermo, La Boca, Solano, Lanús y Morón, donde se quedó hasta la vuelta a Santiago. "Todo ese tiempo me fue bien. Incluso cuando regresé a La Banda, que era la época de los militares. Parece que ellos me tomaron simpatía, hasta me regalaron una casa. Luego tuve una peña que se llenaba y que duró hasta la hiperinflación."
En todo ese tiempo compuso buena parte de su obra ("Hice cosas como "A la sombra de mi mama" en la década del sesenta, que se escuchó muchísimo"). También integró varios conjuntos, aunque en ninguno permaneció por mucho tiempo. Entre otros, Los Changos Bandeños, luego fue parte de Los Manseros Santiagueños, y más tarde creó Los Carabajal, el grupo con el que más se lo identifica.
¿El motivo de sus breves estadas? "Como santiagueño sentí celos -admite-, porque cuando me vine a Buenos Aires no había más conjuntos que el de Los Hermanos Abalos. Por eso formé varios y participé en otros. Anduve como quien siembra. Quería sembrar el folklore santiagueño, que venía rezagado, y me dio resultado. Hoy sigo cantando, a veces grabo. Hasta hace poco tenía un grupo. Pero eran músicos muy jovencitos, por eso les dije que siguieran su camino."
-¿Cómo armaron el grupo familiar?
-Es algo curioso. En ese momento, a mediados de los sesenta, Cuti y Cali tenían unos 19 años, y Agustín había dejado a los cantores de Salavina. Un día me encuentro con Polo Giménez, el autor de "Del tiempo i´ mama", en la puerta de Sadaic. "¿Qué anda haciendo? ¿Por qué no arma un grupo con sus hermanos?", me preguntó. Se lo comenté a Agustín, armamos el conjunto y arrancamos en el Festival de Cosquín. Al tiempo me fui porque tuve una enfermedad que en ese momento no se podía tratar bien. Salir de gira, las fiestas y los asados no eran buenos.
-¿Cree que Agustín tuvo el reconocimiento que se merecía?
-No. Es autor de pocas canciones, pero todas muy buenas. Eso depende de la gente y del periodismo. Pero nosotros deberíamos insistir en él.
-¿Y qué opina acerca de que a usted se lo reconozca como "el padre de la chacarera"?
-Yo conocí la chacarera por don Andrés Chazarreta. Y en realidad no me gustó cuando comenzaron a llamarme así, porque había otra gente anterior a mí. Los Abalos, los Díaz o Chazarreta. Lo que tengo es que compuse muchos temas. "A la sombra de mi mama", "Entre a mi pago sin golpear" y "Desde el Puente Carretero" son las más conocidas.
-¿Cuándo empezó a dedicarse a la música?
-Mi papá tocaba guitarra y mandolín, y muchos músicos de Santiago iban a casa. Mi hermano mayor fue guitarrista de cantores como Argentino Ledesma. El fue también quien organizó el primer cumpleaños de mi mamá, con muchos músicos, cuando ella cumplió 50 -a pesar de que doña Luisa falleció hace poco más de un lustro, se sigue celebrando su día con encuentros multitudinarios que reúnen a toda la familia y a público de todo el país-. Yo empecé a tocar la guitarra a los 10, aunque mi papá no quería y la desafinaba. Pero con el silbato del tren, que sonaba en mi, yo la volvía a afinar. Luego, entre los 16 y los 20, recorrí todos los pueblos de Santiago con mi guitarra. Ibamos con un bailarín, Néstor Tejera, y hacíamos funciones, como si fuera un circo. Cuando empezamos, en algunos pueblos todavía no había pavimento, gas ni luz, y la radio sólo estaba en la capital. Nosotros hacíamos fiestas folklóricas para alegrar a la gente.






