Mañana campestre y giros de irrealidad
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La sombra de un pájaro en vuelo . Dirección: Andrea Servera. Video: Karin Idelson. Intérpretes: Gerardo Carrot, Lucía Fernández Mouján, Gabriel Espinosa, Mariela Puyol, Laura Zapata. Animación: Natalia Marcantoni y Mariano Ramis. Música: Sebastián Schachtel y temas en vivo por Gabriel Espinosa. Intérprete de canción en video: Laura Blanco. Vestuario: Vicky Otero y Florence Argüello. Escenografía: Romeo Fasce y Luciana Quartaruolo. Iluminación: Bibiana Scholnik. Coproducción de Chapter Arts Centre, Gales, Reino Unido. En la Ciudad Cultural Konex. Ultima función: hoy, a las 22.
Nuestra opinión: muy bueno
La sombra de un pájaro en vuelo puede pasar inadvertida. Pero aun de carácter fugaz, puede también ser digna de contemplación, estimulante de algún recuerdo, disparador de un imaginario fantasioso y poco amigo de la lógica. Justamente, esto es lo que sucede frente a La sombra de un pájaro en vuelo : el nuevo trabajo de Andrea Servera, una coreógrafa, que insiste en hacer dialogar imágenes y movimiento, darle espacio a cierta teatralidad y manejar objetos en escena.
Un tarro transparente de galletas, cuatro o cinco sillas, la palangana turquesa, ropas sueltas, otras colgadas en un perchero, la bicicleta antigua. Mientras la música de Charly García y Luis Alberto Spinetta acompañan al público hasta la platea, los intérpretes transitan el espacio, cambian las cosas retro de lugar, se sientan alrededor de la mesa, sobre la que uno de ellos se recostará cuando comience la obra: a la hora del desayuno. Hay ida y vuelta de leche en botellón de vidrio y grisines, en pijamas, que se cambiarán por preciosos vestidos de calle, ahí, sobre la mesa, a la vista de todos, una vez que se hayan lavado los dientes.
A partir de la escena inicial (y la siguiente: una imagen bella y poética de un amanecer en pantalla, que será la ruta que siga la bailarina que pedalea y pedalea en escena). La sombra ... se construye a través de cuadros grupales, dúos y solos, con movimientos quebrados, recorridos circulares, en loop , representaciones apoyadas (y, a veces, reforzadas) en las proyecciones. Escenas en las que el viento, los secretos, cierta reminiscencia a la infancia, a una vida apacible, en la naturaleza, vuelven de diferentes formas. "... Debía continuar moviéndome a toda costa", dicen un par de mujeres de pasos fragmentados, en un texto doméstico de parlamento al tono, pa-la-bra-por-pa-la-bra, sobre un cotidiano sin sobresaltos.
La obra juega -porque es lúdica- con cierto universo onírico en el que habitan seres que pueden ser más o menos reales, como los que se dibujan sobre el lienzo digital, mientras en el mundo corpóreo una joven en puntas de pie (de pies chuecos), con su "vestido barrilete", se encuentra tímidamente con él, en el viento.
Se destaca el trabajo de Laura Zapata en el cloquear de las gallinas, que se dispara desde el plano de los pixeles -como todas, imágenes de gran calidad-, y que tiene su correlato en una intérprete ponedora , desarticulada como bicho de corral. Más tarde -cuando ya haya pasado eso de "Ya no estás más a mi lado, corazón"-, exasperada hasta la respiración, la misma bailarina entrará en un chiquero frenético, delimitado con cinta ribonette tricolor, que hará que su idea de cerdo se vea de una forma particular.
La relación entre la coreógrafa y la artista visual está consolidada (este año hicieron también juntas Cinco canciones ), y la de ellas es una convivencia sin malos humores en la puesta. Está a la vista. "Una ensalada de lenguajes", que a la talentosa Servera le gusta preparar, esta vez, a la luz de una mañana campestre con giros de irrealidad.


