Jungle, en el Teatro Vorterix: una disco para el siglo XXI
Los ingleses lograron un interesante maridaje de época con letras introspectivas y un beat tan bailable como enérgico
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Jungle es una de esas bandas que bien podrían no existir. O, mejor dicho, que mayor efecto causan cuanto más pasan inadvertidas. Porque cada vez que tocan en vivo lo que realmente importa es cuánto puedan hacer sentir a su público que la acción está en el baile más que en la contemplación de lo que suceda arriba del escenario.
Y así pensaron su show de la noche del martes ante un Teatro Vorterix repleto, como un set de una banda disco de los 70 traída al siglo XXI a fuerza de beats electrónicos. A partir de ahí, Jungle, el colectivo inglés que en la actualidad se conforma como un septeto, se construyó como la banda residente para el boliche más cool posible. Casi sin solución de continuidad, "Smile", "Heavy, California" y "The Heat" fueron el tridente inicial que sentó las bases de la propuesta: bailar hasta que los pies digan basta.
Solo en dos momentos del show Jungle otorgó una minitregua. Primero, con "Beat 54 (All Good Now)", seguida de "Cherry" y, ya casi sobre el final, con "House in L.A.", tres midtempos en los que el grupo liderado por Josh Lloyd-Watson y Tom McFarland se codea con el soul y hasta con el blues, para bajar la intensidad. Durante el resto de los poco más de 80 minutos de show, la maquinaria rítmica no paró de construir grooves para que las voces volaran en falsettos armonizados a tres voces. Mucho del clasicismo de Earth Wind & Fire y mucho de la indietrónica de Hot Chip. Para el final, el grupo ajustó aún más sus pretensiones bailables. Sus bases de variación mínima mantuvieron el pulso y fueron agregando pequeños detalles de texturas (desde juegos de percusiones tribales hasta guitarras de neto corte funk) que evitaron la repetición tediosa. "Drops" primero, y, ya sobre los bises, "Easy Burnin'" y "Time" fueron el clímax a puro bombo en negras y banderas argentinas revoleadas en el escenario. "Estuvimos dispuestos a abrirnos y dejar que las emociones fluyeran. Y si está acompañado de buenos ritmos y con mucho groove, mejor", le dijo McFarland a LA NACION a propósito de su último disco. Una definición que bien podría aplicar a lo que hicieron en el Teatro Vorterix.
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