René Cóspito, su piano y su ritmo
Lo correcto sería que, por una vez, esta columna se mudara al suplemento del diario dedicado a Belgrano, porque ningún otro músico popular residió allí durante más de nueve décadas, pero habría que esperar hasta el jueves y es hoy cuando se cumple un siglo del nacimiento de René Cóspito, que fue en Villa Devoto, pero a los tres años ya lo habían mudado a Pampa y Vidal, cerca del conservatorio Mendelssohn que dirigía su padre.
Fue también en el barrio, en el cine que luego se llamó Lido, donde debutó profesionalmente a los diecisiete, tocando el piano como fondo para películas mudas, tarea en la que comenzó a desarrollar ese talento excepcional para enhebrar melodías de acuerdo con el ánimo de un auditorio que lo convirtió en un maestro entre los pianistas de ambiente y le permitió mantenerse en actividad durante más tiempo que cualquier otro músico argentino, fuera de Horacio Salgán.
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Aunque durante la mayor parte de su larga carrera la mención de René Cóspito y su piano era suficiente para definir un género propio sin fronteras en cuanto a repertorio, había comenzado estrictamente en el jazz y fue un auténtico precursor, con un quinteto que en la década del veinte sonaba parecido a los Five Pennies de Red Nichols.
Luego se sucedieron la legendaria asociación con Eduardo Armani, durante la cual estrenaron una versión abreviada de la "Rapsodia en blue", de Gershwin, la participación en la orquesta de Don Dean, que terminó siendo suya, una banda bailable a la manera de Count Basie que registró algunos de los mejores boggie-woogies producidos en el país, y, a partir de 1945, conjuntos cada vez más pequeños hasta terminar adoptando el formato y denominación por el que sigue siendo recordado: René Cóspito, su piano y su ritmo.
La especialidad que impuso para quedar prisionero fueron unos popurrís que llamaba selecciones y consistían en dos o tres temas familiares enganchados con tal naturalidad que era imposible notar la transición, e interpretados sin abandonar nunca la melodía, siempre en el mismo tiempo medio, apto para bailar.
La lectura de las etiquetas de sus discos de pizarra basta para hacerse una idea del amplísimo universo musical en que Cóspito se movía con comodidad. Hubo numerosas selecciones de fox-trots, valses peruanos, guarachas, boleros, canciones francesas, marchas militares, rumbas, chamamés y, como era inevitable en alguien que alguna vez atrajo la atención de Juan Carlos Cobián, también tangos, que compuso -"Porota" es un título de culto- y tocaba tan frecuentemente que debió adoptar el seudónimo de Don Goyo para grabarlos sin provocar confusiones.
De todos los solistas habituales en bares y confiterías -Emilio Barbato, Atilio Bruni, Jorge Kenny, Fraga Jouvet, Dante Amicarelli, Jean Duval, Osvaldo Norton y otros que nadie recuerda-, René Cóspito era el favorito por su capacidad para convertirse en una presencia amistosa que se sumaba a la reunión desde el piano, participando sin interferir, atento al clima de cada momento y dueño de las músicas oportunas para atraer la atención durante unos segundos, sonreír agradecido y retornar discretamente a un segundo plano, lo mismo en los tés del Alvear Palace que en la sastrería de Rivadavia y Bonorino donde todavía existe el palco dorado construido especialmente para recibirlo al atardecer.
La misma memoria excepcional que lo convirtió en un archivo viviente de canciones le servía para contar su larga vida siempre de la misma manera, pero, de los tres cronistas del jazz nacional que lo entrevistaron extensamente, ha sido Edgardo Carrizo, en su excelente libro "El jazz en la Argentina", quien escribió a partir de esos relatos el perfil definitivo de René Cóspito y hasta encontró en el título de una vieja canción las palabras exactas para describir su arte: fino y elegante.





