Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de Ella Fitzgerald
Fue una de las grandes voces del jazz; dejó un legado musical que sigue intacto y que alumbra a las nuevas generaciones
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Tenía 12 años y unos pesos ahorrados de la colecta del último cumpleaños. Entró al Centro Cultural del Disco con los billetes arrugados por el puño izquierdo (no fuera cosa que perdiera el dinero) y con el carnet en la otra. Porque en esos años el Centro Cultural del Disco daba un carnet plastificado. Fue directo a la batea de jazz, guardó el carnet en el bolsillo y con los dedos índice y mayor del la mano que le quedó libre comenzó a caminar haciendo equilibrio por el delgado lomo de los vinilos hasta conseguir el disco que estaba buscando. Lo sacó y lo llevó al mostrador. El vendedor le preguntó si lo quería para regalo. “¿Es para tu mamá?”, indagó, quizás porque se aproximaba el Día de la Madre. “No, para mí”, fue la respuesta del chico.
¿Por qué un chico de 12 años había elegido un grandes éxitos de Ella Fitzgerald y no uno de Led Zeppelin, Queen o Kiss, que era los que solía pedir como regalo de Navidad y Reyes? Porque estaba fascinado con ese tarareo maravilloso. Ese que, años después, hurgando en el mundo del jazz, descubrió que se llama "scat".
Ella, que ya era una señora grande, que todavía grababa discos pero estaba cerca de su retiro, parecía, en el dibujo de la tapa del vinilo, una figura de otro tiempo. Sin embargo, el paso de los años ha demostrado que la señora Fitzgerald se convirtió en una artista de todos los tiempos. Un clásico de la música, que nació en el jazz. Y que mejor que decirlo hoy, que se cumple el centenario de su nacimiento.
Había nacido en Newport en 1917 pero como al poco tiempo su papá la abandonó. Y Ella y su mamá se instalaron en Yonkers. La familia se rehízo con un padrastro y una media hermana, pero la temprana muerte de su madre (Ella en ese momento tenía 15 años) provocó otro cambio en su vida. Primero se mudó con su tía pero, convertida en una adolescente rebelde, terminó en un reformatorio. La música era su salvación. A los 19 fue el hito fundacional de la Ella cantante. Debutó en el Harlem Apollo Theater de Nueva York luego de haber ganado el concurso Amateur Night Show.
Tenía un registro vocal de amplio rango y todas las aptitudes para triunfar. Dio sus primeros pasos como cantante de la orquesta de Chick Webb y con los años llegó a grabar con figuras de la talla de Duke Ellington, Count Basie y Louis Armstrong. A finales de la década del 30 tuvo su primer gran éxito, “A Tisket a Tasket”, con el que ingresó a las ligas mayores de la era dorada del swing.
El fallecimiento de Chick Webb en 1939 la dejó al frente de su agrupación, que pasó a llamarse Ella Fitzgerald and Her Famous Orchestra. Pero años más tarde prefirió cantar con bandas de otros directores. Sus colaboraciones con la orquesta de Norman Granz le dieron nuevos matices a su estilo y una gira con la formación de Dizzy Gillespie la acercó al bebop. En la década del cuarenta además de famosa Ella se convirtió en una cantante prestigiosa, que comenzó a lucir su scat.
El sello Verve de Granz la cobijó para que su arte quedara plasmado en discos. Ella cantó y grabó a los grandes compositores de su época –Cole Porter, Ira y George Gershwin, Duke Ellington, Rodgers & Hart y Jerome Kern, entre otros. Así, su voz quedó convertida en una importante referencia de los songbooks norteamericanos.
Hacia finales de los sesenta pasó por los sellos Reprise y Capitol y durante la primera mitad de la década del ochenta siguió cantando, ya como una leyenda del jazz. Durante el segundo lustro de esa década comenzaron algunos problemas de salud: respiratorios, cardíacos y de diabetes. Hasta su muerte, en 1996, pasó algunos años en silla de ruedas, en su casa de Beverly Hills.
Ella tuvo una infancia difícil, una adolescencia rebelde, una juventud prometedora y una madurez consagratoria. Dos matrimonios, un hijo, 14 premios Grammy y unos cincuenta discos grabados.
A la Argentina vino dos veces. La primera, en 1960, acompañada por un conjunto de virtuosos que alistó a Jim Hall y Roy Eldridge; once años después con el trío del pianista Tommy Flanagan.
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