
Emotiva versión del Martín Fierro
Gran actuación del Ballet Folklórico Nacional, dirigido por Norma Viola
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Conmueve por su patética actualidad y por la fascinante plasmación en danza esta visión coreográfica de "El Gaucho Martín Fierro", de José Hernández, -libro nacional por antonomasia-, representada por el Ballet Folklórico Nacional, dirigido por la bailarina y coreógrafa Norma Viola.
En una gélida noche, a días apenas en que los astros fijan el comienzo del invierno, en pleno Parque Patricios, una multitud se agolpa en la Carpa Cultural Itinerante, instalada por la Secretaría de Cultura porteña. Es precisamente el día del cierre del programa "Cultura barrio por barrio".
Martín Fierro
La dolorosa epopeya del gaucho Martín Fierro se siente como una transida parábola del país. Seguir los pasos de la danza con toda su carga dramática en los múltiples diseños coreográficos y alucinantes giros y gestos de los bailarines al conjuro de los recitados fragmentos del poema, rubricados por una música contundente, sacude nuestra conciencia. Versos convertidos en danza y música muestran la vigencia de esta premonitoria alegoría que trazó José Hernández, en la figura de Fierro, sobre los avatares de este país, sobre su predestinación y su paradójico sino.
En esta síntesis del poema épico -concebida por el propio Santiago Ayala, el Chúcaro, y el talentoso Marcelo Simón- desde aquellos versos iniciales de la primera parte: "Aquí me pongo a cantar/al compás de la vigüela", hasta esa despedida -que redondea el sentido de este mensaje imperecedero- en "La vuelta de Martín Fierro": "y si canto de este modo/por encontrarlo oportuno/no es para mal de ninguno/sino para bien de todos", todo cobra una significación, donde se ha conjugado el mensaje hernandiano -recitado por voces emblemáticas como la de Medina Castro, como Martín Fierro- con la inventiva coreográfica de El Chúcaro y Norma Viola y la música incidental de Oscar Cardozo Ocampo, plena de aciertos propios de la música contemporánea, más otros aportes, como los de Ariel Ramírez, Víctor Velázquez y Julián Aguirre, que desgranan ritmos pampeanos, como la huella, la milonga, la cifra y, sobre todo, el malambo.
Temeraria misión la de transmutar en danza las dolorosas estrofas que denuncia aquel arbitrario régimen militar de reclutamiento bochornoso del que es víctima Fierro. Y poder reflejar, a través de dieciocho cuadros, las penurias que Hernández pergeña con entonación criolla, de ese paisano decente y respetado por todos a quien la injusticia, los sufrimientos y las amarguras lo convierten en desertor, vagabundo, gaucho matrero -incluso pendenciero- en la frontera, allá en los campos del Sud, huyendo del fortín.
No solamente sorprenden aquí las coreografías de Ayala-Viola; el vuelo de los bailarines varones y mujeres, empezando por Andrés Baigorria, que personifica a Fierro, sino también el estupendo despliegue y la donosura varonil y femenina del conjunto, milimétricamente sincronizado, en el que se esquiva a cada instante el golpe de efecto y la superficialidad del show para adentrarse en el espíritu de esta obra medular de la literatura argentina que emula, en gloria, a "El Quijote", de Cervantes. El Quijote había perfilado el absurdo de las novelas de caballería, más allá de lo paródico. Nuestro Martín Fierro arremete contra los rigores, castigos y las humillaciones infligidos por el poder de turno en este paisano de la pampa, no sin desgranar, sobre todo en aquel contrapunto de payada, hondos pensamientos metafísicos y reflexiones sobre el amor, la ley, el tiempo. Incluso hasta la aparición del Viejo Vizcacha -modelo de toda una idiosincrasia argentina de la deplorable "viveza criolla" que hizo tantos estragos en el país- escapa de lo caricaturesco mientras desgrana algunas de sus tantas insinuaciones tan popularizadas como aquella de "hacete amigo del juez/no le des de qué quejarse", a cargo del actor Fernando Vegal.
Sorprenden a cada paso los hallazgos. Por ejemplo, los simbolismos traducidos en la danza tanto por la bailarina que encarna "La mala suerte" como la de "El delirio". O también la sabiduría para construir el clima de cada cuadro, ya el reconcentrado en el drama, ya cuando estalla la danza grupal con su fastuoso vestuario, a veces de la paisanada, otras de los indios. A la técnica irreprochable de los bailarines, a la vis actoral de los protagonistas en los diálogos y luchas, al dominio escénico, se unen todos aquellos elementos identificatorios de toda una época: el ropaje, los cuchillos, las lanzas, las boleadoras, rubricados por una iluminación impecable que acentúa tanto la verosimilitud de época y la belleza plástica como el poder ominoso -a veces de aquelarre- de esta historia de fatalidad y rebeldía.
Sólo al final la feraz inventiva de El Chúcaro y Norma Viola dan un respiro al drama al insertar la fastuosa danza del pericón, un cuarteto varonil que danza el malambo. Faltará todavía el final -junto al desideratum de Fierro: "Los hermanos sean unidos..."- en la que resuena, leve y en versión instrumental, la deliciosa canción de Carlos Guastavino "Pueblito mi pueblo", como para recordarnos nuestra pertenencia. Es el broche del mensaje hernandiano, que estremece.
Parábola nacional
- La epopeya del gaucho Martín Fierro se siente como una parábola del país que esta puesta subraya con sus diseños coreográficos y alucinantes giros que desgranan ritmos pampeanos
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