Alexandre Tharaud, en el Coliseo: magistral, insólito, excelente, inadecuado

Alexandre Tharaud
Alexandre Tharaud
Pablo Kohan
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4 de julio de 2019  

Primera parte: proyección de la película Beethoven: últimas sonatas, de Alex Nante / Segunda parte: recital de piano / Programa: Beethoven: Sonata para piano Nº 30, op. 109; Ravel: Sonatina para piano y La valse (transcripción para piano de A. Tharaud). Nuova Harmonia. Teatro Coliseo / Nuestra opinión: buena

El programa que anunciaba Nuova Harmonia incluía una película de Mariano Nante sobre las últimas dos sonatas de Beethoven, interpretadas por Alexandre Tharaud, y una segunda parte con el pianista francés, en vivo, haciendo la antepenúltima de esas treinta y dos sonatas y dos obras de Ravel. La suma parecía interesante y movilizadora. Pero el diablo metió la cola y la resultante se acercó peligrosamente a la decepción. La película adoleció de deficiencias técnicas exasperantes y el recital del gran pianista francés fue una alternancia de excelencias, excentricidades, despliegues técnicos y artísticos irreprochables, y exhibiciones de virtuosismo que bordearon la incongruencia si no la extravagancia.

La película de Nante transcurre en las ruinas interiores de una residencia muy señorial, pero descascarada, desmoronada, sucia y devastada en la que se ubicó un gran piano de cola, prolijamente tiznado y deslustrado para darle alguna coherencia con el recinto que lo albergaba. Tras una breve caminata hasta el piano, Tharaud se sienta y comienza a tocar las últimas dos sonatas para piano de Beethoven. Sin ninguna palabra, la película, en un color sepia casi inamovible que se extiende por unos 45 minutos, muestra al pianista en primeros planos de su rostro, de sus manos y de su estampa alternando con imágenes reiteradas ad infinitum tomadas por una cámara que gira a su alrededor mostrando imágenes de charcos en el piso, insectos muertos, paredes rotas y manchadas, restos de pintura y suciedades varias en el piso. Más allá de que la combinación del Beethoven final con esta iconografía es de un simbolismo poco claro, la apreciación de la película y de la excelente interpretación de Tharaud prevaleció la falta de sincronización entre imagen y sonido que hizo que la observación del film fuera realmente exasperante. La ausencia de micrófonos de cualquier tipo revela que la filmación fue realizada en playback, lo que implica riesgos que, seguramente, en la película deben haber sido salvados. Pero en la proyección que tuvo lugar en el Coliseo, los inconvenientes técnicos con ese delay hicieron que el sonido de la tecla presionada anticipara a la imagen casi un segundo. Y hubo dislates mayúsculos como que los mazazos de Tharaud se escuchaban cuando tenía sus manos en el aire o que la sonata había terminado y, en silencio, las manos del pianista presionaban una última tecla insonora. La voz en off que tras la proyección pidió disculpas por las deficiencias técnicas no pareció suficiente. El error había sido cometido y la primera parte del recital no tuvo salvación posible.

En la segunda parte, Tharaud demostró que es un pianista magistral, con una técnica descomunal para hacer cualquier cosa que desee. El asunto es que las cosas que desea no siempre son las que podrían aparecer como las más apropiadas. Si Dr. Jekyll tenía a su Mr. Hyde, Monsieur Tharaud tiene muchas otras más personalidades en su interior. Su interpretación de la Sonata Nº 30, de Beethoven, fue espléndida, con una observación precisa y el mejor sonido para cada uno de los infinitos misterios con los cuales el gran compositor plasmó una obra milagrosa. A continuación, con la Sonatina para piano, de Ravel, asomaron lecturas de cierta expresividad romántica que, no obstante las peculiaridades del lenguaje raveliano, no parecieron inapropiadas ni ajenas. En definitiva, una muy buena presentación. Pero su arreglo para piano solo de La valse estuvo atravesado por una exuberancia técnica y recursos pianísticos propios de Liszt o de Rachmaninov que deslucieron o simplemente hicieron desaparecer las sutilezas, las exquisiteces y las delicias que son propias de cualquiera de las versiones originales de Ravel, la de dos pianos o la orquestal. Fuera de programa ofreció muy bien el Vals op. póstumo en la menor, de Chopin, con los cuidados y los miramientos más comedidos, y por último, salvaje y desplegando una técnica tan descomunal como poco apropiada, tocó la Sonata para clave en re menor, K. 141 (la que siempre toca Martha Argerich fuera de programa) de un modo feroz, altisonante, una auténtica muestra de acrobacia pianística, ciertamente tan descomunal como inadecuada. Eso sí, Tharaud tiene una muy sólida personalidad musical como para ser coherente y consecuente con sus ideas. El asunto es que esas visiones no siempre parecen las más pertinentes.

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