
I due Figaro
Riccardo Muti, como el gran director musical que es, fue la mano salvadora para la partitura de Saverio Mercadante
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Autores: Saverio Mercadante (compositor) y Felipe Romani (libreto) / Dirección musical: Riccardo Muti / Regie: Emilio Sagi / Escenografía: Daniel Blanco / Vestuario: Jesus Ruiz / Iluminación: Eduardo Bravo / Intérpretes: Orchestra Giovanile Luigi Cherubini; Coro Philharmonia (Viena) / Elenco: Saimir Pirgu, Asude Karayavuz, Annalisa Stroppa, Mario Cassi, Eleonora Buratto, Amicio Zorzi Giustiniani / Sala: Teatro Colón / Funciones: hoy y el sábado, a las 20.30; domingo, a las 17.
Nuestra opinión: bueno
En I due Figaro, la ópera que anteanoche se estrenó en el Colón, el compositor Saverio Mercadante y su libretista Felice Romani, se propusieron demostrar que puede continuar la vida musical después de Las bodas de Fígaro, de Mozart; El barbero de Sevilla, de Rossini, y Le marriage de Figaro, inagotable fuente de ambos y gran broma poética de Beaumarchais. Por eso pensaron su obra como un nuevo capítulo de Bodas y Barbero, como si todo sucediera 15 años después de aquellas óperas, con las situaciones y los personajes más maduros y con las parejas conde-condesa y Fígaro-Susana en una especie de stand by matrimonial.
Lamentablemente se equivocaron, porque I due Figaro tiene poco que ver con el lenguaje musical y hasta con las intenciones de las obras de Mozart y de Rossini, y ni siquiera logra una mínima aproximación a sus dimensiones artísticas. Mercadante no es Mozart ni Rossini y, por lo que se pudo apreciar anteanoche en el Colón, es mucho, pero mucho menos.
No obstante contó con una mano salvadora, la del director Riccardo Muti, que para estas funciones vino acompañado por la orquesta juvenil Cherubini, el Coro Philharmonia de Viena (dos agrupaciones fundadas por él mismo) y prácticamente todo el elenco del estreno mundial en el Real de Madrid en marzo pasado. La dirección de Muti se empeñó en poner de relieve algunas características que otras manos menos exploradoras no hubieran logrado extraer de la rutinaria orquestación escrita para I due Figaro. Con su tacto, Muti mantuvo el nivel dinámico como para que las voces se escucharan plenas y hasta consiguió transparencia sonora y una seductora sensualidad auditiva.
Por cierto, la orquestación no es precisamente uno de los atractivos de esta ópera, por lo que no se alcanza a comprender el interés que despertó en un lúcido director como el napolitano. Además, está estructurada con dos actos distintos. El primero es un interminable modelo de divagación expositiva y vulgaridad melódica que dura una hora y media (y sin que esto signifique una valoración artística) y parece estar a medio camino entre la ópera y la zarzuela.
En cambio, el segundo acto tiene auténticas situaciones operísticas, y fue aquí donde se advirtieron los esfuerzos de Muti por intentar hacer notorios algunos tramos iluminados por la espontaneidad de Mercadante que muestran al compositor fiel a sí mismo, menos asociado a Mozart, Bellini o Rossini, aunque aún forzado a españolismos con inclusiones de fandangos y boleros. Lo único que nadie pudo remediar fue la incapacidad de Mercadante para encontrar un final a sus actos sin estirarlos y dar vueltas y más vueltas en busca de una salida lógica.
De la realización escénica fueron responsables el régisseur español Emilio Sagi y el escenógrafo argentino Daniel Blanco. La ópera brilló con sus creaciones en una puesta que se recordará por el buen gusto, elegancia, discreción y finura, cualidades extensivas al vestuarista Jesús Ruiz y al diseñador de luces Eduardo Bravo.
La Susana de Eleonora Buratto tuvo toda la gracia y la picardía que reclama el personaje y cantó con una voz media de buen volumen, muy expresiva y de trascendente musicalidad. Similar impresión produjeron la Condesa a cargo de Asude Karayavuz, el Conde de Saimir Pirgu, Rosa Feola como Inez, el Fígaro de Mario Cassi y el Cherubino de Annalisa Stoppa. Estas individualizaciones para nada significan desestimar al resto del elenco, que se movió y cantó con gran solvencia profesional.
I due Figaro concluye bien, con la unión de cada una de las parejas, y todos vuelven a ser felices. Incluido el público, después de tres horas de espectáculo, con una obra sin gran cantidad de ideas musicales y no demasiado para decir en tan dilatado espacio de tiempo.
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