
El pianista que le escapó al brillo
1 minuto de lectura'
Mar del Plata llora a uno de sus vecinos más distinguidos. El país pierde a uno de sus más relevantes músicos. Entonces surgen los recuerdos referidos a Manuel Rego, que murió anteayer en su casa, a los 73 años. Como el de una noche marplatense de verano cuando se lo conoció, muy joven. Fue en la casa de la pianista Delia Sacerdote de Beretervide, y entre los asistentes estaba Washington Castro, músico de raza con su chelo, y Manolo (así lo llamaron) en el piano, quienes prolongaron la noche con música en un dúo de calidad.
Pero el asombro surgió al observar que Rego leía a primera vista pese a que se apreciaba una sonata para chelo y piano de Beethoven que jamás había estudiado. Fue la sospecha de un imposible, más tarde se comprobó que era realidad y se descubrió que poseía oído absoluto (poder reconocer las notas sólo con el sonido). Más tarde llegaron las improvisaciones: "¡Manolo, tocá algo de Chopin!", "¡Manolo, tocá los acordes iniciales del concierto de Tchaikovsky!", y hasta la orquesta surgía del piano.
Y Rego, que ya se había presentado en Buenos Aires, en 1956, con la Sinfónica Juvenil de Radio Nacional, con la batuta de Pedro Ignacio Calderón, en una versión maravillosa del segundo concierto de Liszt, fue invitado de inmediato por Juan José Castro para ser solista del tercer concierto de Prokofiev con la Sinfónica Nacional. Es que con su talento hizo que el círculo musical intuyera muy temprano que había escuchado a un futuro pianista internacional. Pero Rego no se encegueció.
Es que era un enemigo del divismo, de la figuración, del brillo. Un hombre sencillo, amante de la buena comida, de la charla amena, del disfrute de su jardín, de la lectura y de sus dos pianos de estudio. Ofrecía clases con generosidad y utilizaba la ironía, acaso también cierta acidez por la franqueza de sus juicios, característica que cautivaba a quienes lo escuchaban, ya que a cada paso iba irradiando buen humor y simpatía. La música fue para él un néctar de vida. Claro que no toda la música, sino la que apreciaba de verdad. En este sentido fue un enamorado de la música de cámara, terreno que lo motivó a crear el Quinteto Municipal de Mar del Plata, integrado con Mario Morelli y Aarón Kemelmajer (violines), Roberto Colomarde (viola) Hugo Tagliavini (chelo) y él en el piano. Una empresa maravillosa que le dio prestigio al municipio, desde aquella presentación de 1983, en el Museo de Arte Decorativo, donde se escuchó rigor en la preparación y musicalidad sin mácula.
Sin embargo, Manuel Rego sufrió un gran dolor cuando se dejó de sostener al Quinteto, por razones acaso económicas, pero ello significó sumar una cuota de incomprensión también de la sociedad, que se mostró apática, prescindente e incapaz de hacer la valoración en su justa medida de lo que Rego, su Quinteto y su actividad docente significaban para el país.
Otra prueba de su calidad y ductilidad se escuchó cuando conformó dúos con el violinista Rafael González y con la chelista Christine Walewska.
A mi manera
Rego había estudiado con Gregorio Caro, alumno de Claudio Arrau, pero en verdad fue un autodidacta. Porque en varias oportunidades se lo escuchó decir, con su franqueza: "Mirá che , yo toco como me resulta más cómodo. ¡A mí que no me vengan a decir que ponga los dedos cortados y que relaje la espalda !". Y por fortuna la Asociación de Críticos Musicales de la Argentina lo premió en 1989 como mejor instrumentista argentino, año en que también recibió el premio Konex. Asimismo, en 1999, recibió el premio Estrella de Mar de Oro, como el mejor artista del país.
El debut europeo de Rego se llevó a cabo en la Salle Pleyel de París, en 1965, seguido por recitales en el London s Wigmore Hall y el Concertgebouw de Amsterdam, donde obtuvo laudatorias críticas en Le Parisien , Le Figaro y London Times , entre otras importantes publicaciones. Se presentó en casi todas las provincias de nuestro país y en los principales centros de América latina, de Europa, Estados Unidos y Japón, actuando como solista con directores de primer nivel mundial.
Sus registros discográficos incluyen excelentes versiones de obras de Schumann, Mendelssohn y Mozart, entre otros clásicos, pero también grabó uno con tangos de Francini, De Caro, Piazzolla y más.
Pero a pesar de esa realidad llevada a cabo sin mayor entusiasmo y a regañadientes, Rego, el que tenía todo para ser una estrella y no lo quiso, no podrá evitar que se lo ubique entre los grandes de nuestro tiempo.





