
La vida musical de Irving Berlin
En casi veinte años, han sido nada más que cuatro las integrales de canciones de grandes escritores norteamericanos que Robert Kimball lleva publicadas con el formato de libro-objeto. Colecciones organizadas cronológicamente que avanzan desde garabatos de adolescencia hasta las obras mayores, todas las letras sin omitir una sola estrofa, ilustradas con carátulas de partituras originales, fotografías de los shows en que se originaron y memorabilia suficiente para entender la evolución del espectáculo musical a lo largo del siglo pasado.
El cuarto volumen de la serie, "The Complete Lyrics of Irving Berlin", apareció hace unos meses con la suntuosidad gráfica habitual en la colección y el ingrato tamaño de costumbre: un mamotreto cuadrado de treinta centímetros de lado, imposible de acomodar en ningún estante, muy pesado y, al cambio actual, carísimo. Pero tampoco es cuestión de comportarse como la antipática zorra de la fábula: aquellas uvas no estaban verdes y este tomo, igual que los dedicados a otros autores, es visualmente estupendo y muy útil como fuente de información.
Por lo pronto, es el que más canciones contiene: 1250, escritas a través de ocho décadas, de las cuales la tercera parte son muy oscuras, cuando no inéditas; también el más variado en temática, porque Irving Berlin fue el más duradero de todos sus geniales competidores -murió en 1989, largamente cumplidos los ciento un años- y también el más versátil.
Desde principios del siglo pasado no paró de componer, primero tonterías de época, luego ragtime, valses, fox-trots, canciones patrióticas, baladas románticas, himnos al teatro, rutinas para Groucho Marx, varias temporadas de "Follies" producidas por Ziegfeld, películas íntegras con Fred Astaire, Bing Crosby o ambos y muchos musicals, uno de ellos -"Annie, get your gun"- perfecto. Semejante álbum de canciones no es para leer en una noche, ni mucho menos de corrido: mejor hojearlo sin orden, demorándose inevitablemente en los versos que todavía se siguen escuchando y de paso sorprenderse ante la verdadera edad de clásicos como "La banda de Alejandro" (1911 ), "Siempre" (1925), "I love a piano" (1915) o "Cielos azules" (1927), aunque más revelador sobre la personalidad del autor resultan las rarezas.
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"Irving Berlin no tiene lugar en la canción norteamericana, él es la canción norteamericana", sostenía otro compositor monumental, Jerome Kern, y eso es lo que surge de esas letras olvidadas antes de ponerle música, un auténtico cronista de costumbres, curioso por los cambios sociales y estéticos que ocurrieron en su larga existencia, pero no desesperado ante ellos, ansioso de registrarlos en versos como por instinto, sin propósitos testimoniales, aunque "Supper Time", estrenada por Ethel Waters en 1933, fue la primera canción en aludir a un linchamiento.
Se escribieron numerosas biografías, pero solamente Charles Dickens hubiera servido para contar la verdadera historia de Irving Berlin, llevado a Nueva York de la Siberia natal a los cinco años, criado en la indigencia, compositor de canciones exitosas sin saber música, millonario desde joven, trágico el primer matrimonio -su mujer murió dos semanas después de la boda por una infección contraída durante la luna de miel- pero larguísimo y feliz el segundo, sucesos y honores continuos, y gran final como prócer musical en reclusión voluntaria.
Irving Berlin fue la quintaesencia del inmigrante enamorado del país en el que tuvo tanta suerte y, como confirman sus obras completas, vivió más de un siglo expresando su gratitud en centenares de buenas canciones. "Dios bendiga a América" es suya, y también esas postales de una vida familiar sin sombras que el mundo entero terminó envidiando después de escuchar "Navidad blanca".




