King Crimson impuso sus reglas en un show histórico en el Luna Park

King Crimson en el Luna Park
King Crimson en el Luna Park Crédito: Gentileza Vicky Roa
Oscar Jalil
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9 de octubre de 2019  • 13:31

A los costados del escenario, dos carteles sostenidos por trípodes de aluminio invitan al público a abstenerse de tomar fotografías "o se lo invitará a abandonar el teatro", advierten las señales. El teatro es el Luna Park con su capacidad casi colmada y la mayoría de la audiencia parece dispuesta a aceptar las reglas para una nueva reencarnación de King Crimson a 25 años de aquellos shows memorables en el Teatro Broadway y a 50 del debut que inició la era del rock progresivo con el no menos majestuoso In The Court of The Crimson King. La advertencia será reforzada por la voz del estadio segundos antes del arranque y durante el concierto -de casi tres horas- a través de una legión de acomodadores provistos de potentes rayos laser en busca de los desobedientes. El primero de los dos conciertos programados corrigió la experiencia en materia de espectáculos de rock: tres baterías al frente del escenario, la ausencia de efectos lumínicos, un sonido cercano a la perfección y el control total para desarticular las distracciones privilegiaron la música por encima de todo. Casi una obviedad, pero en tiempos de pantallas carceleras lo de Robert Fripp al frente de una entidad imprevisible se convierte en un acontecimiento único, porque en esa falsa etiqueta de rock progresivo que acompaña a la banda desde sus comienzos existe una formación viva cada vez que sube a un escenario, una nave madre que barre géneros a pura contundencia, precisión y alto nivel emocional.

Cero nostalgia para un recorrido histórico. King Crimson es una obra en sí misma y siempre dispuesta a reformularse. Esta vez con un trío de baterías como centro de atención, pero la disposición parece otro chiste de Fripp en pos de ampliar su horizonte testarudo. Pat Mastelotto, Gavin Harrison y Jeremy Stacey, quien además toca teclados, tiran toda la ferretería en los primeros instantes del show, dialogan a contratiempo y proyectan nuevas sonoridades por encima de un probado virtuosismo. Atrás, en la segunda línea, brilla el saxo barítono de Mel Collins -casi un miembro fundador, ingreso al grupo en 1970-. El ex Camel tira pistas de jazz y música contemporánea en intervenciones certeras y marca que los momentos por venir serán por los discos del período 69-74, más orquestal, intrincado y laberíntico. A su lado, Tony Levin es pura elegancia intercambiando bajo, stick y contrabajo. Jakko Jakszyk, en cambio, corre con la difícil tarea de reemplazar a Adrian Belew, pero el repertorio elegido evoca los tiempos vocales de Greg Lake y John Wetton, ecos más acorde con su fraseo melódico y en cada incursión sale airoso. Completa el cuadro, Robert Fripp y su adorable inmutabilidad, cuando toca la guitarra o el sintetizador los planetas cambian su alineación y anoche esos modos de deconstruir un solo armaron varios sistemas de encantamiento.

Sonaron los clásicos de la edad de oro: el estallido espectral de "Red", el épico in crescendo de "Epitaph" y la belleza absoluta de "Moonchild", un lullaby inscripto en la mejor tradición del folk inglés. Fotos de un viaje sin pasos en falsos pero con algunos excesos en algunos pasajes percusivos, aunque nadie puede quejarse de esas intervenciones cada vez que la banda en pleno retomaba el hilo con enlaces sorprendentes para unir con total naturalidad free-jazz y heavy metal, tal como ocurrió en los estallidos que gobiernan al reciente "Suitable Grounds for The Blues". Pero fue la sentida versión de "Islands" el mejor cierre para la primera parte del show. Luego, 20 minutos de intervalo y una carga ligera para el tramo final: nueva vida para "Easy Money", otra visita a la descarga furiosa de "Larks' Tongues in Aspic", en este caso la parte II, y una de las pocas aproximaciones a la etapa 80 con una versión 2019 sobre el minimalismo eléctrico de "Indiscipline". Como los pliegues de una existencia atemporal, Crimson refleja ternura y violencia, caricias y neurosis, horizontes oblicuos y un detallismo que abruma. Extremos que quedaron perfectamente expuestos en la maravilla espectral que expone "Starless", el único momento de la noche en que el azul dominante del escenario cambió por un rojo escarlata, y la escala final a bordo de ese tremendo y rockero himno apocalíptico llamado "21st Century Schizoid Man". Ahora sí, celulares en mano y todo el mundo feliz, mientras Levin y Fripp devuelven los clics desde la tarima superior. Al final, sólo se trataba de escuchar.

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