
Recordando a Ernesto Lecuona
Ernesto Lecuona, sin duda el compositor cubano más importante, versátil y exitoso que ha existido, creció en La Habana soñando con España -Andalucía en particular- a la que dedicó extraordinarias obras para piano tituladas "Gitanerías", "Córdoba", "Zambra gitana", "Malagueña" o "Ante el Escorial" y terminó muriendo allí, exiliado en Tenerife.
Se cumplieron cuarenta años el sábado, y en todo ese tiempo se ha dejado de pensar en él como gran autor y pianista popular, a pesar de haber escrito congas, rumbas, boleros y guarachas esenciales y permitido que su apellido identificara a una famosa orquesta bailable sobre la que no tenía control.
Eso se explica porque fue criado en conservatorios -alumno de Joaquín Nim en La Habana y de Maurice Ravel en París- y desde su primer recital, a los cinco años, vivió prácticamente en salas de concierto, admirado tanto por su destreza técnica como por los entretenidos programas que sabía organizar, siempre con su propia música como número principal. Justamente esas composiciones de inspiración española pero muy originales al fusionar impresionismo francés con ritmos afro-americanos, fueron las que le ganaron el respeto de Paderewski, Rubinstein y algún otro dios del piano clásico de principios del siglo pasado, por su calidad, seguramente, pero también por resultar ideales como sorpresa breve y exótica para iniciar la ronda de bises.
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Es natural que sus piezas costumbristas, como la notable suite "Danzas afro-cubanas", estuvieran repletas de temas folklóricos y métricas extrañas para 1930, como la rumba musulmana de "Danza Lucumí", pero en realidad todo lo que Lecuona creaba adquiría un tono inconfundiblemente cubano, sensual, inocente y burlón, aunque no fuera coherente con sus zarzuelas -entre ellas "María la O" y "Rosa la china" suenan como si Mozart siguiera vivo en el Caribe- ni atisbos a formas centroeuropeas denominados "Mazurka en glisado" o "Vals del Rhin".
Se trata de un fenómeno poco frecuente de gran compositor nacional igualmente dotado para crear obras pianísticas y poemas sinfónicos, teatro musical, bandas para cine y centenares de canciones y también capaz de transformar primitivas danzas africanas en bailes de pareja de una elegancia sólo superada por el tango.
Al agregar el dato de que simultáneamente era un celebrado concertista, se vuelve inevitable equipararlo a George Gershwin, un contemporáneo con quien mantuvo una relación de admiración mutua: Lecuona ejecutaba impecablemente la "Rapsodia en Blue" y Gershwin escribió la "Obertura cubana" pensando en él. Además, ambos adoraban a Ravel, que por su parte les envidiaba los ingresos.
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Un gesto insólito del músico cubano fue jugar su prestigio en el circuito sinfónico auspiciando una bulliciosa orquesta fundada por los hermanos Oréfiche que, a partir de su relanzamiento como Lecuona Cuban Boys, se convirtió en una de las grandes sensaciones de los años treinta y modelo de todos los conjuntos tropicales posteriores, en especial los argentinos, porque en 1940 se establecieron en Buenos Aires hasta el fin de la guerra.
En la práctica, Lecuona nunca escribió arreglos, dirigió o tocó piano con el grupo, que tampoco se especializaba en su música, y durante las pocas giras que hicieron juntos aparecía como número independiente. No obstante se mantuvo una relación casi familiar -tanto su sobrina Margarita como su hija Ernestina actuaron con los Cuban Boys- y la denominación original permaneció hasta el fin de la banda, en 1975.
La ironía es que el intérprete más fiel de la música bailable de Lecuona no fue la orquesta que usaba su nombre sino Xavier Cugat, un catalán al que había conocido de chico en la sinfónica de La Habana y fue el que mejor entendió la melancolía escondida en "Siboney", "Para Vigo me voy", "Panamá" y demás rumbas geniales.





