
Música de cámara al alcance de todos
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Concierto de Los Músicos de Cámara de Buenos Aires, que integran Rafael Gintoli (violín), Marcela Magin (viola), André Mouroux (violoncelo), Rolando D´Hellemmes (clarinete) y Lucrecia Massoni (piano). Ciclo gratuito organizado por la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y el Complejo Teatral San Martín, en el hall del Teatro San Martín.
Nuestra opinión: excelente.
Hay que celebrar la inclusión de Los Músicos de Cámara de Buenos Aires en el ciclo gratuito "Música clásica en el hall", organizado por la Dirección de Música de Buenos Aires, superando así las falsas antinomias que a menudo condujeron a ofrecer en sitios de fácil acceso público solamente música popular, por entenderse que es la única que llega al gusto mayoritario de la gente.
En los dos conciertos que el prestigioso grupo de cámara ofreció en el Teatro San Martín, con expresiones diversas de la música clásica que no excluyeron las de épocas más recientes, la Sonata para clarinete y piano de Francis Poulenc, una de las últimas obras importantes del brillante músico parisiense que guarda cierta afinidad con el inquieto y cambiante espíritu cosmopolita de la calle Corrientes
El numeroso público de las más diversas edades se acercó, atraído por el anuncio, desde hora temprana, asegurando así su asiento en los pasillos altos de la sala. A juzgar por su escucha atenta, muy lejos de sentirse defraudado ante ciertas expresiones contemporáneas como ésta, se corroboró una vez más que toda obra musical -y de arte, en general-, cuando es genuina y está bien interpretada, como aconteció en esta ocasión, llega en forma directa al oyente, aun si su sensibilidad está despierta.
Y esto es lo que aconteció en las dos presentaciones de Los Músicos de Cámara de Buenos Aires, previa presentación de cada uno de ellos y de cada obra musical, de manera amable y coloquial, por la pianista Lucrecia Massoni.
Los veinte años que cumple el grupo se vieron ampliamente cohonestados en estos dos conciertos a partir de la obra de Poulenc, compuesta en 1962 en homenaje al resistido miembro del Grupo de los Seis que él integró, su colega Arthur Honegger, y que fue estrenada por Benny Goodman en el Carnegie Hall de Nueva York.
La Sonata de Poulenc fue una de las tres obras importantes para instrumentos de soplo que el músico compuso poco antes de morir, en 1963. Aparece aquí como el compositor ingenioso que fue. Si bien no innovó en el lenguaje musical y se mantuvo dentro del sistema tonal, supo como otros creadores moverse con innegable libertad en la melodía, a la que impregnó de una gracia natural, ligera y de sutil gravedad, a veces melancólica, como sucede en esta obra. Así se pudo apreciar en la impecable versión que ofreció el clarinetista Rolando D´Hellemmes junto a la pianista Massoni.
La inteligente complementación entre ambos intérpretes hizo que el sobrio sostén pianístico en el Allegro tristemente posibilitara una clara nitidez en el pulcro trazo melódico de D´Hellemmes, quien asimismo rozó niveles de tenue melancolía en la Romanza central y se proyectó en el Allegro con el nervio requerido a ambos ejecutantes en el final.
Un Schumann admirable
El magnífico Cuarteto Op. 47 para piano y cuerdas de Schumann, ofrecido a continuación, demostró que la cohesión del grupo camarístico estriba en algo más que la coincidencia de instrumentistas experimentados, llegando a niveles interactivos profundos en cada uno de ellos.
A partir de un piano encarado básicamente como animador, tornóse esa evidente inteligencia desde la exposición del tema principal (Sostenuto assai y Allegro ma non troppo subsiguiente), con las alternativas del lenguaje schumanniano, siempre apasionado en las reexposiciones sucesivas del violoncelo y el violín, y con formas canónicas muy marcadas entre el piano y las cuerdas. Particular intensidad expresiva adquirió el Andante cantabile, con un lirismo que tanto el violín de Gintoli cuanto la viola ejecutada por Marcela Magin y el cello de Mouroux registraron, a su turno, en variaciones de significativa musicalidad romántica a los que se sumó la ensoñadora intervención de acompañamiento pianístico.
En el original Vivace final, con un fugado perfectamente definido, y después un canon entre los instrumentos se advirtió la compenetración camarística del grupo.
El Cuarteto Op. 47 con piano de Haydn sumó a esta atrayente propuesta musical el rigor de un clasicismo que añadió a ese ajuste, de equilibrio clásico, el vigor de un Rondó a la húngara de innegable y contagiosa musicalidad que despertó en el público asistente calurosos y prolongadoss aplausos y, probablemente, la expectativa de poder asistir en el futuro inmediato a experiencias felices de similar nivel.
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