
Ludwig van Beethoven y sus amigos
Desde hace varios años se fue haciendo natural que intérpretes de gran trayectoria internacional formaran apretados núcleos con sus amigos para viajar y tocar juntos. En los primeros tiempos les era necesario explicar los nuevos hábitos: la vida de un intérprete en largas y extenuantes giras puede convertirse en una exigencia insoportable. Nunca me olvido de haber llegado un día a Bonn y haber sido invitada pocas horas después para una audición pública de una pianista argentina. Terminado el concierto fui a saludarla, y ella, que hasta entonces ignoraba mi presencia, se puso a llorar. Me confesó que tras los aplausos lo habitual en ciertos lugares del mundo era volver al hotel y quedar en la más atroz soledad.
Viajar y tocar con amigos trajo además la ventaja de producir espléndidas jornadas de música de cámara, cumplidas en el nivel impreso por aquel intérprete de jerarquía que convocaba a sus amigos. El caso de los festivales Argerich es uno de los más notorios dentro de esta modalidad.
Ahora, seguramente por razones de marketing, también aparecen publicaciones o discos sobre algún compositor famoso y "sus amigos". De paso, según creo, es instructivo, pues muchas veces uno salta de un músico a otro sin advertir las relaciones y afectos que los ligaban.
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Con este propósito, la prestigiosa revista musical francesa Diapason acaba de dedicar su número 522 a "Beethoven et ses amis", acompañado de un disco de regalo. Y lo cierto es que resulta más que gratificante imaginar a ese titán, que uno conjetura como malhumorado, díscolo y solitario en la inmensidad de su genio, acompañado por Weber, Hummel y Salieri, sus amigos. Tal vez el menos compatible del trío propuesto por la revista sea Weber, pues su carácter y sensibilidad creadora permanecían lejos del alucinado repliegue interior propio de Beethoven, cuya evolución estilística le resultaba incomprensible e inaceptable.
Más cerca estuvieron, en cambio, Hummel y Salieri. Buen compañero de ruta, según aseguran, Hummel estudió con Mozart y se perfeccionó en composición con Antonio Salieri, de quien Beethoven sería igualmente discípulo y amigo.
Es que Salieri fue maestro, creador y hombre muy apreciado en su tiempo. Triunfante en Viena, donde brilló como consejero musical de José II, sus más célebres discípulos (Beethoven, Schubert y Liszt) lo festejaron con los mayores honores. En sus últimos años, y habiendo perdido la vista y la razón, un perverso literato, Calisto Bassi, lanzó la sospecha de su responsabilidad en la muerte de Mozart, calumnia que le hacía el juego a la oposición de los nacionalistas alemanes contra los italianos de la corte vienesa. Una maldad a la que Pushkin, de puro ingenuo, dio crédito en una de sus "pequeñas tragedias", que luego Rimski-Korsakov llevaría a la ópera.
Desbaratado hoy, a tanta distancia, el embuste, esperemos que Salieri, el amigo de Beethoven, comparta ante la sensibilidad del siglo XXI la amigable compañía de Mozart. Sería hacer justicia.
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