Los monos tremendos

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26 de octubre de 2007  

Recital del grupo británico Arctic Monkeys, anteayer, en el estadio Luna Park. Alex Turner (voz y guitarra), Jamie Cook (guitarra), Nick O Malley (bajo) y Matt Helders (batería). Banda invitada: Bicicletas.

Nuestra opinión: muy bueno

Alex Turner tiene el porte de niño británico arrogante que tanto impacto ha causado en la cultura rock desde los tiempos de John Lennon en adelante, pasando por Roger Daltrey, Paul Weller y, especialmente, Liam y Noel Gallagher (quien no pierde ocasión para pontificar a Arctic Monkeys como su banda nueva favorita). A los 21 años, este chico con flequillo largo sobre los ojos que canta a mil por hora sin inmutarse sabe que es la joya brit del momento y actúa en consecuencia.

Camisa "celeste colectivero" bien planchada, pantalones skinny -ajustaditos, digamos- y la guitarra bien en alto, con la correa corta, vicio legado de la vieja escuela del rock inglés. "Apuesto a que te ves bien en una pista de baile, no sé si estás buscando romance o...", sugiere desde uno de los hits de la banda, y los 7000 jóvenes que se acercaron hasta el Luna Park para comprobar todo lo que se ha dicho (y escrito) de Arctic Monkeys responden saltando, con los brazos en alto, agitando sus cuerpos hediondos de espíritu adolescente. Alex Turner termina la canción y miente sin convicción: "Estamos encantados de estar acá". Porque es cierto, lo más probable es que no le interese demasiado, incluso quizá ni recuerde exactamente en qué ciudad latinoamericana le ha tocado salir a escena esta noche, en otro paso de su primera gira por estas tierras. El tipo hace lo suyo y ya. Y lo hace muy bien.

Sin pantallas ni fuegos de artificio, sin demagogia ni divismos, el cuarteto que el último año se destacó como "banda revelación" de la nutrida escena británica vino, tocó y triunfó en Buenos Aires con una receta simple, pero efectiva: dos guitarras, un bajo y una batería al servicio de melodías pegadizas y riffs de implacable crudeza, a todo volumen. Un, dos, tres y va. Sin detenerse, una hora y media de música y adrenalina teen a flor de piel. Y se acabó.

En ese período, los Arctic Monkeys demostraron tener todo lo que han tenido las grandes bandas del rock inglés en los primeros años de su carrera (la banda de Sheffield dio su primer concierto en 2003, editó su exitoso álbum debut en 2006 y este año ya lanzó al mercado el segundo): buenas canciones, actitud, ambición, química y, sobre todo, juventud, divino tesoro.

Si a esto se le suma un cantante con habilidad para el fraseo ligero (escuchándolo en vivo y en directo uno entiende por qué el rapero londinense Dizzee Rascal lo convocó para cantar en su álbum Maths and English ) y una base rítmica compacta, he aquí la promesa de un grupo que posiblemente marque con sus composiciones a toda una nueva generación. Aunque, de aquí en más, en ellos estará abandonar la ingenua y dulce adolescencia en busca de caminos que los conduzcan a la experimentación sonora o, directamente, al estilo propio, como lo hicieron sus antecesores más hidalgos.

Así, uno de los mejores exponentes de la actualidad del rock británico pasó por el Luna Park y dejó a una multitud de niños y niñas en estado de shock, esperando por su pronto regreso.

¿Algo más? Sí, claro, la lista de temas incluyó buena parte del material que componen sus dos discos editados, con títulos como "Tormenta de cerebros", "Viejos ladrillos amarillos", "Apuesto a que te ves bien en una pista de baile", "Adolescencia fluorescente", "Cuentos falsos sobre San Francisco", "Cuando caiga el sol" y "Romance seguro", canción con la que cerraron su set y sellaron, metáfora mediante, su relación con el público argentino.

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