"Love me do"
Cuando Paul McCartney compuso "Love Me Do", a los 16 años (en 1958), los jóvenes ingleses estaban deslumbrados por el twist y por algunos artistas negros de rhythm and blues, pero sonó diferente el 11 de septiembre de 1962, cuando los Beatles entraron a los estudios de EMI para grabar el tema en la cara A y "P.S. I Love You" como lado B. Las cosas no estaban tranquilas en el grupo. Ya se había decidido que Pete Best no era un beatle y George Martin ya tenía reemplazante: Andy White; en tanto, John Lennon, Paul y George Harrison habían hecho buenas migas con Ringo Starr. Martin quiso conformar a Ringo con un tamboril, aunque más tarde debió ceder y dejarle grabar algunos surcos de batería. En el estudio 3 de Abbey Road se grabó "Love Me Do" tres veces en un mes, y cada una con un baterista diferente. El 5 de octubre se editaba el primer simple de los Beatles, pero aún no estaba en la calle. Brian Epstein no pudo convencer a la gente de EMI de que lo apoyara con promoción y tramó una campaña, menos profesional, pero eficiente: conminó a amigos, conocidos y familiares a que llamaran a las radios para pedir "Love Me Do" y a que recorrieran las disquerías para generar un interés que, con el tiempo, tendría un efecto desmesurado. Epstein le compró a EMI 10 mil simples y se ocupó de distribuirlos. Había que lograr que la gente escuchara la canción. Lo logró, aunque debió esperar a que llegara a los EE.UU. (y volviera) para convertirse en número 1.
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El riff lo toca John con una armónica que había robado en Arnhem y, si bien la letra es bastante banal para lo que dirán los Beatles más adelante, Martin se las arregló para que la melodía sonara encantadora. Pasaron 40 años desde aquel 5 de octubre en el que comenzó la carrera discográfica más influyente de las últimas décadas. Las cosas, entonces, funcionaban como ahora: las compañías no apoyaban si no era un número seguro. Y aunque es cierto que está lejos de ser la mejor canción de los Beatles, inauguró una época de transformaciones. Con "Love Me Do" empezó a cambiar el mundo. Y, cosa curiosa, era un cosquilleo pegadizo y un poco tonto. Y encantador, claro. Sencillamente encantador.





