Los Rolling Stones en la Argentina: el día que los fans eligieron a Keith Richards
La banda llegó a Ezeiza a las 6 de la tarde y los integrantes se repartieron en tres hoteles diferentes; crónica de lo que sucedía en el Four Seasons
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A las 5:30 de la tarde la intersección de las calles Posadas y Cerrito se convirtió en el escenario ideal para la especulación. Ahí estaban Luis Duarte, un artesano bien stone. Con una bandera de la banda y un afiche con recortes de diarios, de otras veces en las que había estado esperando a Los Rolling Stones, repetía y mostraba la imagen: "Acá es cuando lo abracé a Ronnie Wood". Mientras hablaba con otros fans que hacían cuentas a ver cuánto tardarían los músicos en llegar al Four Seasons y si, efectivamente, iban a parar en diferentes hoteles o si se trataba de un dato para desconcertar. También estaba Erika Pereira Colman, una empleada de una compañía de cable, que venía de seguir a los Stones por el mundo. Estuvo en Australia, Estados Unidos, Francia pero sin hacer turismo, del aeropuerto al show y del show a la casa. "Keith Richards es el que toca donde sea, al que no le interesa la plata", opinó. Cerca su novio registraba cada paso con la Go Pro. "Salimos hace cuatro meses pero por suerte también le gustan los Stones, sino no podríamos estar juntos". Ella tiene el anillo de Keith y él, una lengua tatuada en uno de sus brazos.

Los guardias de seguridad movían vallas y marcaban la ansiedad de los presentes, a solo cuatro cuadras estaba el otro hotel, el Hyatt. Según los datos que circulaban, Mick Jagger iba a hospedarse ahí. Más allá de algunos policías, no había público esperando al vocalista. Tampoco lo había en el Faena donde se sabía que iba a parar Charlie Watts. Por alguna razón todos esperaban a Keith Richards y Ron Wood, aunque en realidad esperaban a Keith. ¿Por qué no van a ver si llega Jagger? "Richards fue el primero en venir a la Argentina en 1992 y eso hizo que haya un relación muy especial con él", explicó Marcelo Silato, de 45 años, quien hace 30 que colecciona material de la agrupación.
El tiempo empezó a correr, se hicieron las 6 de la tarde y no había novedades de ninguno de los integrantes. "Pero cómo, ¿no llegaban a las 5?", se preguntaban algunos fans. Y de ellos mismos venía la respuesta: "No, tengo un contacto en Ezeiza, acaban de aterrizar".De Santiago de Chile a Buenos Aires, la banda viajó en un avión privado junto a sus respectivos contingentes.

Ellos no son los únicos que viajan. Entre los valientes que se hicieron tiempo para esperar en la puerta del Four Seasons había un hombre alto y claramente europeo que improvisaba un castellano con toques afrancesados. Era Raúl, un suizo enfermo por los Stones que consiguió permiso de su mujer para venirse una semanita a Buenos Aires y verlos en La Plata. Más allá de haber ido a más de 20 shows en Europa, una frase le quedó dando vueltas en su cabeza. Fue cuando Richards dijo en una entrevista que uno de los mejores recitales de los Rolling había sido en Argentina, también que el público hacía del show algo inolvidable. Fue por eso que quiso venir a comprobarlo. "Mi mujer entendió, sabía del tango, los glaciares y el dulce de leche pero nunca había estado acá. Es muy lindo", dijo a LA NACION mientras esperaba la llegada de sus ídolos. En su celular tenía una foto abrazado a Darryl Jones, bajista de la banda. "Quise venir a ver cómo se vivía acá en Argentina".
De a poco la calle empezó a llenarse de gente pero Richards y Wood no llegaban. Entonces, los entendidos, que por haber ido otras veces a esperar a la puerta sabían cómo venía la cosa, empezaron a subir cuesta arriba por Cerrito, a la puerta de la mansión. "Yo una vez le toqué la mano a Richards. Fue en el 98, conseguí que un brasilero me dejara entrar con él a la conferencia. Lástima que no había cámara digital en ese momento", contó Macelo. Oficiales y guardias se pusieron en posición: era inminente la llegada de -al menos- dos Stones. "Para mí van a venir los 4", planteó otra de las rolingas, en una cuadra donde sobraban los cortes de flequillo y los tatuajes alegóricos (desde la cara de Richards a la estética de alguna tapa de disco). Si bien había gente, los mismos seguidores se sorprendían porque no había más de 50 personas. "Debe ser porque fueron a hoteles diferentes, no entiendo por qué se separaron", dijo Luis al pasar. Cerca, un imitador de Mick improvisaba algunos pasos para las cámaras.

-Yo de las veces que vinieron fui a los cinco recitales en el 95, a los otros cinco en el 98 y a dos en el 2006. Ahora tengo entradas para el domingo, el miércoles y el sábado, ¡mirá si me los voy a perder! el día que se muera uno, ya está, esto se acaba- dijo Marcelo segundos antes de que la primera moto policía iniciara la caravana stone, eran las 7:10.
Un himno de cancha con "Los Stones, vamos los Stones" se apoderó del ambiente. Después pasaron tres autos y un patrullero. "Vienen directo desde la Ricchieri y hacen unas calles en contra mano", había adelantado uno de los de seguridad. Y como una estrella fugaz la espera dejó de tener sentido. Atrás de las vallas, Marcelo, Erika, Raúl y Luis observaban con mirada de lince la escena. Había dos autos estacionados en la puerta de la mansión. Primero salió alguien de pelo blanco y, lejos de lo especulado, ¡era Charlie Watts! En pocos segundos, el baterista desapareció de la escena. ¿Quién más estaba en ese coche? Otra puerta se abrió y a la distancia, el pirata del Caribe se hizo inconfundible. No solo se dio vuelta y sonrió a sus seguidores sino que se sacó el sombrero blanco -el mismo que había usado en Chile- para hacer un gesto de reverencia. El estallido fue al unísono y tanto los seguidores como los periodistas no pudieron evitar contestarle con euforia.
Ahí estaba la razón por la que todos querían ir a ver a Richards.
El guitarrista entró al hotel y los fans corrieron hasta las rejas a esperar a que volviera a salir. "Yo hasta las 10 me quedo, después no hay más trenes a Moreno", prometió Luis. A cuatro cuadras en el Hyatt había llegado Jagger en una camioneta oscura y un poco más lejos, Ron Wood se había instalado en el Faena.
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