
Gran actuación de la Filarmónica
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Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director: Carlos Calleja. Solistas: Graciela Oddone, soprano; Virginia Correa Dupuy, mezzosoprano; Víctor Torres, barítono. Obras de Mozart: obertura y arias de La clemenza di Tito , de Idomeneo y de Così fan tutte ; arias y escenas dramáticas K. 513 y escenas dramáticas K. 272 y K. 528. Reprogramación de la función Nº 17 del abono 2005. Teatro Coliseo.
Nuestra opinión: muy bueno
No fue éste el primer concierto que realizó la Filarmónica de Buenos Aires en el Coliseo, pero sí fue el inaugural en este tiempo de refacciones y planes maestros en el cual deberemos acostumbrarnos a observarla obligatoriamente fuera del Colón. Y, más allá de lo inevitable de los hechos consumados, a decir verdad, la situación no entrañó ningún sobresalto mayúsculo ni ninguna defección significativa. La acústica del Coliseo, sin ser la del Colón, es más que razonable y deberá buscarse alguna solución más ágil para ubicar a los plateístas, que colmaron la capacidad del teatro en un alto porcentaje. Con todo, tal vez la mayor diferencia, que habrá de ser comprobada en el futuro si es a causa del espacio alternativo, fue la falta de entusiasmo, que bordeó la parsimonia, con la cual el público agradeció a los artistas, con una especie de aplauso tibio, casi de compromiso y de buena educación, aun cuando la selección musical y su realización habían sido realmente muy buenas.
Aquella función Nº 17 del abono 2005 de la orquesta, que había sido suspendida cuando en el Colón soplaban tormentas y huracanes varios, tenía previsto un programa absolutamente diferente, con Theo Alcántara en el podio, a quien nadie debe estar extrañando, y con Marcelo Balat. En reemplazo de aquellos contenidos, y a pura originalidad, la Filarmónica armó un homenaje a Mozart, pero no apostando a cualquiera de sus grandes creaciones sinfónicas o concertantes, sino apelando a su producción operística y a arias de concierto. Sin embargo, los riesgos eran mínimos porque la jugada tenía casi asegurado un buen resultado porque para llevarla adelante convocaron a tres cantantes formidables que, en los últimos años, han avanzado consistentemente confirmando destrezas vocales inapelables al servicio de la mejor musicalidad.
Lecturas
A esta altura de sus carreras, cualquier análisis o detalle de las virtudes técnicas de Graciela Oddone, Virginia Correa Dupuy y Víctor Torres parece redundante. En todo caso, sí es pertinente resaltar la importancia de cada una de las lecturas que realizaron. Como Mozart no era, precisamente, un compositor de repetir contenidos o moldes, cada una de las arias operísticas y de las arias y escenas de concierto escogidas es, en sí misma, una situación dramática puntual, con un problema estético de resolución individual. Oddone tuvo a su cargo, sucesivamente, un aria de bravura precedida por un recitativo dramático ( Ah, lo previdi , K. 272) y una bellísima aria contemplativa y galante de Idomeneo ("Se il padre perdei"). En ambos casos, su aproximación fue más que atinada y su realización, impecable. Correa Dupuy hizo primero Non più di fiori , de La clemenza di Tito y, tras algún sobresalto inicial, cuando la orquesta no le ofreció el acompañamiento más ajustado, sobre esta extensa aria demostró cómo concretar un Mozart dramático sin caer en interpretaciones ni románticas ni excesivas. La tersura de su voz y esos bajos profundos, redondos y solventes, hicieron el resto. En cambio, no quedó muy en claro por qué eligió arriesgarse con Bella mia fiamma , K. 528, ya que esta compleja y ardua escena dramática fue escrita para soprano y, si bien sorteó con dignidad los pasajes de coloratura, que alcanzan hasta un Re sobreagudo, tampoco pareció lo más apropiado para su voz y sus cualidades. Víctor Torres, por su parte, se mostró seguro y firme en Mentre ti lascio , K. 513, un aria de concierto un tanto lamentosa y no de las más felices de Mozart, y soberbio, como barítono casi bufo, en Rivolgete a lui K. 584, un aria originalmente destinada para Guglielmo, en Così fan tutte , y luego reemplazada, en la cual exhibió una soltura de comedia y una interpretación musical y teatral fantástica.
Salvo inconvenientes menores y ocasionales, Carlos Calleja acompañó con precisión a los cantantes. Cuando estuvo en soledad con la Filarmónica, reducida convenientemente para este repertorio mozartiano, no pudo evitar alguna aproximación beethoveniana en la obertura de La clemenza ni cierta rigidez en las marcaciones. En cambio, pudo aligerar tanta robustez y mostrarse más suelto, en la obertura de Idomeneo . Y como se señaló en un comienzo, ante tanta profesionalidad y tan buena música el aplauso final tan circunspecto sonó demasiado escaso.




