
Fantasías y verdades sobre los incunables
No hay vuelta de hoja. Para referirse, hablando de libros, a incunables, hay que poner como tope el año 1500. Si son de 1501, dejan de serlo. Y no por un abuso de exactitud, sino porque, como dijo hace un par de semanas Lucila Castro en su erudito y tan sabroso "Diálogo semanal con los lectores" (un regalo de los lunes en LA NACION), la voz incunable es un tecnicismo. Y un tecnicismo no debe emplearse por aproximación. Lo malo es que a veces se lo usa con una ingenuidad inverosímil. Alguna vez hemos leído que tal persona tenía una colección muy numerosa de incunables, llamados así por el sólo hecho de ser antiguos. Tal vez no anteriores al siglo XIX. O tal vez, dicho esto con exceso de malevolencia, del XX, sólo que las tapas muy raídas les daban una aureola de eternidad.
Nosotros, en el tema de los incunables musicales, nos manejamos con otras fechas, por supuesto. Porque si el arte de la impresión con tipos móviles perfeccionado por Gutenberg nos remite a 1455 (la Biblia latina , que habría nacido en Maguncia), hay que sumar poco menos de medio siglo para la primera obra de impresión musical. La historia se traslada a la Italia de Ottaviano Petrucci, considerado el inventor de la impresión musical con caracteres metálicos móviles y primer editor de música. Estos comienzos se ubican en Venecia, en los alrededores de 1490. Para ello habría obtenido el permiso de invención, y luego el privilegio para la estampa de un volumen titulado Harmonice Musices Odhecaton, publicado el 15 de mayo de 1501. Los investigadores parecen haber llegado a la conclusión de que esa tarea la desplegaba Petrucci en tres etapas: primero estampaba las líneas, después las notas, y finalmente las palabras del texto.
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La obra constituye un orgullo al que nadie pudo resistirse, por el grado de perfección del trabajo, por la elegancia de los caracteres y la nitidez de la impresión. Tal refinamiento y belleza parece haber sido elemento decisivo para que la edición musical llegara a convencer al público, remiso a modificar su gusto por los primorosos manuscritos. Esta prima opera del impresor italiano contiene noventa y seis piezas profanas a tres y cuatro voces, de diversos autores franco-flamencos. Muchos otros siguieron el camino de Petrucci, pero el primero que logró estampar en una sola impresión fue el francés Pierre Attaignant ( Chansons nouvelles en musique à 4 parties ), en 1527.
Esto quiere decir que el tiempo del incunable (de incunabula , pañales) de la escritura musical puede abarcar un buen lapso del siglo XVI. Ignoro si alguien le ha puesto límite exacto para ser reconocido como tal; pero, si nos regimos por los de la imprenta literaria, habrá que aceptar que todo lo aparecido en la primera mitad del XVI tiene carácter de incunable.
De todas maneras, y ya que hablamos de cuna y de pañales, también podríamos referirnos a los incunables de la ópera, que nacida hacia la década de 1590 en Florencia, cuenta al menos con dos ejemplares monteverdianos de impresionante perfección y belleza: Orfeo (1607) y la prodigiosa L incoronazione di Poppea (1642), a menos que algún erudito considere que esta última ya se pasó de fecha. ¡Qué lástima! Porque eso de estar frente a un incunable es algo que nos desborda de fantasía. Tal vez por ese poco -o mucho- de candor que llevamos guardado en el fondo del corazón.
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