La musicalidad de Juana Molina choca contra los medios tonos
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Recitales de la cantautora Juana Molina (guitarra, teclados y canto), junto a Fernando Kabusacki (guitarra) y Alejandro Franov (teclado, arpa, bajo y percusión). En la sala Astor Piazzolla del Centro Cultural Borges. Próximos conciertos, los viernes 26 del actual y 3 y 10 de mayo, a las 21.
Nuestra opinión: bueno.
Uno de los padres musicales de Juana Molina -confesó hace días- es Maurice Ravel, de quien el 5 de este mes se cumplieron cien años de "Pavana para una infanta difunta".
Pero no es Ravel quien parece estar presente aquí. Como tampoco los Beatles, a los que ella mencionó en su entrevista. Más bien se diría que aquí se está emulando el espíritu (no el estilo) minimalista de Eric Satie y las secuelas del movimiento del minimalismo surgido a mediados de los años sesenta en Estados Unidos, con Philip Glass como uno de sus exponentes.
Porque aquí también esas canciones elaboradas por la ex histriónica Juana Molina -hoy devenida cantautora- son mínimas, reducidas en sus formas y en sus colores, porque están basadas en trozos melódicos y rítmicos elementales, como contrapartida del lirismo y del expresionismo. Son simples, lisas, llanas, atadas a la reiteración de esbozos en la línea del canto, a sus curvas y escuetos desenvolvimientos, mientras el acompañamiento también se regodea en el uso de lo electrónico.
Juana Molina inicia este repaso de su disco "Segundo" con el tema "Martín Fierro", exactamente el que prorrumpe con "Aquí me pongo a cantar/al compás de la vigüela (sic, según reza en el librito de "Segundo")". La vihuela aquí es la guitarra y el compás no es folklórico, sino francamente pop, con una elemental y tranquila melodía que repite sus rasgos sin cesar.
En esa minicanción cabe casi todo el espectro creador de Juana Molina, incluyendo su vocecita casi de niña tímida, aunque cante con el desparpajo y la suficiencia de una veterana.
La media voz prosigue con "En los días de humedad", construida en tres o cuatro notas que vuelven a reiterarse y que en su trazo buscan ser originales. Ellas denotan cierto parentesco con el pop argentino, heredero de la época de Sui Generis.
El confeso pánico de cantar ha quedado atrás. Lo demuestra al asumir "El perro", una pequeña historia de venganza hacia la propietaria de un empecinado ladrador. Juana ladra con fruición hacia el final de la canción, imitando el alboroto de pichichos, cachorros, sabuesos o perrazos, tras haber recurrido a la misma fórmula de una melodía que se puede seguir sin esfuerzo, por lo reiterada.
Como en el living
Canchera, Juana dice sus primeros bocadillos, y la gente se ríe con ganas, aunque sólo se trate de comentarios sobre pasajeras tribulaciones de escenario, en el que ella se muestra como en el living de su casa.
Ocioso será seguir mencionando el resto de las canciones algo ingenuas y con razonables pinceladas de originalidad, si es que uno se pone a repasar sus excelentes influencias de la música clásica y popular.
Así es como el resto goza del prestigio del tedio. Aunque roce cierta extravagancia en el abuso de fórmulas en las que el discurso musical se torna reiterativo y monótono.
Por cierto que nada es cacofónico ni embrollado. Lejos de todo lirismo, de cualquier metáfora, las letras aportan sus vivencias sobre cuestiones personales, sobre relaciones humanas, que apenas insinúan el eterno tema del amor. (No es de rigor que lo sea.) Y por ahí surge alguna testimonial, como "El pastor", casi una perla en medio de la hojarasca del lenguaje corriente que no descarta alguna obviedad.
Toda la música flota con reverberancias electrónicas. Tanto las de la guitarra, como las del bajo. Sobre todo, las que brotan de los teclados.
Los méritos de Juana Molina es que canta con solvencia de profesional, afina, no grita, no apela a la frivolidad, ni cae en una temática truculenta. Quizás hubiera podido incursionar en el humor (letras y notas), pero, por lo visto, ha dejado confinado su humor a las imitaciones de la TV. Otro aspecto de la interpretación es que Juana emplea el medio tono como si tuviera un solo registro y una sola tonalidad por explorar. Vale decir que no practica el exhibicionismo canoro, no obstante ser dueña de muy buenas cuerdas vocales para asumirlo con éxito. Lo demuestra en un brevísimo pasaje en el que regresa a la caricatura canora en variados géneros.
La obstinación de Juana Molina por recurrir a esta cortísima veta melódica y armónica puede ser en sí misma una originalidad. Pero cuando ésta se convierte en lugar común, cuando repite esa nueva fórmula aplicada a la canción, la originalidad se diluye. Es una lástima, si se piensa en el bagaje musical del que dispone una artista tan cultivada como ella.




