
Possetti y el show de Dolina
Más postales de la muestra tanguera
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El Festival Buenos Aires Tango permite curiosear, desinhibirse y exhibirse, según el rol que le toque a cada uno. Y anteanoche, volvieron a parecer postales en el centro porteño.
Los turistas que andaban de paso y se enteraron de que su estada en Buenos Aires coincidía con el festival curiosearon. Los extranjeros que vinieron especialmente para el encuentro tanguero y los locales se desinhibieron con la danza. Y los músicos como Alejandro Dolina, la pianista Sonia Possetti, el guitarrista y compositor Omar Giammarco y el grupo La Guardia Hereje exhibieron propuestas que, fuera de la ortodoxia, dieron cuenta de la amplitud estética cobijada dentro del abanico tanguero.
A últimas horas de la tarde, mientras algunos marchaban hacia el subte, los colectivos o las estaciones de Once, Constitución o Retiro después de la jornada laboral, una muchedumbre ensayaba sus primeros pasos de baile en la plaza seca del Centro Cultural San Martín.
Arriba, en la sala A-B, La Guardia Hereje descargaba su repertorio. Algunas letras irónicas e ingeniosas en compases que atravesaron el vals, el tango y la canción rioplatense. La propuesta de un trío que no siempre suena a la altura de sus composiciones aunque seguramente irá madurando con el tiempo.
En la sala Martín Coronado del Teatro San Martín, media hora más tarde comenzaba a escucharse la solidez instrumental del quinteto que lidera Possetti. Con un programa íntegramente propio que, a pesar de las modificaciones en la formación original que la acompañó en su CD debut, "Mano de obra", mantuvo intacto el espíritu del trabajo de esta pianista y compositora. La herencia que ofrece el género -introducciones con acentos a lo Salgán o contrapuntos piazzollianos-, vehemencia en la interpretación, cambios de climas y sutiles búsquedas de sonoridades.
Esa no fue su primera vez sobre aquel escenario. Pero "siempre es como un estreno, como la primera vez", decía Possetti. Y esto también se puede entender como la afirmación de una expresión musical (la de los que crean y no sólo recrean) paralela al boom del tango-danza. Ahí también se puede ubicar el trabajo de Alejandro Dolina, quien, a pesar de no ofrecer precisamente un estreno, mostró un espectáculo bastante reciente planteado dentro de ciertos parámetros tangueros. Claro que con su inconfundible estilo.
Como una especie de prolongación de su último ciclo televisivo, "Tangos del Bar del infierno" incluyó en esta presentación buena parte del inventario dolinesco. Con el apoyo de Lito Cruz sobre las tablas y la dirección musical de Federico Mizrahi, Dolina matizó sus invenciones con viejos tangos y valses de Manzi, Delfino y Canaro. También paseó por la torre de Babel y echó mano por un instante a su mitología (Manuel Mandeb, los refutadores de leyendas) sin abandonar su protagonismo de cantor. Ni siquiera perdió oportunidad para colar finales recurrentes de fogosos besos con todo (absolutamente todo) el staff femenino de partenaires a cargo de las duplas vocales. Sólo la violinista quedó fuera de la partida. ¡Attenti pebeta! Habrá que ver qué pasa en la próxima función.






