The Beatles: 50 años del inesperado show en la terraza

Se barajaron muchos lugares para el último concierto de los Beatles, como un anfiteatro romano de dos mil años de antigüedad, en Túnez; finalmente tocaron en la azotea de Apple, para sorpresa de todos los que trabajaban en la zona
Se barajaron muchos lugares para el último concierto de los Beatles, como un anfiteatro romano de dos mil años de antigüedad, en Túnez; finalmente tocaron en la azotea de Apple, para sorpresa de todos los que trabajaban en la zona Fuente: Archivo
Alejandro Lingenti
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30 de enero de 2019  • 00:01

Cuando arrancó 1969, The Beatles era una bomba a punto de estallar. Las esquirlas de ese estallido eran peligrosas para mucha gente, se sabía, pero eso no evitó el desenlace. Las tensiones acumuladas en la intimidad de la banda se habían agudizado en la segunda mitad de 1968, durante la grabación del Album Blanco, experiencia marcada por una persistente batalla de egos que había provocado un distanciamiento emocional y creativo entre John, Paul, George y Ringo.

Hacía dos años que The Beatles habian decidido dejar de tocar en vivo, y la mayor parte de las noticias sobre la banda eran problemáticas. Todavía resonaban los ecos de su caótica huida de Filipinas en 1966, luego de la negativa a compartir un desayuno con la primera dama de ese país asiático, Imelda Marcos. Al margen de la odisea que atravesaron hasta llegar al aeropuesto de Manila, los Beatles tuvieron que devolver todo el dinero que habían cobrado por esa accidentada visita antes de subirse al avión que los regresaría a Inglaterra. La famosa provocación de Lennon ("los Beatles son más grandes que Jesucristo") les había sumado demasiados enemigos. Y la presencia constante de Yoko Ono en cada actividad del grupo exasperaba a McCartney, Harrison y Starr.

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Fue Paul, al mismo tiempo, el más obstinado en imponer sus propias ideas y el más activo para revitalizar un proyecto que empezaba a resquebrajarse, quien sugirió el plan de armar un concierto único para poner en marcha de nuevo la compañía cinematográfica que había quedado inactiva desde la producción del film Magical Mistery Tour (1967), y lanzar un documental de ese concierto. Algo en sintonía con lo que habían hecho los Rolling Stones en Sympathy for the Devil (One Plus One), pero sin las pretensiones vanguardistas de Jean-Luc Godard. Cuando Yoko supo eso -que Paul pretendía un documental más bien convencional para que fuera lo más masivo posible- rechazó la oferta de dirigirlo, una sugerencia que McCartney había imaginado como gesto de acercamiento a Lennon.

La dirección del film quedó en manos de Michael Lindsay-Hogg, hijo biológico de Orson Welles pero criado por un barón británico, y director de un par de films promocionales de los Beatles ( Hey Jude, Revolution) y del largo Rolling Stones Rock and Roll Circus. El concierto se haría el 18 de enero en el Rondhouse, un pequeño club del norte de Londres, pero pronto aparecerían alternativas más ambiciosas, dada la magnitud del evento. El regreso al vivo de los Beatles no era poca cosa y hubo quien sugirió hacerlo en la cubierta de un buque, en medio de un océano o en las pirámides de Egipto. Quince días antes, John, Paul, George y Ringo se reunieron en los viejos estudios cinematográficos de Twinckenham, inaugurados en 1913, para filmar el trailer de los que sería el documental del concierto. Las jornadas de rodaje de ese trailer fueron caóticas (Lennon ya estaba enganchado a la heroína y era incapaz de cumplir con las mínimas exigencias del director) y terminaron con un portazo de Harrison, enojado por una observación de McCartney sobre un riff de guitarra, un asunto menor cuyo desmadre revelaba el mal clima reinante.

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Fue Derek Taylor, encargado de prensa de Apple quien, aprovechando la muy buena relación que tenía con él, convenció a George de asistir a una reunión en la sede de la compañía (en el número 3 de Savile Row) para consensuar la grabación de un nuevo disco y el tan mentado documental, que registraría el regreso de los Beatles al sonido crudo y apoyado en el rock and roll y el rhythm & blues de los inicios en Liverpool y Hamburgo, una sugerencia de Paul movilizada por la convicción de que volver todo a fojas cero podría mejorar las cosas en la interna del grupo.

La primera sesión de grabación se hizo en un estudio ubicado en los sótanos del edificio Apple, incómodo y no del todo bien equipado, una situación insólita para una banda que ocupaba el lugar de los Beatles en aquel momento. El productor era obviamente George Martin -bastante hostil con Lennon en esos días- y se sumó al tecladista negro Billy Preston por iniciativa de Harrison. El disco se llamaría alusivamente Get Back. Pero las jornadas fueron extensas y llenas de altercados (entre ellos, el robo de uno de los preciados bajos-violín Höfner de Paul) y, sobre todo, de una cantidad de retomas que sacó de quicio a George Martin.

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Lindsay-Hogg hizo un último intento de realizar el concierto en un anfiteatro romano de dos mil años de antigüedad, en Túnez, pero fracasó y el escenario del último show en vivo de los Beatles fue, inesperadamente, la terraza del edificio de Apple. De ese momento histórico se cumplen este 30 de enero cincuenta años. Duró 42 minutos y hubo solo canciones: "Get Back", "Don’t Let Me Down", "I’ve Got a Feeling", "One After 909" y "Dig a Pony".

La actividad comercial en Savile Row quedó paralizada, los oficinistas del barrio coparon las escaleras de incendios de los edificios aledaños y fue la policía la que detuvo la música luego de que algunos vecinos se quejaran por el ruido. Se dice que aquella exhibición de modales fue una pequeña decepción para los Beatles, que esperaban ser arrestados para tener un cierre de carrera a la altura de su historia.

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"Quisiera darles las gracias en nombre del grupo y de mí mismo. Espero que hayamos pasado la prueba", dijo un Lennon especialmente filoso como sucinto discurso de despedida.

El 8 de mayo de 1970 se estrenó en los cines Let It Be (título que desplazó a Get Back y que sonaba definitivamente más apropiado para el presente de los Beatles) y se puso a la venta el disco del mismo nombre. Poco menos de un mes antes (el 10 de abril), McCartney había confirmado públicamente lo que era un secreto a voces: los Beatles se separaban.

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