
Jeremy Gara, la "otra" música de un Arcade Fire
El baterista presentó su lado experimental en el C.C. San Martín
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El baterista de Arcade Fire Jeremy Gara aprovechó al máximo su estadía en Buenos Aires. Tocó en el Festival BUE con la banda que lideran Win Butler y Régine Chassagne y también presentó su proyecto solista y experimental en el Centro Cultural San Martín, en el cierre del ciclo experimental Ruido.
Tras la apertura de la jornada a cargo de la rosarina Aylu, llegó el momento de Gara. El músico de Ottawa cruzó el escenario y sacó una laptop de su mochila. Saludó al público con una tímida reverencia y se puso a conectar los últimos cables de su enorme sintetizador modular. Volvió a echar mano de su mochila y sacó una cámara de video que también conectó al aparato, transformándolo todo en una suerte de comando de nave espacial.
Su figura alta y desgarbada se inclinaba sobre las perillas y los minúsculos botones que iban transformando poco a poco el silencio en ruido. Todo comenzó con una frecuencia tenue, casi imperceptible, que luego fue creciendo e interactuando con la otra protagonista de la noche: la pantalla que Gara vigilaba atentamente de reojo. La compleja estructura del músico se completaba con un láser que, a su vez, estaba conectado a la cámara de video y al sintetizador modular, provocando que la imagen y el sonido vayan de la mano.
Una suerte de llama naranja empezó a reaccionar a los estímulos de Gara cambiando de color y forma como en un caleidoscopio. Luego apareció la filmación de un río en el medio de la selva, pero el músico se encargó de transformarla rápidamente en una postal infernal. No había bombos, redoblantes, cajas de ritmo ni nada que se le parezca a una percusión. Ni siquiera parecía haber tempo en los paisajes sonoros que construía el baterista. Sin embargo, sonreía como un niño en una juguetería. Su función era más la de un administrador que la de un artífice. Había desatado una tormenta, un verdadero caos, y desde su base de operaciones se encargaba de arriarlo y llevarlo a buen puerto. Mientras lo hacía, no podía evitar mecerse en una silla. Tenía todo absolutamente controlado. Con una mano apretaba play para proyectar una nueva filmación y con la otra elevaba la frecuencia rozando los límites sensoriales.




