
Por siempre Atahualpa
Habrá diversos homenajes y conciertos en Buenos Aires y en Córdoba
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En su caminar desde el altiplano y los valles calchaquíes hasta la pampa, Atahualpa Yupanqui supo recoger, con vocación de predestinado, las voces de la tierra y del hombre, para echarlas a volar por el mundo. Con ellas gestó un monumento perenne de sabiduría popular, intuyendo -o seguramente convencido- de que esa cultura, la más profunda y relegada, pertenecía a la sagrada tradición de sus compatriotas, de su paisaje, de sus costumbres, y que era preciso -asumiendo un mandato atávico- rescatarla. Que era su misión de cantor bucear, preservar y difundir ese inmenso y escondido patrimonio. Has de contar, narrarás, fue su más ineludible consigna; cumplir la sentencia de los amautas en la lengua granítica del ande, rastreando las esencias, la identidad, las alegrías y los pesares, como los rapsodas, persiguiendo incluso el glorioso destino del anonimato.
Hoy, a diez años de su muerte, eludimos el panegírico, la hipérbole, los ditirambos, para dar paso a sus versos. Ellos reflejarán mejor que nadie, su mensaje inconmensurable.
Don Ata nos está hablando. Nos confiesa su sueño de cantor: Una voz bella, quien la tuviera, para cantarte toda la vida; pero mi estrella me dio este acento, y así te siento, tierra querida... Yo soy arisco, como tus breñas, y así te canto, tierra querida.
Ese hábitat natural del poeta es el recuerdo de sus días en "Soledad": Yo me he criado a puro campo, rancho, rebaño, chacral, con noches de historias viejas, y mañanas de cristal. Un día yo vi un camino y me puse a caminar, y anduve, anduve y anduve, mezclando dicha y pesar.
Esos días se prolongan, ya con signo testimonial, en la "Milonga del peón de campo": Qué puede ofertar un peón, que no sea sus pobrezas. A veces me entra tristeza y otras veces rebelión . Y anticipándose premonitoriamente a su exilio, que sufrirá hondamente, como todo desarraigo, aunque barrunta que puede ser feliz en algún pago lejano, admite: Pero la verdad, paisano, ¡me gusta el aire de aquí!
El amor por la tierra y sus pesares le dictan las estrofas de la antológica zamba "La añera": Cuando se abandona el pago, y se empieza a repechar, tira el caballo adelante y el alma tira p´atrás. Yo tengo una pena antigua, inútil botarla afuera, y como es pena que dura, yo la he llamado la añera.
En otra canción antológica rendirá culto a su ancestro indígena: Caminito del indio, sendero coya sembrao de piedras; caminito del indio, que junta el valle con las estrellas. Caminito que anduvo de Sur a Norte mi raza vieja, antes que en la montaña la Pacha Mama se ensombreciera.
Su sed de siembra quedó plasmada en la chacarera "La olvidada": Quisiera ser arbolito, ni muy grande ni muy chico, p´a dar un poco de sombra, a los cansaos del camino.
La guitarra, su compañera, le dicta esta conjetura: Qué duendes tendrás, vigüela, para vivir desvelada, para contarnos tu pena, sólo con media palabra... en su madero embrujado, caben todas las distancias.
Sus soledades, de las que va y viene, como Lope de Vega, perviven en la "Milonga del solitario", donde habla de la creación y defiende su estilo de canto, un encargo para todas las generaciones, sobre todo para los gritones del folklore: Me gusta de vez en cuando, perderme en un bordoneo... las cuerdas van ordenando los rumbos del pensamiento... Siempre en voz baja he cantao, porque gritando no me hallo... apenas mi voz levanto, para cantar despacito, que el que se larga a los gritos, no escucha su propio canto.
Quedan sus homenajes a los perso-najes que rodearon sus días: "El arriero": En las arenas bailan los remolinos, el sol juega en el brillo del pedregal, y prendido a la magia de los caminos, el arriero va... Las penas y las vaquitas, se van por la misma senda. Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas . Alguien afirma que el original rezaba: las vaquitas, de Anchorena .
Y su tributo a Tucumán y, de paso, otra confesión alegórica de vida: Yo no le canto a la luna porque alumbra y nada más; le canto porque ella sabe, de mi largo caminar. Ay lunita tucumana, tamborcito calchaquí, compañera de los gauchos en las sendas del Tafí. En algo nos parecemos, luna de la soledad: yo voy andando y cantando, que es mi modo de alumbrar.
Nos regaló como tesoro ese inolvidable recuerdo de su querido caballo muerto, con sus espléndidas metáforas: Era una cinta de fuego, galopando, galopando; crin revuelta en llamaradas, mi alazán, te estoy nombrando... En el fondo del abismo, ni una voz para nombrarte, solito se fue muriendo, mi caballo, mi caballo.
Y más allá la alegoría del río y su sino de viajero, siempre huyendo: Tu que puedes, vuélvete, me dijo el río llorando. Los cerros que tanto quieres, me dijo, allá te están esperando. Qué cosas más parecidas, son tu destino y el mío; vivir cantando y penando, por esos largos caminos.
Su condición de paisano pudoroso lo pinta de cuerpo entero en sendas creaciones. La más antigua, que ya no se canta, desgrana: En mi pago de Raco y en el campo de La Zanja, cuando se siembran penas, se cosechan esperanzas. En el corral de pirca, zumba mi lazo; así me zumba el alma, viditay cuanto te abrazo . Otra reza: Criollita santiagueña, morena linda, por ti cantan los changos sus vidalitas ¡santiagueña! Otros han de alabar a las donosas de la ciudad... Una tercera, es una de sus tantas despedidas: Viditay, ya me voy, de los pagos del Tucumán, en el Aconquija viene clareando, vidita nunca t´hei de olvidar. Viditay, triste está, suspirando mi corazón... malhaya mi suerte tanto quererte, vidita y tenerte que perder. Y la más sutil, refinada, queda reflejada en estos versos: Al pasar por el rancho del Portezuelo, salían a mirarme sus ojos negros. Nunca le dije nada, pero ¡qué lindo! y de feliz le daba mi copla al viento.
Quizás una de las más dolorosas despedidas de su pago pervive en las estrofas de la "Zamba de otoño": Adiós, mi cerro querido, mis piedras pintadas, ya no he de volver... me han golpeado todos los vientos, herido de coplas la vida pasé... En una cueva del cerro, escondí mi corazón.
Pero queda, todavía un documento autobiográfico, síntesis de sus ideales y rebeldías: "El payador perseguido", en el lenguaje del paisano, como otro Martín Fierro. Vuelo porque no me arrastro... Aunque mucho he padecido, no me engrilla la prudencia, la rebelión es mi cencia... pa´hacer nuevo lo que es viejo y verlo al mundo cambiar.
Estas y muchas más nos acercan el perfil humano y poético de Atahualpa Yupanqui. Al repasarlo, cada cual retomará sus sencillas melodías, que conjugan naturalmente con el devenir de cada palabra, de cada giro, de cada frase, en una simbiosis perfecta y luminosa de creación dictada por la intuición, que es más profunda que la inteligencia y el conocimiento.
Todavía escondido en los grandes escenarios, todavía inexplorado, muchas veces estropeado y degradado por las fusiones, vulgarizado por el grito, Yupanqui merece ser redescubierto en su verdad y belleza, y su genio honrado con el mayor respeto.
Tributos
- Hoy, a las 20.30, en el Teatro Colón, homenaje con Mercedes Sosa, Suma Paz, Ariel Ramírez, Laura Albarracín, Víctor Velázquez, Jaime Torres, Juan Falú y Graciela Borges. Entrada: de $ 2 a $ 8.
- Hoy, a las 18.30, en Radio Nacional (Maipú 555) se estrenará la "Yupanquiana suite litúrgica", interpretada por la Orquesta de Cámara Juvenil. Con Suna Rocha y el guitarrista Carlos Martínez. Entrada libre.
- Mañana, a las 20, en el Cervantes (Córdoba y Libertad), estarán Suna Rocha, Suma Paz, Cantoral, Hilda Herrera y el Ballet Folklórico Nacional dirigido por Norma Viola.
- Mañana, a las 21, Víctor Velázquez en el C. C. de Sur (Caseros 1750).






